de la golondrina solitaria

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A veces sueño que soy pájaro; pero no por lo obvio, ¿sabes? Volar está sobrevalorado. Aunque en cierta manera, pagaría por poder tocar el cielo con las manos… Pero… No sé. Siempre que me imagino siendo pájaro es porque van acompañados. De alguna forma o de otra, la bandada nunca se abandona. Siempre aparece ese gorrioncito solitario atrapado entre la codicia y las migas del parque; jamás dejarán de pelearse unas con otras todas esas urracas quejicosas. ¿Y qué? Te preguntarás. La vida del pájaro tampoco parece tan prometedora. Ya… Es verdad. Pero sí me invita muchas veces a extrañar a todas esas personas que el tiempo me ha arrebatado; que poco a poco, han llenado su vida de amores y proyectos aislados, para desaparecer pronto de mi lado. Creo que no te lo he contado, pero tengo un tatuaje desde hace años. Me dibujé dos golondrinas, una persiguiendo a la otra. Y viceversa. Era como mi lema de vida; el no abandonar a mi gente nunca. Y siento que poco a poco, la segunda golondrina se ha ido emborronando. Se pierde, se fuga. Y entiéndeme, yo no quiero que eso pase. Pero siento que mi piel ya no luce igual que antes; que mis ojos se han cansado de perseguir a toda esa gente que ya no está a pesar de que la llames. Noto como poco a poco me voy apagando por dentro; como se deshacen mis ganas por seguir insistiendo. Y es que sé que he perdido a mi ave; que ya me quedan pocas golondrinas a las que seguir como antes.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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