el reloj que no me deja olvidarte

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18h42. Y ese estúpido reloj vuelve a pararse. Siempre a la misma hora. Siempre paralizándome. Es extraño pero, es como si quisiese recordarme cómo, igual que él, las agujas de mi corazón endeble y conquistado, se detuvieron justo cuando tus ojos brillaron. Cuando en tu rostro asomó por primera vez, esa sonrisa tímida y de colmillos arqueados. Entonces yo me acerqué un poco, contagiándome de tu risa. Empapándome de esa sensación bañada en la frescura y la brisa que ya nos alcanzaba. Que ya nos abrazaba. Y justo agarraste mi mano. Y mis ojos se clavaron en esa mirada intrépida y castaña. Fue la única vez en la que pude ver de cerca esa hilera de pecas que recorría tu nariz ancha y perfecta. Y también la última en la que tu cuerpo estrechó al mío, contagiándome la calidez que hacía tiempo, pensé que había perdido. Pero ya te has ido. Y no entiendo por qué sigo teniendo el tiempo de recordarte. De intentar volver a encontrarte. Porque los muros de esta casa se quedaron huecos y tibios; porque se cayeron uno a uno los cuadros que hace años me regalaste. Porque mi piel sigue resquebrajándose, a cada segundo que pasa sin que tú me alcances. 

 

Foto y texto 2014 ©  Paula Méndez Orbe

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