la ciudad del cuento II

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/28/la-ciudad-del-cuento/)

Toco el timbre dos veces y espero como cada martes detrás de la puerta de roble, mientras la observo fijamente e imagino cómo en su interior, Él se dirige sin ganas hasta la entrada para recibirme. Siempre con la misma cara; siempre la misma ropa; siempre arrastrando de la misma forma los pies.

Veinte segundos, la puerta sigue cerrada. Cuarenta segundos. Suspiro. La puerta se abre lentamente. Su rostro sin afeitar me observa desde casi las tinieblas. No dice nada. No sonríe. No me muestra de ninguna manera que se alegra de verme.

En su casa todo está igual que siempre. La alfombra manchada de vino, la mesa todavía cubierta en las migas de ayer. Nos sentamos en el sofá todavía sin cruzar palabra. Me muerdo los labios. No quiero ser la primera en hablar, pero al final siempre soy yo la que cede. Le miro, buscando sus ojos, pero no se encuentran con los míos. Sé que ya no me quiere. Hace algo menos de diez años lo hizo. Me quiso de verdad. Juntos, encontramos la ciudad del cuento, y fue la misma quien hundió nuestra relación, la que hizo que me convirtiese en aquella mujer que le visitaba los martes, con quien tomarse un café y refugiarse a veces entre sus sábanas sucias.

Pero de pronto, en medio de nuestro silencio se oyó reír. Incrédula, le miro. Sí, se ríe. No me mira, y no sé de qué se puede estar riendo. Pero me arranca una sonrisa. Se acerca, me coge de la mano. Se sigue riendo.

–        ¡Pastillitas de colores! ¡Pastillitas de colores!

Se ríe y aprieta mi mano. ¿Pastillitas de colores? Ah, sí. Pastillitas de colores. Semejantes a los caramelos de colores de los niños, pero con efectos distintos. Píldoras que crean ciertas alteraciones en el sistema nervioso de las personas, y que al ingerirlas, provocan que la realidad del individuo se mezcle con fragmentos de alucinaciones provenientes de recuerdos casi vivos de la ciudad del cuento. Creo que se ha tomado algunas. Y ahora me está mirando. Su mano agarra la mía con fuerza, como lo hacía antes. Pero ya no se ríe. Me mira, viendo en mí a una de aquellas mujeres perfectas de la ciudad del cuento, viendo a la persona que nunca llegaré a ser.

Y duele, pero cada vez está más cerca. Y me besa, y vuelve a dolerme. Pero ya no me importa.

Foto y texto 2012 © Paula Méndez Orbe

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