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Uno, dos, tres suspiros y un arañazo en el hombro. Mi mano aferrada al pecho. Y ese latido constante avisándome de que había algo acechándome. Era de noche. Y a pesar de que todavía hacía algo de frío, mis amigos me habían forzado a dormir en el bosque. Todavía escuchaba en la lejanía aquella fiesta anclada en una adolescencia demasiado tardía. Demasiado vacía. Y aunque al principio me había divertido en el desenfreno del baile, hacía horas que ya me había invadido aquel trance. Había algo que no dejaba de llamarme. Era extraño pero, mi piel temblaba, y en mi mente no dejaban de dibujarse imágenes. Veía sangre. Una herida abierta de alguien que no dejaba de ocultarse. De alguien que no dejaba de retar a la muerte. Y cuando quise darme cuenta, ya me había adentrado entre la maleza que determinaría mi suerte. No sabía a quién buscaba. Sólo que mi cuerpo endeble se adentraba cada vez más, entre las sombras de los árboles. Escuché como mi corazón se agitaba. Cómo mis ojos se adentraban en esa oscuridad en la que ya no veía nada. ¿Qué estaba haciendo? Probablemente lo que había visto no era más que una consecuencia al alcohol y  todos sus males. ¿Pero y si no me equivocaba? ¿Y si en realidad si había alguien muriéndose? Frené mis pasos. Y fue justo cuando escuché el disparo. Sentí cómo mi piel se incendiaba en el miedo, cómo si de pronto, la hubiesen invadido un centenar de fuegos artificiales en su ansia por ser descubiertos. Me abracé el cuerpo. ¿Qué estaba ocurriendo? Esperé unos segundos, y perdí todo mi aire. Era como si mis pulmones no consiguiesen llenarse. Tenía que levantarme. Tenía que lograr ver qué me estaba amenazando. Y cuando lo hice, una sombra se adentró entre los árboles. Corrí y corrí tras ella. Mis piernas se batieron en un duelo contra el tiempo, y ese misterio que no podía pararme. Pero él era inalcanzable. El frío se enredaba a mis pestañas, derramando algunas lágrimas de invierno y alarma. Y cuando pensé que no podía rendirme, cuando pensé que iba a desenmascararle, me fallaron mis extremidades. Me caí al suelo. Besé la tierra con todas mis seguridades. Y ya no pude levantarme. Pensé en quedarme ahí para siempre. En abandonarme a la derrota y al desgaste. Pero escuché la llegada de alguien que iba a cambiar el desenlace. Abrí los ojos, y todo lo que pude ver fue a un lobo blanco, mirándome. Sus ojos grisáceos se encadenaron fieros a mi derrota, como desafiándome. Y cada vez más cerca. Quise gritar. Correr a cualquier otra parte. Pero en lugar de eso, sólo pude acercar mi mano a su pelaje. Le acaricié, hasta ver su sangre. Y él seguía mirándome. Esperando a que yo pudiese salvarle. Y yo le miré, temerosa. No sabía cómo ayudarle. Fue en ese momento cuando, por alguna razón, nuestras miradas suspicaces, se encontraron en mitad de esa noche de luna e indecisiones. Y juntas, lograron hablar el mismo lenguaje. Yo debía curarle. Yo debía… Y en ese instante, ese ese preciso instante en el que nos encontramos…Escuchamos el siguiente disparo.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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