el valle de espinas y sueños imperfectos

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El brillo de una luna suave y nacarada. El roce sobre mi piel fría y solitaria de esas flores apagadas. Y ese canto adormecido de aquel río inquieto y fresco, que, sin quererlo, guiaba mis pasos hacia su encuentro. Cerré los ojos un momento. Estaba segura de que todo era un sueño; de que en realidad todo aquello no era más que una ilusión al desencuentro; la evasión de cada uno de mis pensamientos anclada a aquel paraíso desierto. Y todavía con los ojos cerrados, inspiré aquel aire dulce y sosegado. No me importaba. Sabía que, en aquel momento, la vida no era más que eso. Seguir caminando por ese sendero trazado y estrecho; volver a tener tiempo de mirar esas nubes grisáceas enredadas a aquel cielo negro; llegar a sentir bajo mis pies la tierra húmeda y abandonada. Aunque por poco tiempo. Pronto, el silencio se vio quebrado por un leve pero imponente estrépito. Abrí los ojos, y Sigue leyendo

la ciudad del cuento V

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/17/la-ciudad-del-cuento-iv/)

Sobresaltado, abrió los ojos, y se levantó de la cama. Casi sin quererlo miró la hora. Pensaba que la espera sería mucho más larga, pues sólo quedaban cuarenta minutos. Cuarenta minutos de trece días que llevaba esperando. “Ya no queda nada” se decía a sí mismo para tranquilizarse. Preparó las agujas y las pastillitas de colores, dejándolas en la mesilla de noche, apartando todas las botellas de cristal y los papeles arrugados que había encima y arrojándolos al suelo.

Treinta minutos. Se dio una ducha, se afeitó la barba, y se cambió de ropa. Trece minutos. Estaba demasiado nervioso. Intentó permanecer sentado en la cama durante esos trece minutos restantes. Notó como su respiración se aceleraba y como sus piernas comenzaban a temblar. Algo que siempre había odiado, pero nunca había podido evitar.

De pronto, llamaron a la puerta. El corazón le dio un vuelco. Sigue leyendo

la piel sin sentimiento

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10h21 am. La brisa sedosa y tibia meciendo las ramas del árbol, casi llamando a esa ventana marcada por las huellas de unas manos; el sol fornido y alto; y los bramidos lejanos de algunos niños en su camino hacia la piscina, celebrando, por fin, la llegada del verano. Laura abrió los ojos, todavía recordando algo que había soñado; una imagen, un recuerdo que todavía arañaba esos días su corazón frágil, quebrado. Sacudió la cabeza e inspiró fuerte; debía dejarlo atrás; debía olvidarlo.

Normalmente, cuando el dolor retornaba junto a sus sueños, Laura al despertar se abrazaba las rodillas durante algunos segundos largos. Sus dedos se aferraban con fuerza a sus brazos, como tratando de encontrar en ellos la calidez que se había perdido hace tanto tiempo. Y en aquel momento, se hacía visible a su mirada oscura y perdida, la herida. Ese surco de suturas frágiles y descosidas, que daba de nuevo la libertad a todos sus miedos, a todo su desconsuelo a aflorar libre y volver a hacer de un nuevo día, un camino trazado por un centenar de esperanzas y cristales rotos contra el suelo.

Y, sin embargo, Sigue leyendo

el dolor enterrado

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Caminaba decidida entre senderos cruzados. Era como si toda esa maleza hubiese sido incapaz de borrar el rastro; como si hubiese elegido no adentrarse entre todo ese dolor todavía impregnado en aquel valle desolado. Seguí caminando. Y sin poder evitarlo, dirigí mi mirada hacia esa silenciosa montaña enredada en las nubes más algodonadas, y de apariencia noble y sosegada. Y noté el temblor en mis manos; la respiración entrecortada, y el deseo ferviente de detener mis pasos. Si seguía caminando me adentraría de lleno en aquella herida abierta; en todos esos corazones sin latido inertes bajo la tierra. Respiré hondo y cerré los ojos. Y un murmullo solitario capturó mi mente indecisa, inexperta. La voz grave y acartonada de una mujer conquistó mi mente y la hizo presa de su grito de auxilio eterno, de toda su pena. Y entre sus lágrimas enterradas entre la niebla espesa que ya me rodeaba, me paralizó el tacto de un cuerpo extraño agitando mi hombro con firmeza. Abrí los ojos, acobardada. Y sin apenas buscarlo, Sigue leyendo

La ciudad del cuento IV

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/11/la-ciudad-del-cuento-iii/)

Y aunque ya no esté a mi lado, sigo escuchando su voz. Mis labios siguen sintiendo los suyos a pesar de que los apartase hace horas. Mi cuerpo siente todavía el calor del suyo. Su presencia. Esa chispa que me mata a la vez que me revive semana tras semana. Martes tras martes. Y no consigo dormir. En realidad no quiero dormir. Temo que al dormir todos mis recuerdos se rasguen, y me queden solamente fragmentos de estos. Y sé que dolería más de lo que ya duele. Sigue leyendo

la porcelana se rompe

 

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A veces me pregunto dónde van los corazones rotos cuando pierden su camino. No sé. Es fácil imaginárselos siendo consumidos por una enredadera de eternas soledades, que oscurece poco a poco todas sus ilusiones restantes hasta hacerlas quebrar para siempre. Como la porcelana al romperse contra el suelo, su tristeza sería igual de bella. Pero se ahogaría en un horizonte sin fin que le haría replantearse su existencia. Y me imagino ese latido. Efímero. Inquietante. No importa cuánto dolor oprima el pecho. Ni cuánto más se aferre a él esa enredadera aplastante. Los corazones siguen latiendo. ¿No? ¿Aunque por cuánto tiempo? No lo sé. Sigue leyendo

tus ojos absortos y mi mirada perdida en ellos.

 

olvidar

La oscuridad serena. el murmullo de todos esos cuerpos atados a sus respaldos. y mi piel erizada al sentir ese centímetro escaso para que mis dedos rozasen tu mano. No sé por qué, pero, después de tantos años, ayer mi mirada no lograba interesarse por las imágenes proyectadas en la pantalla. Ayer me perdí entre todas esas sombras que se enredaban a tus pestañas; entre la calidez que desprendía tu tez morena y rasurada. Y me enamoré más de tu mirada atenta y castaña, Sigue leyendo

feliz cumpleaños

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Hacía tiempo que no miraba tus pecas infinitas; que no contaba los segundos sin poder dejar de contemplar esos ojos castaños e intrépidos. Y por fin vuelvo a atisbar tu sonrisa;y todas esas ganas perdidas en un mundo diferente al resto. Asoma ya tu valentía escondida antes en esos pómulos marcados; y esas arrugas pequeñitas al endulzarse tu mirada sensata y realista. Regresa entonces, todo lo que le mantenía viva. Y quiero que no vuelvas a perderte entre el polvo y el sufrimiento que trae esa oficina; que los meses traigan consigo la liberación de todas esas cargas que aferras a tu espalda día a día. Aunque sé que te costará hacerlo. Así que ven. Ven y duerme un poco sobre mi hombro. Ven y olvídate de todo. Hagamos de este instante algo insólito. Para que no duela tanto seguir respirando; para que vuelvas a sentir como el mundo sigue girando; y aunque no dejen de pasar los años… Sabrás que nunca me marcharé de tu lado. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

La ciudad del cuento III

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/03/la-ciudad-del-cuento-ii/)

Cierro la puerta de casa y como cada martes me preparo un té, y lo bebo mientras miro como el viejo columpio se balancea suavemente, todavía mojado por la humedad de esta mañana. Y recuerdo.

Dormía tranquilo entre sábanas sucias. Me daba la impresión de que era el único momento del día en el que se encontraba a gusto con el mundo. Verle dormir era el mejor momento de la semana. Aunque lo intentase con frecuencia, me resultaba imposible apartar la mirada de su figura. Con Él comprobé que se puede contemplar dormir durante toda una noche a aquella persona a la que se ama. Mantener los ojos abiertos, observando siempre hacia el mismo sitio; los ojos fijos, e incapaces de aburrirse con la misma escena. Pues Él en ese momento está en calma. Tiene paz consigo mismo. Y yo en esos momentos, soy capaz de respirar al menos una parte de esa calma, que me arranca una o varias sonrisas mientras sigo mirando. Sigue leyendo