la porcelana se rompe

 

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A veces me pregunto dónde van los corazones rotos cuando pierden su camino. No sé. Es fácil imaginárselos siendo consumidos por una enredadera de eternas soledades, que oscurece poco a poco todas sus ilusiones restantes hasta hacerlas quebrar para siempre. Como la porcelana al romperse contra el suelo, su tristeza sería igual de bella. Pero se ahogaría en un horizonte sin fin que le haría replantearse su existencia. Y me imagino ese latido. Efímero. Inquietante. No importa cuánto dolor oprima el pecho. Ni cuánto más se aferre a él esa enredadera aplastante. Los corazones siguen latiendo. ¿No? ¿Aunque por cuánto tiempo? No lo sé. Sólo que ayer vi en tus ojos grisáceos esa marea de pesadumbre y decepciones; ese manto de desilusiones sobre tu piel antes suave y resplandeciente. Y quise apretar tu mano y pedirte que no te fueras; que no te perdieras en esa noche tan oscura como eterna. Pero no supe hacerlo. No tuve el valor para creerlo; para admitir que te estabas sumiendo bajo todos esos escombros de un pasado roto. Olvidado. Y que yo no iba a poder sacarte esta vez de ello. Y volví a llorar, al recordar tu rostro sumido en las cenizas; al imaginar cada uno de tus huesos convirtiéndose en porcelana partida.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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