autorretrato

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El otro día, me subí al tren con ganas de hacer un pequeño experimento. Me propuse que una vez acomodada en mi asiento, sacaría mi cuaderno de ideas, y escribiría en ella la primera historia que cruzase mi mente de ahí a que finalizase mi viaje. 16 minutos y 37 segundos, según calculaba metro en su página web. Sólo yo y mis ideas encadenadas al resto de viajeros de aquel tren madrileño, que ya suspiraban rezagados en su camino al trabajo, al gimnasio, o quién sabe, como en mi caso, a ninguna parte.

Cuando arrancamos, suspiré y llevé a cabo ese inevitable y curioso acto que todos practicamos en los vagones del tren alguna vez, cuando nuestras miradas esclavizadas descansan de las pantallas de las tablets y móviles, o nuestros pensamientos nos piden un descanso de toda esa información de más publicada día a día en todos esos tristes periódicos; Mirarnos como extraños. Encontrar en la mirada ajena algo diferente al hacerla chocar con la nuestra. Y sin embargo, aquel día no vi a nadie. No capturé ninguna historia enredada en las pestañas de aquella chica de la carpeta naranja, ni en todas esos años arrugados en el rostro de esa mujer de ojos claros. Llegamos a la primera parada. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué estaba fallando?

Al abrirse de nuevo las puertas, capté enseguida la entrada de una pareja joven agarrada de la mano. Iban a ser ellos. Tenían que ser ellos…Ella era rubia albina, con las cejas teñidas de negro, casi ocultas bajo un sombrero de paja, quizás demasiado veraniego. Él llevaba una barba larga y despeinada, un pendiente sobre el labio, y los pantalones con el bajo deshecho. Eran británicos, casi seguro. Al sentarse deshicieron el nudo que unía sus cuerpos y, por un instante, compartieron el silencio, que yo intuí como el protagonista de mi nueva historia. Agarré con fuerza el bolígrafo y me ensimismé por un momento en aquella página tan vacía y tan blanca, justo en el momento perfecto, cuando sus palabras interrumpieron mis pensamientos.

– ¿Qué hace esa chica? – preguntó Ella, señalándome con la barbilla y con acento inglés. Había acertado.

– Estará estudiando para algún examen… – dijo Él, sosteniendo su cabeza sobre sus manos.

– ¿Tú crees?

– Hablas de esa chica de pelo rubio y largo, ¿no? Sí, yo creo que sí… – dice, ahora más interesado.

– Oye, acaba de mirarme… No nos estará entendiendo, ¿no? A lo mejor no es española.

– Tiene los ojos verdes, sí, y muchas pecas… No es lo común aquí, pero no sé… Seguro que sólo le ha llamado la atención tu acento. ¡O que la estés cotilleando tanto!

– Ya es que… ¿Te imaginas que esté escribiendo un diario? – puso una voz dramática – “Querido diario… Hoy hace un día precioso…”

– ¡Qué dices! No tiene pinta de ser nada cursi. Más bien de… “Querido diario… Anoche la lié de fiesta, y hoy…”

– ¿Enserio? No sé, ésta de fiesta poco yo creo, tiene aun el pelo un poco mojado de la ducha… Fijo que se va a trabajar.

Sentí la mirada de Ella clavada sobre mis ojos, todavía anclados a aquella página en blanco… Ya no tan vacía como antes.

– ¿Y de qué crees que trabaja? Tampoco va muy formal.

– ¿Te imaginas que fuese enterradora de un cementerio? – dijo él emocionado.

– Tú estás fatal.. Igual que si me dices que se va ahora de misión al espacio estelar… Venga ya, Máx.

– Joe, ya que nos imaginamos historias, lo hacemos bien, ¿no?

– Lo que quieras…

– Venga. Si tuvieses que apostar a qué se dedica… ¿Qué dirías? – preguntó Él enfrascado ya en la apuesta.

– Que a lo mejor es dibujante, y está haciendo un boceto. ¿Y tú?

– Que es escritora. Aunque sigue teniendo la página casi entera en blanco…

– ¿Vas a preguntárselo?

– ¿El qué?

– Si es escritora.

– No.

– ¿Por qué?

– Porque ya nos bajamos. ¡Hemos llegado! Venga, tira…

A pesar de la resistencia de ella, ambos se levantaron rápido hacia la puerta y justo antes de salir del vagón los dos volvieron a mirarme. Sentí entonces esa línea que nos unía, esa historia que había nacido de lo desconocido, de esa curiosidad que cada día, sentimos al mirar a un extraño.

Y fue así como tejieron mi primer autorretrato literario.

 

Foto y texto: 2014 ©  Paula Méndez Orbe

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Mirarte de cerca

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Todavía no entiendo por qué, pero, me encantaba admirar desde lo lejos cómo tu mirada concentrada repasaba una a una, aquellas tazas de porcelana resquebrajada. Tus manos atentas, acariciaban sedosas cada grieta, cada noche, creo que esperando devolverles la entereza perdida en todos esos instantes mejores. Y yo sin poder evitarlo, me escondía tras aquella robusta y polvorienta cafetera, mientras fingía doblar servilletas. Pero en realidad no hacía más que mirarte, y desear detener el tiempo para siempre. Tú y tu rostro de ojos claros ensimismados en todas las historias que narraban aquellas tazas de café rotas. Tú y aquella mueca deshecha en los labios… Y fue entonces cuando, de forma inesperada, rozaron mis dedos torpes un azucarero hasta empujarlo a la dureza de aquellas baldosas destartaladas. Bam. El suelo tembló y con él, cientos de cristales estallaron como fuegos artificiales anunciando el final del verano. No podía ser, no podía ser… Lo había roto en mi segunda semana de trabajo… Mis nervios trajeron consigo el deseo de que no te hubieses enterado, de que tu ensimismamiento hubiese hecho invisible este último momento pero… Al levantar mis mejillas sonrosadas, me encontré enseguida con tu mirada descarada. Tembló mi corazón inexperto, al encontrarse por primera vez mis ojos nerviosos, con los tuyos del color del cielo. Y tembló más todavía cuando, desde la lejanía, tu sonrisa de colmillos torcidos me susurró palabras enredadas en la amabilidad y el sosiego. Palabras que, sin duda, abrían la puerta a un mundo nuevo. Un mundo en el que podía mirarte de cerca.

 

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe

La niebla roja

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4h52 am. Lucas se hizo un ovillo sobre la cama, y cubrió de nuevo su rostro con las sábanas azuladas. Aquel día entraba demasiada luz por la ventana, como si la nieve hubiese enredado la noche en una telaraña de cielos blancos y estrellas apresadas. Por un momento, se encendió en su interior una llamarada que le empujó a bajar de la cama y asomarse a la calle para sentir los copos besar su rostro todavía adormecido. Pero no, no… Él ya era demasiado mayor como para emocionarse por un día de nieve, pensó. Ya tenía once años… Y también demasiado sueño, tenía que seguir durmiendo… Lucas volvió a cerrar sus ojos pero, esta vez sintió cómo una mano invisible agarró con fuerza su hombro y lo zarandeó hasta hacerlo volver. ¿Se lo había imaginado? No lo sabía. Pero su piel seguía fría. Tan fría como si un centenar de estalagmitas lo hubiesen capturado en una tormenta de invierno eterno.

Con valentía, giró su cuerpo sobre si mismo hasta haber comprobado cada rincón de su pequeña y desordenada habitación. No había nadie… Pero sí hubo algo que llamó pronto su atención. La luz que lo había despertado no era blanca y centelleante como él había pensado. Era roja. Sigue leyendo

promesas extintas

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No somos más que

la piel muerta,

de lo que antes

conocimos.

¿Quién te viste,

qué te sustenta?

Día a día,

nos perdimos

en la niebla infinita

de nuestro escarpado

camino.

Y es que tú y

yo, olvidamos cómo

querernos. Cómo en

el enredo de nuestros

cuerpos vagabundos

fuimos un día eternos.

No me esperes más,

nos separamos.

Se contaminaron mis

huesos en vuestra humareda

del desengaño.

En todas

esas promesas extintas

en los años.

Somos nadie, y nadie

se asfixia. Se hiere,

se extermina.

Nadie cierra los ojos.

Nadie los abre,

y olvida.

Foto y texto © Paula Méndez Orbe

el chico del piano invisible

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11h36 de la mañana. Martes, 24 de Abril. El movimiento circunstancial del tren. La brisa que mecía mi pelo ondeante. Y todas esas líneas del libro que recorrían mis ojos, sin un punto de atención constante. Había algo que me inquietaba aquel día. No podía evitar levantar la vista de mi lectura y fijarla en el chico que se sentó enfrente de mi asiento hacía exactamente cinco minutos. Tenía una mirada profunda, sincera. Y a pesar de encontrarnos el uno frente al otro, sus ojos aun no se habían cruzado con los míos.

Mi curiosidad recorrió su rostro, y poco a poco, de forma disimulada, se clavó en sus manos. Sus dedos largos se movían acompasadamente como si entre ellos se encontrasen las teclas de un piano. Intenté buscar una melodía que encajase al movimiento. Me adentré profundamente en un lenguaje de signos musicales, entre acordes y armonías inexistentes, abandonando el mundo silencioso en el que coexistían el resto de pasajeros del tren junto a nosotros. Me sonaba… Había escuchado esa canción en alguna parte. Mi pie marcaba el ritmo, mis labios balbuceaban todas esas posibles letras. Pero… Nada. Sigue leyendo

no puedo decirte adiós

Son todos esos instantes los que no me dejan dormir. Los que me encierran en esta cama de sueños perdidos y cristales rotos. Miro por la ventana, e intento perder mis ojos en ese constante mecimiento de las hojas de los árboles, en una brisa fría e inquieta, que anuncia el final del verano. Todavía no ha terminado y ya echo de menos todos esos tejados. Tú y yo a orillas del cielo, columpiándonos entre esa línea fina que acariciaban nuestras manos, juntas, determinando si crear algo más que un pasado. Sí… Sigue leyendo