Britt y todas sus caras

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El fotógrafo decía: “Barbilla arriba”, y Britt subía la barbilla. El fotógrafo marcaba: “Más intención en la mirada”, y Britt apretaba los ojos, y ocultaba su desgana. En aquellas horas largas sobre zapatos brillantes y dolorosos; en todos esos instantes de más enredada en la estrechez de vestidos incómodos, Britt se convertía en muñeca de trapo. Le gustaba pensarlo. Fuese a donde fuese, cada día su apariencia no cambiaba. Pero sí quién estaba dentro de ella. Mientras la peinaban, mientras arreglaban su cara de cerámica inquieta, Britt se imaginaba qué papel interpretaba. Aquel día, aquella hora en que la retrataban para una revista de moda barata, Britt era Isabella. Una niña demasiado bonita, demasiado perdida, en una ciudad de almas perversas. Isabella era rubia, sin pecas, y como era pequeña, en sus movimientos se descubría esa inocencia torpe pero a la vez bella, que tanto aplaudían al admirarla en el estudio las bestias.

Aquella tarde, Britt también trabajaba. Con rapidez, sus esbeltas y demacradas piernas se dirigieron a un parque. El sol empezó a castigar su piel pálida, cuando el maquillador decidió blanquearla. Pero a ella no le importaba. Ahora era Yulia. Una reconocida y agraciada modelo británica que venía a comerse el mundo. Literalmente. No había hombre que se le escapara. Yulia era morena, de flequillo negro y melena recortada. Sus ojos negros y rasgados prometían pecados. Y la cámara lo captaba. Y a ella le encantaba.

Al volver a su piso compartido de noche, Britt decidió quitarse sus parches, su máscara infinita e inquietante. Yulia, Isabella, Verónica, Aline, Timea… A veces le gustaba acordarse de dónde estaba ella. Se miró al espejo, atenta. Pero sólo pudo ver todas esas cicatrices que le habían dejado esas mujeres de leyenda. Buscó entre esas pestañas su pasado. Trató de localizar entre sus dedos, todos esos recuerdos, fragmentados. Y entonces, se aceleró su respiración entrecortada. Se fracturó su piel de porcelana. Palpitó su corazón, agitado, al descubrir la verdad que ya la atrapaba. Britt ya no estaba.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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