mi historia. tu historia. nuestra historia.

triptico

La brisa meciendo mi pelo dorado. Los ojos cerrados. Y el beso de un sol apagándose al comienzo de una noche que prometía ser larga e intensa, igual que todas esas canciones de discoteca que ya resonaban a lo lejos, en la feria. Era verano. Y una tarde más, contemplaba aquel precioso atardecer sobre la noria de ese parque de atracciones casi abandonado. Me encantaba ir allí. Me encantaba alejarme del resto durante aquellos instantes. Dejar mis pensamientos fluir a su aire. Y sí el día lo pedía, imaginarme siendo coronada como la reina de todas esas nubes y cielos eternos. Y sin nadie que pudiese verlo.

Sólo que aquel día fue diferente. Aquel día, justo cuando aquel adolescente con hierros en sus dientes cerraba la puerta de madera verde antes de la puesta en marcha de la noria, un chico se subió conmigo. Al principio quise sugerirle que se fuese a otro vagón solitario. Pero entonces, cuando mis labios fueron a pronunciar todas esas palabras amargas, vi la cámara de fotos que sujetaban sus manos. Era analógica. Un modelo antiguo y bastante parecido al que yo solía traer a mi lado. Me dio rabia. Hubiese sido el encuentro perfecto. Él, yo, y nuestras cámaras. Amor para siempre. Amor asegurado. Pero la había dejado dentro de un armario… Conscientemente. Aquel día en su lugar, me había traído un cuaderno. Me había prometido escribir la primera historia con la que tropezase desde las alturas, admirando, ya como la reina de los cielos, a todos esos hombres que desde allí parecían iguales. Y queriendo provocar un encuentro… Sólo había estropeado el nuestro.

La noria arrancó, y yo no podía dejar de mirarle. Tenía los ojos grises y rasgados. Un pendiente en la oreja derecha. El pelo rasurado, como si viniese de cortárselo. La piel tostada y de apariencia suave. Y un lunar oscuro en su barbilla partida. Me gustaba su nariz un poco torcida, y sus labios curvos y rosados. Y ese ajetreo inconsciente de su pierna derecha, haciendo visibles sus nervios. No sé en qué momento pero, creo que pronto notó cómo le miraba. Porque sus dedos no dejaron de rozar nerviosos la palanca para pasar una a una las fotografías, en su cámara de carrete antigua.

La noria ascendió un poco más. Y lo entendí. No iba a atreverse a hacer fotos si continuaba mirándole de aquella manera. Así que disimulé un poco, y, con el lápiz entre mis dedos temblorosos, intenté buscar una nueva historia en aquel mundo lejano que ya nos admiraba. Y entonces me di cuenta de que ahora era él el que me miraba. Y aunque quise evitarlo, no pude evitar alzar la mirada con el único fin de chocarme con la suya. La noria se detuvo. Y él alzó su cámara, fingiendo estar interesado en captar el movimiento de las hojas de unos árboles lejanos. Aunque sé que yo era la protagonista de su historia. Igual que lo era él de la mía. El silencio nos ahogaba en nuestra coexistencia, en ese encuentro ahora tan obligado. Alguien tenía que decir algo, sólo que no nos atrevíamos. Y la noria seguía detenida. Mi corazón acelerado me proponía volver a arriesgarme, volver a cruzar mi mirada intrépida con su timidez tras la cámara. A lo mejor así, hacía por fin la fotografía. A lo mejor así, perdía el escondite bajo el que se ocultaría sino el resto del viaje. Pero no pude hacerlo. No pude más que detener mis ojos en el cuello de su camisa descolorida. Y él recolocar una y otra vez la cámara bajo su mirada cohibida.

Me hundí sobre mi asiento desvencijado. Sin duda, había dejado de ser la historia perfecta si había que forzarla. Cerré los ojos, y dejé que me sobrellevase aquel cielo envuelto en todos esos ánimos y cristales rotos. Me fundí en todos esos gritos perdidos en la inocencia de los niños. En el olor a algodón de azúcar que aun trepaba hasta mi boca. Y en ese último rayo de luz que despedía aquella triste historia. Y entonces, justo entonces escuché el sonido de la cámara. Y ese centenar de latidos extasiados de mi corazón solitario.

– Pensé que no ibas a olvidarte de que estaba aquí nunca… – susurró, con una sonrisa entre los labios – Yo ya tengo la foto. ¿Ahora te inventas tú la historia?

Sonreí para mis adentros. Ya sabía la historia. Y ése sólo era el comienzo.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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