la niebla roja III

Imagen

(Primera parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/04/27/lanieblaroja/

Segunda parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/11/la-niebla-roja-ii/)

Lucas se encogió asustado. Suspiró y se detuvo frente a todos esos ojos extraños. Tenía miedo. Miedo a que todas esos rostros turbados, de pronto, se acercasen a su cuerpo endeble y pequeño, y castigasen su espíritu aventurero. Temblaron sus manos. Y también su corazón inquieto. No podía dejar de mirar a un hombre de la primera fila, que ya le enseñaba sus dientes negros. Ni a esa mujer anciana con la mirada grisácea y la cara mordida en un centenar de arrugas decididas. ¿Qué estaban haciendo todos ellos allí? ¿Acaso habrían tocado la niebla roja igual que él había hecho? El autobús arrancó, y el mismo hombre que le había acompañado, le señaló, todavía inmerso en su traje negro y áspero, la parte trasera de aquel vehículo destartalado. Lucas suspiró un momento, y tras ello, caminó deprisa, descubriendo a otros niños con el mismo miedo atravesándoles, como a él, el cuerpo como flechas punzantes e improvistas.

Se sentó decidido al lado de un chico con la capucha puesta. No quiso mirarle. Sino todo lo contrario. Lucas escondió su rostro bajo sus manos de niño ya casi grande, y sintió el movimiento capturándole. ¿A dónde iban? Sigue leyendo

como antes

Imagen

Hay días en los que, por un instante, vuelvo a escuchar el sonido de esa risa irónica y pegadiza en aquel tren a ninguna parte. Recuerdo como deslizabas tus dedos pequeños y pálidos por el asiento desgastado; y también el brillo de tus ojos claros, al pronunciar tus labios todas esas palabras alteradas que pronto, resbalaban raudas por mi cansancio. Había veces en las que el silencio nos envolvía, entonces. Y no era nada malo. Todo lo contrario. Me encantaba apoyarme sobre tu hombro y acariciar tu pelo dorado. Tu respiración entrecortada e inquieta, se aquietaba y enredaba en el movimiento apaciguado de ese vagón de sueños desgastados. Y ése era el momento que más me gustaba; ése en el que tu mirada descansaba de todos esos dilemas que día a día se encontraba. Ése en el que se golpeaban todas tus sílabas electrizadas contra un muro de calma. Ése en el que tu mano se entrelazaba alrededor de mi muñeca pequeña y paralizada. Y me mirabas. Y yo por fin te encontraba tu verdadera cara, alejada del mundo que ya te asfixiaba.

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe

la ciudad del cuento

Imagen

Abrió la ventana. El cielo se había vestido de gris aquella mañana. Sentía sueño, a pesar de haber dormido más de diez horas. Aquello era lo especial de la ciudad del cuento. Sólo podía visitarse una vez cada trece días, y cuando al despertar, uno se encontraba en su propia cama, daba la impresión de no haber dormido ni un solo minuto. Para el que la visitaba regularmente, el abrir los ojos y volver al día a día frenético era un auténtico infierno. Pues, para cada persona, la ciudad del cuento era la felicidad absoluta.

Para alcanzarla, se necesitaba una sustancia externa, que una vez inyectada en el cuerpo, propiciaba a la persona la compañía de ciertos duendecillos. Unos trece minutos más tarde de aparecer, dichos duendecillos se transformaban en mujeres de piernas largas, con la melena suelta, y semidesnudas, que se acercaban al individuo y le seducían lentamente. Pasados algunos minutos de gloria, una de las mujeres besaba los labios del hombre, y al hacerlo, le envenenaba con su saliva, hecha de arsénico. Éste enloquecía, y antes de llegar al orgasmo, caía inconsciente. La duración del sueño dependía de la persona, pero no solía durar mucho. Era entonces cuando se llegaba a la ciudad del cuento. Una ciudad indescriptible. Para mí. Para Él, que cada día al volver, dejaba la vista fija en un semáforo que parpadeaba cada menos de siete segundos.

La ciudad del cuento envenenaba a aquel que la visitaba. Éste alcanzaba tales sueños, que una vez devuelto a la cama y con dolor de cabeza, lloraba y lloraba porque trece días serían demasiados. Demasiada espera.

Y te preguntarás, ¿y por qué trece días? Pregúntaselo a aquél que lo intentó antes que nadie. Aquel que probó más de dos veces los labios de la mujer antes de morir absorbido por el vacío cósmico. Él no lo conocía. Y yo tampoco, y por no tentar a la suerte, los trece días eran respetados. Digo eran, porque yo conseguí controlarme. Pero Él no. Él sigue envenenándose. Y cuenta las horas y los minutos cada mañana y cada noche, desgarrándose la piel en impaciencia y desilusiones.

Ya han pasado diez años y todavía no se ha curado. No entiende cómo evitar la ciudad del cuento, y sigue desgarrando su piel, pero ya no llora. Porque derramó tantas lágrimas en un pasado que ya no es capaz de recordar como volver a hacerlo ahora.

Foto y texto 2012 © Paula Méndez Orbe

que nunca me quisieras

Imagen

Hoy abrí los ojos, 

y sentí algo. 

fue extraño, 

casi como 

si, de pronto, 

mi corazón helado

se deshiciera en pedazos. 

 

Pero no sentí nada, 

no más que

 la satisfacción

por dejar de ser humana.

Y pedí un cuerpo de hojalata;

y la sangre inmune, amarga;

Y una vida larga.

 

Y cuando sentí

el metal por mis venas;

supe que jamás

volvería

a romperme,

a deshacerme

al escuchar tu voz serena;

al rozarme tu piel

sedosa, perfecta.

 

Que mi corazón 

de hierro y estaño, 

no sintiera. 

Para así

ya no volver

a caerme, 

a dolerme, 

el que 

nunca 

me quisieras.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

 

la vida que perdiste

Imagen

Ayer caminé entre tus sombras. Ayer recorrieron mis pies descalzos todas esas baldosas… Ésas en las que se cerraron tus puertas. Ésas que anunciaron que tu tiempo parecía acabarse. Fue sólo durante un instante, pero, en mi piel se enredó el miedo que no sentiste; el dolor al que no te dio tiempo a aferrarte. Y mis pies se detuvieron. Rozaron mis manos ese muro de ladrillo anaranjado que están construyendo sobre el viejo. Sobre el que tu coche chocó, aquella noche de estrellas e desasosiego. Y sentí rabia. Sentí todas esas lágrimas, derramándose por mis mejillas sonrosadas. Y resbalé mis dedos entre todas esas flores secas y acartonadas, en las que pude leer tu nombre. E imaginé poder verte; tener la posibilidad de conocerte. Sigue leyendo

quiero dejar de ser una sombra

Imagen

Me estoy perdiendo. Me estoy sumiendo en el pasar de todas esas horas que no me pertenecen, que no me dejan verte. Ya no tengo tiempo de mirarme al espejo; de pensar de dónde salen todas esas historias que día a día, publico en estas hojas. Abro los ojos y hago un click en mi cámara. O cientos. Los cierro, y dejo el coche en el aparcamiento, después de perseguir a todos esos famosos ansiosos por no responder a las preguntas de mi campaña publicitaria. Suena el despertador cuando aun no me he acostado, y entonces sueño despierta con las manecillas del reloj que giran y giran sin parar, mientras yo no puedo moverme. Y entonces vuelvo a ser asistente. Y pongo el flash, y descargo una tarjeta y miro y aprendo, y no me centro. No me encuentro. No sé si puedo ser todo esto.

Quiero volver a mirar cómo el viento mece las ramas de los árboles; quiero volver a escuchar la lluvia caer antes de cerrar los ojos y sumirme en un sueño profundo; quiero volver a recorrer las páginas de un libro palabra por palabra, sílaba por sílaba, adentrándome en el verdadero significado de las cosas; quiero dejar de echar de menos a la gente que día a día me rodea y sentir que soy, que estoy; que dejo de ser una sombra.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

de ratones y humanos

Imagen

Hace frío. Entran pequeñas ráfagas de viento enredadas en la nieve que todavía no se marcha. Y mi cuerpo tiembla. No importa cuánto tiempo me apoye sobre esas rendijas bañadas por ese sol suave y duradero. Aun no calienta nada. Aun falta mucho para que se vaya el invierno.

Esta casa es diferente a la anterior. El suelo está sucio y desgastado, aunque venga cada día alguien a limpiarlo. Hay pedazos de papel, migas de pan, y algo de arena también, que me divierte mordisquear de vez en cuando. Pero he de admitirlo. Este piso es un aburrimiento. No hay ningún niño o gato al que molestar; todo está en perfecto silencio. Sólo de vez en cuando el suelo cruje y baja por las escaleras una mujer ya anciana, acompañada de otra más joven. Ésta le agarra de la cintura, y muchas veces, la alza al vuelo con esos brazos fornidos y peludos, para que deje de bajar tan despacio.

La mujer joven ya me conoce. Y yo a ella. Se llama Carmela. Me ha perseguido un par de veces con la escoba en la mano mientras la anciana grita:

– ¡Mate a ese ratón, Carmela! ¡Mátelo!

Me molesta que me llamen ratón. ¡Soy un ratón de cola larga! No creo que a Carmela le gustase que la llamasen jovenzuela o muchacha. Sigue leyendo

para todas esas personas en las que nunca nos fijamos, y que un día, al de verdad encontrarnos, nos cambian la vida

Imagen

concibo que algunas noches sólo te puedo considerar sombra.

el punto final de mis frases,

el movimiento de las ramas de un árbol frente a la brisa veraniega.

pero aquí, rodeada de nada y de nadie

puedo entender que, aunque en planos de vida distintos,

algún día, nuestros ojos al mirarnos,

hablarán el mismo idioma.

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe

mi historia. tu historia. nuestra historia.

triptico

La brisa meciendo mi pelo dorado. Los ojos cerrados. Y el beso de un sol apagándose al comienzo de una noche que prometía ser larga e intensa, igual que todas esas canciones de discoteca que ya resonaban a lo lejos, en la feria. Era verano. Y una tarde más, contemplaba aquel precioso atardecer sobre la noria de ese parque de atracciones casi abandonado. Me encantaba ir allí. Me encantaba alejarme del resto durante aquellos instantes. Dejar mis pensamientos fluir a su aire. Y sí el día lo pedía, imaginarme siendo coronada como la reina de todas esas nubes y cielos eternos. Y sin nadie que pudiese verlo.

Sólo que aquel día fue diferente. Aquel día, justo cuando aquel adolescente con hierros en sus dientes cerraba la puerta de madera verde antes de la puesta en marcha de la noria, un chico se subió conmigo. Al principio quise sugerirle que se fuese a otro vagón solitario. Pero entonces, cuando mis labios fueron a pronunciar todas esas palabras amargas, vi la cámara de fotos que sujetaban sus manos. Era analógica. Un modelo antiguo y bastante parecido al que yo solía traer a mi lado. Me dio rabia. Hubiese sido el encuentro perfecto. Él, yo, y nuestras cámaras. Amor para siempre. Amor asegurado. Pero la había dejado dentro de un armario… Conscientemente. Aquel día en su lugar, me había traído un cuaderno. Me había prometido escribir la primera historia con la que tropezase desde las alturas, admirando, ya como la reina de los cielos, a todos esos hombres que desde allí parecían iguales. Y queriendo provocar un encuentro… Sólo había estropeado el nuestro. Sigue leyendo