la niebla roja III

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(Primera parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/04/27/lanieblaroja/

Segunda parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/11/la-niebla-roja-ii/)

Lucas se encogió asustado. Suspiró y se detuvo frente a todos esos ojos extraños. Tenía miedo. Miedo a que todas esos rostros turbados, de pronto, se acercasen a su cuerpo endeble y pequeño, y castigasen su espíritu aventurero. Temblaron sus manos. Y también su corazón inquieto. No podía dejar de mirar a un hombre de la primera fila, que ya le enseñaba sus dientes negros. Ni a esa mujer anciana con la mirada grisácea y la cara mordida en un centenar de arrugas decididas. ¿Qué estaban haciendo todos ellos allí? ¿Acaso habrían tocado la niebla roja igual que él había hecho? El autobús arrancó, y el mismo hombre que le había acompañado, le señaló, todavía inmerso en su traje negro y áspero, la parte trasera de aquel vehículo destartalado. Lucas suspiró un momento, y tras ello, caminó deprisa, descubriendo a otros niños con el mismo miedo atravesándoles, como a él, el cuerpo como flechas punzantes e improvistas.

Se sentó decidido al lado de un chico con la capucha puesta. No quiso mirarle. Sino todo lo contrario. Lucas escondió su rostro bajo sus manos de niño ya casi grande, y sintió el movimiento capturándole. ¿A dónde iban? ¿Y por qué había tanta gente allí metida? Sin pensarlo, levantó la mirada durante un instante. Quizás lo suficiente, como para animar al niño de al lado a comenzar a hablarle. De un susurro, el niño de la capucha y los ojos verdes, le preguntó si sabía a dónde iban. Él negó rápido con la cabeza, venciendo todas sus inseguridades. No era más que un chico demasiado nervioso como para seguir adelante. Miró cómo aporreaba con fuerza el suelo, intentando librarse de todos sus miedos; de todos sus males. Y Lucas no dudó en preguntarle. ¿Sabía él por qué tenían ese aspecto tan horrible el resto de viajeros a ese autobús sin dirección aparente? No. También él negó con la cabeza para contestarle. Pero Lucas no dudó en seguir interrogándole. ¿Acaso estaban así por haber tocado la niebla roja? Nada más hacerse audibles sus palabras, Lucas deseó volver a enterrarlas bajo su boca. El chico volvió a esconderse bajo su capucha rota, y rápido, trató de darle la espalda. Lucas le zarandeó el hombro despacio, tratando de pedirle perdón por haberle asustado. Pero no volvió a hacerle caso.

Una niña atrás con pecas y una trenza dorada, le dijo que no se preocupase, que el niño de la capucha era tímido y distante. Se llamaba Michael. Y ella Susana. Enseguida le pidió a Lucas que hablase en voz baja; que ellos no debían enterarse de que hablaban. Y ella respondió a todas sus preguntas curiosas y desacertadas. Aunque Lucas jamás supo si se las inventaba. Ella también tocó la niebla roja. Y Michael. Y otros dos niños algo más pequeños y desafiantes, que pronto, fueron silenciados por aquel tripulante del uniforme espacial y espeluznante.

Justo cuando empezaba a parecerse a una excursión de clase, el vehículo se detuvo frente a un garaje. Las manos descubiertas de Michael temblaron, y todas las confianzas de Susana se escaparon. Los tres se aferraron los unos a los otros cuando les mandaron que bajasen. Y entonces volvieron a entremezclarse con aquella niebla roja, culpable de aquel viaje. Pero a Lucas no le importó en aquel instante. Porque por tercera vez, pudo enredarse en la magia que suponía aquel extraño fenómeno. Aunque no por demasiado tiempo.

No fueron a una cárcel como predijo Susana. Ni tampoco a un cohete a Marte, como insistía el pequeño Michael, confiado de que la niebla roja, era sólo un regalo de aquel planeta para la Tierra. Fueron a un laboratorio. Y ahí, de nuevo, Lucas contempló desde la ventana aquella bonita nube encarnada. ¿Acaso le dejarían volver a tocarla? Nadie le contestaba. Nadie se lo aseguraba. Y mientras le sacaban sangre, mientras revisaban las placas que habían obtenido de sus vértebras y espalda, Lucas se sintió solo y extraño. Ya atardecía, ya se apagaba en la oscuridad de la noche aquella niebla escarlata. ¿Y si no volvía nunca? ¿Y si la humanidad había desaprovechado su oportunidad de poder abrazarla? ¿De poder aunque fuese rozarla? La sociedad era estúpida e ignorante. La niebla roja no era una amenaza, ni un peligro acechante. Él estaba bien. Él era la prueba de que ellos se equivocaban… ¿Verdad?

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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4 pensamientos en “la niebla roja III

  1. Por fin, despues de una dura semana puedo relajarme leyendote. Poco a poco pero te prometo que leere todo lo que escribiste antes de que conociera Porcelain Cracks y todo lo que publiques despues. Reconozco que me entretengo entre párrafo y párrafo pero es que las imagenes que salen de tus palabras me distraen; veo a Lucas extendiendo la mano.. ¿Me comprendes verdad? .. Entonces las imagenes continuan la narración. Cierro los ojos, los vuelvo a abrir,, y continuo leyendote. Dime, ¿no sabre mas de Lucas?
    Un saludo

    • Muchísimas gracias por tu apoyo! No estoy segura de si continuará la niebla roja o no! La dejaré reposar un poco y veremos! Gracias por pasarte!

      Un saludo!

  2. Inquietante historia, pero bonita y muy gráfica. Uno se queda con ganas de más, y eso significa que ganó tu escrito contra mi incertidumbre de antes de su lectura… ¡Enhorabuena!
    …Y la foto, una pasada…

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