la ciudad del cuento

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Abrió la ventana. El cielo se había vestido de gris aquella mañana. Sentía sueño, a pesar de haber dormido más de diez horas. Aquello era lo especial de la ciudad del cuento. Sólo podía visitarse una vez cada trece días, y cuando al despertar, uno se encontraba en su propia cama, daba la impresión de no haber dormido ni un solo minuto. Para el que la visitaba regularmente, el abrir los ojos y volver al día a día frenético era un auténtico infierno. Pues, para cada persona, la ciudad del cuento era la felicidad absoluta.

Para alcanzarla, se necesitaba una sustancia externa, que una vez inyectada en el cuerpo, propiciaba a la persona la compañía de ciertos duendecillos. Unos trece minutos más tarde de aparecer, dichos duendecillos se transformaban en mujeres de piernas largas, con la melena suelta, y semidesnudas, que se acercaban al individuo y le seducían lentamente. Pasados algunos minutos de gloria, una de las mujeres besaba los labios del hombre, y al hacerlo, le envenenaba con su saliva, hecha de arsénico. Éste enloquecía, y antes de llegar al orgasmo, caía inconsciente. La duración del sueño dependía de la persona, pero no solía durar mucho. Era entonces cuando se llegaba a la ciudad del cuento. Una ciudad indescriptible. Para mí. Para Él, que cada día al volver, dejaba la vista fija en un semáforo que parpadeaba cada menos de siete segundos.

La ciudad del cuento envenenaba a aquel que la visitaba. Éste alcanzaba tales sueños, que una vez devuelto a la cama y con dolor de cabeza, lloraba y lloraba porque trece días serían demasiados. Demasiada espera.

Y te preguntarás, ¿y por qué trece días? Pregúntaselo a aquél que lo intentó antes que nadie. Aquel que probó más de dos veces los labios de la mujer antes de morir absorbido por el vacío cósmico. Él no lo conocía. Y yo tampoco, y por no tentar a la suerte, los trece días eran respetados. Digo eran, porque yo conseguí controlarme. Pero Él no. Él sigue envenenándose. Y cuenta las horas y los minutos cada mañana y cada noche, desgarrándose la piel en impaciencia y desilusiones.

Ya han pasado diez años y todavía no se ha curado. No entiende cómo evitar la ciudad del cuento, y sigue desgarrando su piel, pero ya no llora. Porque derramó tantas lágrimas en un pasado que ya no es capaz de recordar como volver a hacerlo ahora.

Foto y texto 2012 © Paula Méndez Orbe

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