para siempre es, a veces, hasta nunca.

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¿Sabes…? A veces se me eriza la piel al escuchar la palabra ‘Siempre’. Siempre. Para siempre. ¿No te pasa que al leerla o repetirla varias veces en alto pierde todo el sentido? Siempre. Siempre. Siempre… A mi no me hace falta. Para mi nunca lo ha tenido. Y no es porque yo haya tenido una vida difícil, ¿eh? No te vayas a pensar ya lo típico… Que nací huérfana; que no tuve dinero, ni amigos. Aunque sí, lo admito: la gente que valora la vida es la que menos tiene. O la que menos quiere, ¿no? A veces es lo mismo.

El caso es que… Bueno. La palabra ‘Siempre’ empezó a rondar mi cabeza hace dos años y medio. Dos años, siete meses y… tres días, creo. Estaba en mi colegio. Recuerdo arrastrar mis zapatillas de cordones rosados por la cuesta llena de barro; ese gorro de lana demasiado calado y aquella mochila grisácea y tintada en canciones del pasado. Aquel día no llevaba los cascos. Puede que se me hubiesen olvidado. O que me hubiese hartado de escuchar la misma canción de Nirvana todo el rato. Quién sabe. Lo único de lo que me acuerdo con seguridad es de cómo el invierno se enredaba a mis pómulos, a mis dedos. De cómo el viento apagaba mi mirada al hielo y se enredaba a mis pestañas con demasiado deseo. Aceleré mis pasos. Abracé mi cintura estrecha e ingenua, intentando obviar cómo el frío se abría paso en mi jersey de agujeros. Recuerdo cómo en ese momento me distrajo la voz del jardinero, demasiado enfadada, y aun así peligrosamente aguda para su viril ego, al haber descubierto lo que quedaba de sus helados geranios. Su mirada avergonzada se chocó contra mi sonrisa descarada. Y… Supongo que mi siguiente pensamiento hubiese sido el de contarle a mi clase aquello; de reírnos con lágrimas encubiertas, de retrasar cinco minutos más la clase de ciencias aunque taconease la profesora de impaciencia. Pero, sí, puedes imaginártelo, no ocurrió nada de eso.

Creo que nunca había sentido tanto vacío dentro. Era como si una niebla densa y amarga hubiese cubierto mi cuerpo. Mis pensamientos. Mi corazón se cubrió de cemento. No sé cómo explicarlo. Sólo que tras el grito que escuché después, se habían perdido todos mis ánimos de seguir existiendo. Y no porque estuviese triste, ¿sabes? Sino porque la vida no me había preparado para aquello. La moto. El chico. La chica. Un cruce. El momento.

Apenas recuerdo aquellos días. Aquellas vidas. Porque ocurriera lo que ocurriera, todo volvió a su sitio. Menos yo. Yo me quedé en aquella sala de espera. ¿Y sabes por qué? Porque había algo que no me podía quitar de la cabeza. Era algo como un zumbido. Un constante repicar en mis oídos. Y me costó algo más entender qué era lo que escuchaba. Y cuando lo hice… Bueno. Nunca más dejé de sentirlos: Eran un centenar de latidos dormidos.

¿Qué pasa cuando la vida te abandona aunque no del todo? La primera vez que me hice esa pregunta fue al rozar un cuerpo extraño, ajeno y vacío con mis dedos. La piel fría. Y la muerte anudada a su respiración serena y sedada. Perfecta y, quién sabe, eterna o momentánea. Le miré una, dos, y trece veces más esperando un parpadeo; un despertar quejicoso y deshecho; una mirada igual de fría y serena que el invierno que ya se había ido. Pero no ocurrió nada. Cada segundo que pasaba no era más que el silencio haciéndonos suyo. Y le acaricié el pelo rubio y fino. Le arropé un poco más para dejar de ver sus hombros encadenarse aun más a aquel sueño sin sentido. No recuerdo cómo se llamaba. Ni siquiera la razón que unió mis pasos a la habitación de aquel desconocido. Sólo cómo había algo dentro de mi que me decía que no podía abandonarle. Que me encadenase a sus heridas aunque yo no pudiese suturárselas. Que le devolviese ese para siempre que se había perdido. Esa vida llena de promesas extintas que nunca había aparecido.

Y le conté una historia. Su historia. El ayer que nunca había tenido. El día en el que jamás tuvo que atarse a esa cama. El amanecer en el que cruzamos como extraños nuestras miradas. El despertar bajo las sábanas. La brisa del mar en su cara. Sus dedos retirando mi pelo dorado e inquieto, de mis mejillas sonrojadas. Nuestro adiós temprano en una noche demasiado larga. El último beso suave, inesperado e intenso, bajo el primer rayo de sol de la mañana. Mi corazón rozando la muerte con los dedos. Y llorando lágrimas de sangre; de desconsuelo.

Tuve que marcharme; que abrazarme al sufrimiento que trae, aun más, la distancia entre los cuerpos. Porque, por primera vez, sentí el dolor agrietando de verdad mi pecho; tintando mi piel de la vulnerabilidad y el desaliento; descubriéndome la condición efímera del cuerpo. Iba a morirme. Y él. Y todos. Sólo que a él le había fallado el tiempo.

Semanas después me armé de valor y volví a verle. Quería devolverle a esa historia en la que éramos algo; en la que… No sé. Pudiese, por un instante, separar su figura de aquella caída infinita hacia el vacío expectante. Sólo que él ya no estaba. Y cuando una enfermera de melena rojiza y mirada desconfiada me preguntó que a quien buscaba yo… Cerré la puerta y volví con pasos lentos a aquella sala de espera. Ya no sabía quién era. Ni tan siquiera qué había pensado encontrar en esa cama ahora desierta. ¿Se habría despertado mi amor incógnito, inexplicable? Nunca llegué a saberlo.

¿Y entonces…? ¿Qué significa esta historia? Bueno… En realidad sólo es el principio a otra veintena de historias. Porque… ¿Sabes? Desde entonces no he logrado marcharme de esa sala de espera de vidas heridas o esperando a largarse. Nunca he conseguido arrancarme esa sensación de ahogo y vacío que nubló entonces mi mente. Que me cambió para siempre. Sí, he dicho siempre. Porque ellos no tienen un siempre, ¿me entiendes? Y yo soy quien se lo devuelve. Quien le da una historia en la que cobijarse. Quien les aleja de la vida que pasa y no viven al instante.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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2 pensamientos en “para siempre es, a veces, hasta nunca.

  1. ¡Me ha encantado…! Y no quiero decir que para siempre, pero si que me gustaría poder leerte durante un periodo de tiempo mucho más largo que el de este momento, aunque no sea para siempre, aunque solo sea por unos pocos más de meses…
    Gracias por tus historias, Paula.
    Y la foto me parece preciosa, con una mirada de las de para siempre…
    Un abrazo.

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