la porcelana se rompe

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Era un día de verano. un día de esos en los que el sol empieza a brillar tan alto que parece que prometiese cumplir cada uno de nuestros sueños nunca olvidados. La brisa mecía mi pelo, y también todas mis ideas. terminaba el curso y, por fin, se abría ante mi un camino incierto que yo debía trazar sola. Y a pesar de cómo se enredaban mis nervios a mi cuerpo inexperto; a pesar de sentir la emoción palpitando en mi pecho inquieto, mis ojos parecían haberse hecho presos de una visión extraña. A escasos pasos de mi figura detenida, se hallaba una chica de pelo dorado y perfecto. Sus mejillas pálidas brillaban ante la dureza de aquel sol de la mañana. Sus labios temblaban; su mirada fría y delicada ya hacía lo posible por evitar las lágrimas. La llamaban muñeca de porcelana. Y clamaban que una enfermedad devoraba sus finas vértebras hasta capturar el resto de su cuerpo pequeño y esbelto. Y ella me miró entonces. Y con sus ojos de invierno me mostró todo ese dolor que entonces la retenía semanas bajo las sábanas. Se acercó un poco más, y respiró hondo. Y fue en ese momento cuando pude ver con aun más claridad la prisión en la que se hallaba su corazón tan miserable como bello. Todas sus cicatrices seguían abiertas. Y es que ya no le hería su enfermedad exultante y duradera, sino todos esos momentos que le arrancaba ese pasado; todos esos instantes que habían volado frente a su ser desgastado y que ya no volverían a ella.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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