el chico del piano invisible

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11h36 de la mañana. Martes, 24 de Abril. El movimiento circunstancial del tren. La brisa que mecía mi pelo ondeante. Y todas esas líneas del libro que recorrían mis ojos, sin un punto de atención constante. Había algo que me inquietaba aquel día. No podía evitar levantar la vista de mi lectura y fijarla en el chico que se sentó enfrente de mi asiento hacía exactamente cinco minutos. Tenía una mirada profunda, sincera. Y a pesar de encontrarnos el uno frente al otro, sus ojos aun no se habían cruzado con los míos.

Mi curiosidad recorrió su rostro, y poco a poco, de forma disimulada, se clavó en sus manos. Sus dedos largos se movían acompasadamente como si entre ellos se encontrasen las teclas de un piano. Intenté buscar una melodía que encajase al movimiento. Me adentré profundamente en un lenguaje de signos musicales, entre acordes y armonías inexistentes, abandonando el mundo silencioso en el que coexistían el resto de pasajeros del tren junto a nosotros. Me sonaba… Había escuchado esa canción en alguna parte. Mi pie marcaba el ritmo, mis labios balbuceaban todas esas posibles letras. Pero… Nada.

De pronto, el frío recorrió mi cuerpo ante un estremecimiento momentáneo. Mi melodía ya no tan silenciosa había llevado al chico del piano invisible a levantar la mirada hacia mi persona. Sus ojos y los míos establecieron una conexión directa, como si una línea imaginaria los hubiese unido para siempre y nunca más pudiesen dejar de mirarse. Mis brazos abrazaron mi cuerpo al instante, y mi pie izquierdo comenzó a moverse nervioso rápidamente una y otra vez contra el suelo. Su mirada intacta seguía perteneciéndome. Y a pesar de que mi sentido común me obligaba a retirarla, había algo que me lo impedía. Sus ojos penetrantes estaban hechos de un tono grisáceo que me recordaba a los cielos de octubre, haciéndome viajar hasta el movimiento de las hojas al caer de los árboles, al sonido de la lluvia al precipitarse sobre el suelo, a la densidad de esa niebla hosca y desafiante que tiñe por un instante de blanco el universo…

– Es Tiny Vessels, de Death Cab for Cutie – dijo de pronto.

Sus palabras me sorprendieron tanto que el temblor de mis manos hizo que mi libro cayese debajo del asiento. Y cuando volví a mirarle, cuando volví a buscar esa mirada de invierno… Se había marchado, se había perdido en todos esos segundos en los que yo había cedido al silencio.

Hoy hace un año de eso. Hoy mi chico del piano invisible no ha vuelto. Pero no importa… Ya no me importa, mientras la misma melodía que él tocaba, resuene hoy fuerte en mis adentros.

 

Foto y texto: 2013 © Paula Méndez Orbe

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