La niebla roja

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4h52 am. Lucas se hizo un ovillo sobre la cama, y cubrió de nuevo su rostro con las sábanas azuladas. Aquel día entraba demasiada luz por la ventana, como si la nieve hubiese enredado la noche en una telaraña de cielos blancos y estrellas apresadas. Por un momento, se encendió en su interior una llamarada que le empujó a bajar de la cama y asomarse a la calle para sentir los copos besar su rostro todavía adormecido. Pero no, no… Él ya era demasiado mayor como para emocionarse por un día de nieve, pensó. Ya tenía once años… Y también demasiado sueño, tenía que seguir durmiendo… Lucas volvió a cerrar sus ojos pero, esta vez sintió cómo una mano invisible agarró con fuerza su hombro y lo zarandeó hasta hacerlo volver. ¿Se lo había imaginado? No lo sabía. Pero su piel seguía fría. Tan fría como si un centenar de estalagmitas lo hubiesen capturado en una tormenta de invierno eterno.

Con valentía, giró su cuerpo sobre si mismo hasta haber comprobado cada rincón de su pequeña y desordenada habitación. No había nadie… Pero sí hubo algo que llamó pronto su atención. La luz que lo había despertado no era blanca y centelleante como él había pensado. Era roja. Tan roja y densa como una gota de sangre, como las ascuas de un fuego resistiéndose a apagarse en la soledad que traen consigo las sombras. ¿Qué estaba ocurriendo? Sintió cómo un temblor abrazaba a su cuerpo inexperto cuando al asomarse por la ventana, sólo vio cómo una espesa capa de niebla encarnada había cubierto su mundo. ¿Qué era aquello?

Asustado, corrió a la habitación de sus padres, y luego a la de sus hermanos pequeños. Y juntos, estrecharon sus miedos contra la ventana del salón sin saber muy bien qué decirse, o qué hacer. Aquella niebla del color del peligro parecía haberse anclado en sus vidas, y no pretendía desaparecer. Dos horas más tarde, cuando sus hermanos ya deshacían sus inquietudes entre unas tostadas untadas en miel, el padre de Lucas encendía la televisión, donde anunciaban la extensión del extraño fenómeno por todo el país y la prohibición inmediata a todos los ciudadanos de salir. Pero Lucas sí quería salir… Se moría de ganas por dejar escapar aquella bruma rojiza entre sus dedos, y fundirse con ella en un universo de luces hechas por ilusiones penetrantes y cegadoras. Sólo que no se atrevía. No todavía.

Pronto, empezaron a sonar los teléfonos, y a no detenerse los mensajes. La niebla seguía ahí, vigilante, y la ciudad durmiente desaparecía en su colorada presencia. Nadie se atrevía a bajar a la calle. Nadie. La mayoría de la gente incluso, cerraba con miedo las persianas, temiendo que el aire contaminado los asfixiara. Y luego llegaron las historias. Todas esas temibles y desgarradoras historias, en esa línea demasiado fina que existe a veces entre la realidad y el chismorreo. Algunos decían que la niebla rojiza incendiaba la piel en sólo trece segundos, hasta deshacerla en las cenizas que se llevaría el viento al día siguiente. Los más creyentes aseguraban que la maldad contaminaría el alma de aquel que la tocase hasta sellar su entrada al infierno. Otros afirmaban que tras algunos minutos, la niebla se adentraba por cada poro del cuerpo como el estupefaciente perfecto, hasta viajar al infinito rojizo entre todo ese humo y pensamientos perdidos en el tiempo.

Lucas dudó durante un instante. ¿Debía arriesgarse? ¿O arrinconarse de nuevo bajo las sábanas como habían hecho sus hermanos? Había algo dentro de él que no dejaba de repetir que, en realidad, aquella niebla no era tan mala. Que no le ocurriría nada si abría una ventana y se dejaba acariciar por todas esas extrañas nubes rubíes… En un despiste de sus padres, se escurrió hasta la diminuta cristalera que había en el baño. Se sentó sobre el borde de la bañera e… Inspiró el miedo que ya se enredaba a sus huesos. No quería dejar escapar aquella oportunidad. ¿Y si de pronto la niebla desaparecía sin que él la hubiese rozado? Pero también, era inevitable escuchar la otra pregunta que se hacía más clara y audible en sus pensamientos desatados. ¿Y si la bruma llegaba a matarlo?

Despacio, sus dedos se aferraron al tirador de la pequeña cristalera. Una, dos… No se atrevió a hacerlo. Una, dos… No. Quizás no era el momento… Su mirada se detuvo inquieta sobre la niebla. Era un cobarde… Era un cobarde. Su madre ya aporreaba con fiereza la puerta, rogándole que se detuviera. ¿Cómo sabía qué era lo que estaba haciendo? Sus gritos empezaban ya a agrietar la madera. Entonces fue cuando Lucas se dio cuenta. Si no lo hacía entonces, no habría más oportunidades que ésa. Y sin pensarlo más tiempo, sus manos abrieron aquella ventana de incertidumbres y tinieblas.

 

Foto y texto © 2014 Paula Méndez Orbe.

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3 pensamientos en “La niebla roja

  1. ¡Enhorabuena, Paula!
    Este cuento es genial. No dejes de escribir, porque te está quedando un blog muy bueno.

    ¡Muchos besos!

    Antonia

  2. Pingback: la niebla roja II | Porcelain Cracks

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