de ratones y humanos

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Hace frío. Entran pequeñas ráfagas de viento enredadas en la nieve que todavía no se marcha. Y mi cuerpo tiembla. No importa cuánto tiempo me apoye sobre esas rendijas bañadas por ese sol suave y duradero. Aun no calienta nada. Aun falta mucho para que se vaya el invierno.

Esta casa es diferente a la anterior. El suelo está sucio y desgastado, aunque venga cada día alguien a limpiarlo. Hay pedazos de papel, migas de pan, y algo de arena también, que me divierte mordisquear de vez en cuando. Pero he de admitirlo. Este piso es un aburrimiento. No hay ningún niño o gato al que molestar; todo está en perfecto silencio. Sólo de vez en cuando el suelo cruje y baja por las escaleras una mujer ya anciana, acompañada de otra más joven. Ésta le agarra de la cintura, y muchas veces, la alza al vuelo con esos brazos fornidos y peludos, para que deje de bajar tan despacio.

La mujer joven ya me conoce. Y yo a ella. Se llama Carmela. Me ha perseguido un par de veces con la escoba en la mano mientras la anciana grita:

– ¡Mate a ese ratón, Carmela! ¡Mátelo!

Me molesta que me llamen ratón. ¡Soy un ratón de cola larga! No creo que a Carmela le gustase que la llamasen jovenzuela o muchacha. Pero bueno, qué mas da. Ella es la que más confianza me da. Es robusta y fuerte, de piel oscura y pelo trenzado. Siempre va vestida con un ridículo delantal blanco, todo manchado. Me encanta cuando hace la comida, porque la casa entera huele a ajo y a vida. Aunque la mujer mayor siempre se queja de que a todo le falta sal, y Carmela responde que así es más sana. Entonces la mujer mayor dice con esos ojos resentidos y grisáceos que le da igual vivir un día más que ocho. Pero que la comida le sepa a algo.

Qué complicados son estos humanos… No pueden pasar un día sin quejarse de lo poco que tienen. Me pregunto qué harían si tuviesen cuatro patitas, bigotes, y una cola tan larga como la mía. Entonces sí que tendrían poco… Pero no, la anciana siempre lleva collares de perlas y vestidos caros. No importa si sale o no a la calle. Y bebe, por cierto. Bebe a escondidas un líquido marrón, realmente asqueroso, que probé un día con tan mala pata que me caí dentro del copón que sujetaba la bebida. Me costó infinidades encontrar un charquito de agua en el que quitarme tanta porquería…

Encontrar comida aquí también es más difícil de lo que pensaba. Una vez había un cajón abierto lleno de otras cajitas de diferentes tamaños y colores. Eran pastillas. Pero yo no lo sabía. Por suerte, la que estaba abierta, sólo tenía dentro bolitas de anís pequeñas. Me tomé cinco o seis después de probar la primera. Y sí, me quedé un poco tonto el resto del día…

Dicen que como poco. Es cierto. Me estoy quedando esmirriada, y mi pelo se va encaneciendo. Estoy ya vieja. Como la señora mayor. Sólo que yo no hago tonterías como ella. El otro día, vinieron otras señoras ancianas a jugar a algo extraño, algo llamado bingo. Un estúpido juego en el que uno saca bolitas con números, y todas las señoras gritan emocionadas, tapando casillas, jugándose mientras todos sus ahorros.

Cuando la gran “fiesta” empieza, suelo salir a esconderme. Normalmente, elijo un agujero dentro de la pared, mientras observo tontamente como discurre el juego. Pero hoy no me han dejado. Hoy debe de ser un día importante para la anciana, porque han venido algunas señoras con uniforme rosado, y han limpiado la casa de arriba a abajo. Así que no me ha dado tiempo a irme al agujero. Hoy he optado por el azucarero.

Y aquí sigo… Y me aburro. Mucho. Así que saco el hocico, y me atrevo a mirar por qué hay tanto jaleo. Veo a gente dándose besos, muy elegantemente, y dándole paquetes a la anciana, que los observa como si fuesen enormes insectos. Son muchas personas. Quince o veinte. Y Carmela los sirve a todos un poquito de ese té delicioso, en todas esas tazas demasiado anticuadas, y un tanto desconchadas, como ya se han dado cuenta algunas. Sí, esas que beben con el dedo estirado hacia arriba. Una de ellas pregunta por el azúcar. Carmela viene a la cocina y nos coge a mi y al azucarero hacia esa señora. Y la mujer con dedos finos y huesudos abre la tapa.

Grita. Y me veo a diez centímetros del suelo, con el azucarero encima, deteniendo mi escapada.

– ¡Mátelo, Carmela, mátelo!

Mis patas no obedecen. Estoy tirada en el suelo mientras todas esas ancianas se suben al sofá recién tapizado sin zapatos. A cámara lenta, veo como la mujer joven trae la escoba, y con ella me suelta un golpe brusco, haciéndome volar contra las baldosas.

No me siento mi pobre rabito. De ésta no salgo. ¿Cómo esperar acabar así? Con un escobazo; un golpe bastante bajo, ocasionado por… ¿Cómo era? Ah, sí… Carmela.

Noto como soy elevado del suelo, y me dejan caer en una bolsa de plástico. ¡La bolsa! Repleta de esa comida desperdiciada, que pobre de mí, nunca alcanzaba. Y luego hablan de países pobres… Al menos yo, voy a morir a gusto entre todo lo que siempre deseé comer, porque… Ya no oigo nada. Ni gritos. Ni mis quejidos. Nada.

Tampoco quiero ver como acabo. Mi final… En realidad no es mal final. Empiezo a notarme relajada, por fin voy a descansar. Y ahora es el momento ideal para preguntarme si en mi próxima vida seré una vieja humana y ricachona que pueda comérsela. Una vieja alcohólica, gruñona y derrochona…

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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