Despierta

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01h27. 19 de Mayo. Se cerraban mis ojos. Sigilosos, despacio. Había sido un día largo. Y no podía dejar de imaginar cómo se enredaban mis pestañas entre ellas, logrando así encontrarse con el sueño que todavía no quería llevarme. Iba en el último tren de la noche. El tren de las tinieblas, como me gustaba llamarle. Recuerdo cómo se anudaba mi dedo índice alrededor de mi rubia y acortada melena. Cómo dibujaban una y otra vez mis dedos, ese irreal tatuaje sobre mi muñeca derecha. Siempre había querido una palabra. Corta, desdibujada. Y dentro de un triángulo. Pero nunca había sido capaz de encontrarla. Fue en ese momento cuando, la suavidad de mis dedos volvió a contagiarme del sueño eterno. Y aunque todavía no había llegado, aunque todavía se mecían mis pies al ritmo de aquel vagón solitario, no pude evitarlo. Apoyé mi cabeza sobre mis manos. Suaves, discretas. Y tratando de perderme un segundo en esa oscuridad serena, se cerraron mis párpados. No sé cuánto tiempo pasó pero, lo siguiente que sentí fue el tacto de una mano aferrándose a mi sombra rendida en el arrastre. Mi cuerpo se contagió en el sobresalto. No, no no… No podía haber pasado… Abrí los ojos, pero vi que apenas nada había cambiado. Seguía sentada frente al mismo señor de corbata y sombrero demasiado anticuado. La misma pareja del fondo volvía a darse esos besos como si nunca antes los hubiesen probado. No había pasado nada. No me había saltado mi parada. Respiré tranquila, y admiré como llegábamos a la penúltima estación antes de mi bajada. Y entonces vi algo. Vi como una chica, de espaldas, trenzaba su pelo rubio, acortado, con un triángulo tatuado sobre su muñeca pequeña y delgada. Y se cerraron las puertas. Me levanté de un salto, y corrí hasta empujarlas con fuerza. Y dio resultado. Encontré la salida. Y me abracé a una carrera infinita. Subí unas escaleras. Recorrí lo que parecieron un centenar de pasillos en tinieblas. Pero no la encontré a ella. Volví cabizbaja al andén con dirección a ninguna parte. Esperando a que viniese cualquier guardia enseguida a echarme. Y esperé y esperé pero nunca vino nadie. Abracé mi cuerpo, intentando dejar atrás todo el frío que trae consigo el desengaño. La ilusión corrompida en un centenar de cristales sin vida, quebrados. ¿Por qué me había levantado? ¿Por qué había perseguido a una mujer sin un motivo justificado? Y cuando perdí la cuenta de todas las horas que habían pasado… Volví a verla. Volví a encontrármela otra vez de cerca. Otra vez de espaldas. Giré mi mano, intranquila, exaltada. E intenté rozar su piel, tan parecida a la mía. Y todas sus pecas. Mis pecas. Esa cintura demasiado estrecha. Esas manos finas y pequeñas. Leí en la curvatura de su espalda, el estremecimiento que también recorría la mía, sobresaltada. ¿Me estaba mirando a mi misma? No lo entendía. Pero a la vez algo me aseguraba que sí era lo que veía. Reuní el valor y… Lo hice. Giré tu cuerpo y busqué en tus ojos mi mirada perdida. Fugaz y efímera. Y cuando te diste la vuelta, cuando de verdad esperé encontrar mi reflejo en tu cara desierta… Agarré con fuerza tu muñeca. Y leí la palabra escrita con tinta negra. Despierta.

Abrí los ojos rápida, y me levanté de un salto. Me había dormido en aquel tren ruidoso y oxidado.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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