el dolor enterrado

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Caminaba decidida entre senderos cruzados. Era como si toda esa maleza hubiese sido incapaz de borrar el rastro; como si hubiese elegido no adentrarse entre todo ese dolor todavía impregnado en aquel valle desolado. Seguí caminando. Y sin poder evitarlo, dirigí mi mirada hacia esa silenciosa montaña enredada en las nubes más algodonadas, y de apariencia noble y sosegada. Y noté el temblor en mis manos; la respiración entrecortada, y el deseo ferviente de detener mis pasos. Si seguía caminando me adentraría de lleno en aquella herida abierta; en todos esos corazones sin latido inertes bajo la tierra. Respiré hondo y cerré los ojos. Y un murmullo solitario capturó mi mente indecisa, inexperta. La voz grave y acartonada de una mujer conquistó mi mente y la hizo presa de su grito de auxilio eterno, de toda su pena. Y entre sus lágrimas enterradas entre la niebla espesa que ya me rodeaba, me paralizó el tacto de un cuerpo extraño agitando mi hombro con firmeza. Abrí los ojos, acobardada. Y sin apenas buscarlo, me enfrenté cara a cara al desconsuelo de un chico pequeño. Su piel morena y suave brillaba. Sus ojos negros y secuaces me miraban sin reparo. Era como si quisieran contagiarme su desaliento; su amargura enterrada bajo aquel suelo. En ese momento, un hombre anciano me agarró del pelo. Sus manos ásperas tiraban con fuerza, y las mías con miedo, trataban de detenerle en el intento. Pero no podía tocarle. Una niña de pelo revuelto entrelazó sus brazos a mis piernas temblorosas, cantando la canción de un cuento. Y el grito de un grupo más lejano taladró mis sentidos hasta poseerlos. Perdí por un instante mi cuerpo. Y sé que, probablemente, lo rozarían ese centenar de almas perdidas con un sólo deseo: el de alejarse de aquella montaña que les había arrebatado todo. Esa cumbre que, un día, había desatado una tormenta de arena y fuego sin darles tiempo a alejarse de ella. Sin embargo, a los pocos segundos, me abrazó el silencio. Inspiré hondo, y sentí como volvía a mi ser, abatido, derrotado. ¿Qué había pasado? Todavía no lo sé, después de un año. Lo que sí tengo claro es que yo no les he olvidado; que sigo escuchando sus voces por las noches; que sigo retorciéndome en su dolor y su pérdida cada vez que pienso en ellos. Y lo siento. Siento que perdieran la vida en un momento. Siento que aquel volcán agazapado en aquel valle perfecto, deshiciese cada uno de sus sueños.

1968. Costa Rica. Volcán Arenal.

 

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe

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