las palabras dictadoras

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Ayer soñé. Soñé con un viejo y solemne escritor de libros que, por alguna razón extraordinaria, había desarrollado un miedo irracional hacia su antigua mecanográfica. Decían que, después de años y años de novelas publicadas, de pronto, sus palabras se habían detenido sin lograr encontrar de nuevo las ganas. Alguna vez escuché en el metro que todos sus triunfos golpearon su mente hasta detenerla para siempre. Otras, que se había cansado de sus historias flacas e inertes.

Fuera como fuese, yo llamaba a su puerta entreabierta y desvencijada en un día de niebla. Llamaba y llamaba con insistencia, pero él no contestaba. Sólo estaba ahí, quieto, contemplando a aquella vieja máquina. Y, en ese momento, mi curiosidad me obligó a adentrarme entre todo ese silencio que llenaba el gran vacío de la casa. Y veía como la oscuridad tintaba cada habitación de misterio y nostalgia; como las copas medio vacías de un vino tinto y seco, revelaban la ausencia de todos los que un día llegaron, y no caminaron de vuelta. Contemplé aquellas paredes de papel pintado estaban desgarradas, y todas esas estanterías de madera apresadas por una polvareda eterna.

Al escritor no le importó escuchar mis pasos tras su figura detenida en todos esos años pasados. Seguía su dedo índice en alto, dudando todavía en pulsar alguna letra. Y yo quise contener mi respiración; quise ser testigo de ese momento único y mágico. Pero pasaron los segundos, los minutos, y el escritor todavía no lo había logrado.

Fue mi impaciencia la que rozó su hombro y le preguntó que qué le pasaba. Y recuerdo cómo me miró a los ojos con toda esa incomprensión y añoranza, señalándome con su dedo índice desgastado, uno de sus libros más antiguos y renombrados. Con el temblor en sus manos, escogió uno de los últimos párrafos. Y yo me acerqué, extasiado, entendiendo que aunque fuese en pasado, aquel escritor me estaba hablando.

“Treparon y treparon los pies de Thomas por aquel acantilado extraño y escarpado. El miedo asía sus extremidades con fuerza y astucia, pero él sabría que jamás se caería. Y cuando todas sus seguridades le llevaron a la cima, su pie derecho pareció fallarle. Se aceleró su respiración; se electrocutaron todos sus pensamientos en lo que pensó que nunca llegaría a pasarle. Y entonces, sus dedos se aferraron a su roca salvadora. Y trepó y trepó por las últimas rocas, aunque con la sangre resbalando por su piel temblorosa…”

Antes de terminar de leer, el escritor golpeó mi hombro con alarma, y destapó su muñeca izquierda y arrugada. Tenía un corte enorme en su unión con la palma. Miré su cicatriz, y tras ello, me encontré con su mirada aterrada.

Inspiró con fuerza, y sin descanso, me obligó a leer la cubierta de otra de sus obras ganadoras. “El incendio en la casa de al lado”, se llamaba. Y al contemplar la portada, el escritor desalmado cojeó hasta la ventana cerrada. Su respiración entrecortada se deshizo en suspiros, cuando mis pies le alcanzaron. Y todavía no hizo falta que dijese nada. Tras las maderas ajadas que la asediaban, admiré cómo el piso de enfrente se había carbonizado en ya invisibles llamas.

Quise decir algo; quise rozar su espalda y devolverle el aliento que le habían robado. Aquel hombre me enseñaba la fuente de todas sus inspiraciones; la poesía que había envuelto sus más preciadas creaciones, sólo que el temor le ahogaba; sus historias no le habían ayudado a olvidar sus vivencias más oscuras y desgraciadas. Pero él no me dejó ayudarle. Él volvía a entregarme otra de sus novelas sensacionales. Pasó las páginas con sus pulmones exentos de aire. Y le pedí que se tranquilizase. Pero él sólo removió su cabeza con ansiedad y ultraje. Sus manos agitadas volvieron a señalar un único párrafo. Y yo me acerqué de nuevo, intentando entender el temor de aquel anciano.

Quién querría ser músico, abogado o rey del mambo. Nadie si tuviese a esa familia. Miguel se sentó sobre aquella mesa con el pastel de fresas, y las tazas de té recién servidas. Cerró los ojos un instante. Intentando envolverse a la música que ya le envolvía; a todas esas voces que, reunidas, parecían prometer que jamás se irían. Abrió los ojos y sopló las velas. Y su corazón latió fuerte y alegre, al sentir como, sus setenta y siete años había merecido la pena. Sólo que él no sabía que sólo estaba recordando un pasado; que lo que él veía no eran más que las migajas de otros años. Y reía y aplaudía, sobre aquella mesa, solitario..”

Otra vez, antes de acabar el párrafo, el escritor me golpeó sutilmente las manos. Y no hizo falta que me enseñara nada. Sabía que sólo quería mostrarme la ausencia de sus allegados. Me entristeció pensar que lo ocurrido en su casa hubiese inspirado aquel cuento amargo. Y sin embargo, las lágrimas resbalando por sus mejillas me dijeron lo contrario. No era lo ocurrido lo que le inspiraba. Sino sus libros los que dictaban las líneas de su vida arañada y desoladora.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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2 pensamientos en “las palabras dictadoras

  1. Ufff Paula… ¡Impresionante…! Se han asomado un par de gotas de rocío de mis ojos al terminar de leer tu historia, como si ellas también quisieran leerla.

    ¡Bravo, me ha encantado! Y como siempre, la foto a su compás…

    Un abrazo.

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