la lluvia y el resplandor de lo incierto

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Una vez alguien me dijo que la lluvia trae consigo el olvido. El vaivén de un viento que se lleva los pensamientos y el polvo que ya no queremos. El comienzo de algo nuevo. Para mi no. Para mi, escuchar la lluvia resbalar por el cristal de mi ventana, es también sentir el resquebrajar de una grieta en el interior de mi cuerpo. No sé como explicarlo. Ni siquiera yo lo entiendo. Pero cada vez que la humedad de las nubes logra adentrarse a través de mi jersey de lana negro siento algo. Es un murmullo suave. Un ligero e incluso agradable cosquilleo que resbala por mi piel, y se balancea entre los mechones rubios de mi pelo. El otoño conquistándome. O eso pienso al principio. Porque luego llega consigo el frío. Y yo estrecho con fuerza mi cuerpo. Y acelero mis pasos intentando huir de ese temblor, de esa lluvia que ya asedia cada uno de mis pensamientos. Y ahí lo intuyo, ¿sabes? Es justo en ese momento cuando entiendo lo que está ocurriendo. La lluvia no perdona. La piel tiene memoria. Y cada vez que una de esas gotas traspasa mi piel, limpia consigo todas mis dudas, todas mis esperanzas adormecidas en el tiempo. Estoy perdida. Estoy sola. Y yo sigo corriendo. Sigo intentando dejar atrás esa punzada en el pecho. Pero ya no se marcha. Ya no deja de aferrarse a mi corazón de heridas abiertas y en rumbo hacia ninguna parte. Ninguna parte. Han pasado los años y todavía no sé hacia donde trazar mis pasos. Y entonces tengo miedo, ¿sabes? Tengo miedo de que no deje de llover nunca y de no lograr olvidar que no soy quien quería ser hace un tiempo. Temo que el mundo siga olvidándose de enviarme una dirección. Una señal que redirija todos mis segundos hasta hacerlos cobrar por fin sentido. Y seguir perdiendo los abrazos de toda esa gente que un día prometió recogerme, salvarme de ese aire que a veces no llena lo suficiente para insistirle a esta vida de caminos imprecisos. De toda esa gente que se marcha porque si enderezó sus pasos a tiempo. No quiero seguir viendo como se reabren las cicatrices de este país en ruinas. Como el dinero conquista las calles hasta ser nuestro único pensamiento. No puedo sucumbir a las sombras que deja pasado, a la amargura que tiñe los rostros día a día, sin que llegue el cambio. Y yo no me rindo. Quiero llegar lejos. Pero cada vez me cuesta más escapar de la lluvia, y el resplandor de todo lo incierto.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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