En el tren hacia tu corazón oscuro y obstinado.

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A veces, cuando cierro los ojos, vuelve a abrazarme esa sensación cálida. Efímera y distante. La brisa de un otoño tardío enredándose en mi pelo lacio. El frío bajo mi piel insensata y vacía, ya enterrado. Y sin embargo, completamente bloqueado por lo que estaba a punto de ocurrir a tu lado. Caminábamos despacio. Quizás demasiado. Era como si el cielo nos estuviese a los dos gritando que debíamos pararnos. Que debíamos mirarnos. Encontrarnos. Y todavía vuelve a mi, el aullido de mi corazón tímido. Desenfrenado. Apenas nos conocíamos. “¿Y qué?” – Me decía yo a mi misma – “Si lo estás deseando”. Pero el miedo sonaba todavía más alto en mis pensamientos fragmentados. Yo no quería dar el primer paso. Y me mordí los labios. E inspiré con fuerza, intentando que no escuchases mi corazón latir tan alto. Sorteamos a varios niños de uniformes raídos, y abrigos llenos de barro. Creo que algunos se reían. Quizás de nosotros. Quizás de algo completamente ajeno a lo que no estaba pasando. Hacía demasiado rato que no hablábamos. “Piensa algo” – me dije – “Habla de cualquier cosa”. Y me aclaré la garganta. Miré al suelo. Y luego al cielo. Y a ninguna parte. Tembló mi piel y todas mis inseguridades. No sabía como seguir adelante. Pero no importó. No importó porque, justo en aquel instante, me miraste. Me encontraste. La oscuridad de tus ojos me envolvió hasta atraparme. Y tu mano se enredó en la mía, pidiéndome que no me marchase, que siguiese caminando a tu lado aunque apenas nos conociéramos.

Y pasaron los meses. Noviembre. Diciembre. Y Enero a mediados. Y desde entonces vivo aquí. En este tren hacia tu corazón oscuro. Obstinado. En tus ojos negros tan profundos como carcelarios. Aquel día me allanaste. Me aferraste a este abismo con un centenar de promesas. Perfectas. Deshechas. Y todavía no he conseguido reunir las fuerzas. Todavía retengo mis pasos sobre este tren, ya paralizado. Del pasado. Y quiero gritar, y que mis palabras arañen tu cuerpo hasta que sangren las grietas. Y rasgar tus arterias. Y después llorar abrazada a tus vértebras. Ser tu herida. Ser tu espina, esa cicatriz sin cerrar. Porque sé que mis manos nunca lograrán rozar tu corazón impasible. Bello. Imborrable. Porque sé que aun me quedan días. Años. Para olvidar aquel instante. Aquel engaño. Para dejar de ser esa chica de pelo lacio y del frío enterrado de la que no te enamoraste.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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