En el tren hacia tu corazón oscuro y obstinado.

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A veces, cuando cierro los ojos, vuelve a abrazarme esa sensación cálida. Efímera y distante. La brisa de un otoño tardío enredándose en mi pelo lacio. El frío bajo mi piel insensata y vacía, ya enterrado. Y sin embargo, completamente bloqueado por lo que estaba a punto de ocurrir a tu lado. Caminábamos despacio. Quizás demasiado. Era como si el cielo nos estuviese a los dos gritando que debíamos pararnos. Que debíamos mirarnos. Encontrarnos. Y todavía vuelve a mi, el aullido de mi corazón tímido. Desenfrenado. Apenas nos conocíamos. “¿Y qué?” – Me decía yo a mi misma – “Si lo estás deseando”. Pero el miedo sonaba todavía más alto en mis pensamientos fragmentados. Yo no quería dar el primer paso. Sigue leyendo

para todas esas personas en las que nunca nos fijamos, y que un día, al de verdad encontrarnos, nos cambian la vida

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concibo que algunas noches sólo te puedo considerar sombra.

el punto final de mis frases,

el movimiento de las ramas de un árbol frente a la brisa veraniega.

pero aquí, rodeada de nada y de nadie

puedo entender que, aunque en planos de vida distintos,

algún día, nuestros ojos al mirarnos,

hablarán el mismo idioma.

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe

mi historia. tu historia. nuestra historia.

triptico

La brisa meciendo mi pelo dorado. Los ojos cerrados. Y el beso de un sol apagándose al comienzo de una noche que prometía ser larga e intensa, igual que todas esas canciones de discoteca que ya resonaban a lo lejos, en la feria. Era verano. Y una tarde más, contemplaba aquel precioso atardecer sobre la noria de ese parque de atracciones casi abandonado. Me encantaba ir allí. Me encantaba alejarme del resto durante aquellos instantes. Dejar mis pensamientos fluir a su aire. Y sí el día lo pedía, imaginarme siendo coronada como la reina de todas esas nubes y cielos eternos. Y sin nadie que pudiese verlo.

Sólo que aquel día fue diferente. Aquel día, justo cuando aquel adolescente con hierros en sus dientes cerraba la puerta de madera verde antes de la puesta en marcha de la noria, un chico se subió conmigo. Al principio quise sugerirle que se fuese a otro vagón solitario. Pero entonces, cuando mis labios fueron a pronunciar todas esas palabras amargas, vi la cámara de fotos que sujetaban sus manos. Era analógica. Un modelo antiguo y bastante parecido al que yo solía traer a mi lado. Me dio rabia. Hubiese sido el encuentro perfecto. Él, yo, y nuestras cámaras. Amor para siempre. Amor asegurado. Pero la había dejado dentro de un armario… Conscientemente. Aquel día en su lugar, me había traído un cuaderno. Me había prometido escribir la primera historia con la que tropezase desde las alturas, admirando, ya como la reina de los cielos, a todos esos hombres que desde allí parecían iguales. Y queriendo provocar un encuentro… Sólo había estropeado el nuestro. Sigue leyendo

Despierta

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01h27. 19 de Mayo. Se cerraban mis ojos. Sigilosos, despacio. Había sido un día largo. Y no podía dejar de imaginar cómo se enredaban mis pestañas entre ellas, logrando así encontrarse con el sueño que todavía no quería llevarme. Iba en el último tren de la noche. El tren de las tinieblas, como me gustaba llamarle. Recuerdo cómo se anudaba mi dedo índice alrededor de mi rubia y acortada melena. Cómo dibujaban una y otra vez mis dedos, ese irreal tatuaje sobre mi muñeca derecha. Siempre había querido una palabra. Corta, desdibujada. Y dentro de un triángulo. Pero nunca había sido capaz de encontrarla. Fue en ese momento cuando, la suavidad de mis dedos volvió a contagiarme del sueño eterno. Y aunque todavía no había llegado, aunque todavía se mecían mis pies al ritmo de aquel vagón solitario, no pude evitarlo. Apoyé mi cabeza sobre mis manos. Suaves, discretas. Y tratando de perderme un segundo en esa oscuridad serena, se cerraron mis párpados. No sé cuánto tiempo pasó pero, lo siguiente que sentí fue el tacto de una mano aferrándose a mi sombra rendida en el arrastre. Mi cuerpo se contagió en el sobresalto. No, no no… No podía haber pasado… Abrí los ojos, pero vi que apenas nada había cambiado. Seguía sentada frente al mismo señor de corbata y sombrero demasiado anticuado. La misma pareja del fondo volvía a darse esos besos como si nunca antes los hubiesen probado. No había pasado nada. No me había saltado mi parada. Respiré tranquila, y admiré como llegábamos a la penúltima estación antes de mi bajada. Y entonces vi algo. Vi como una chica, de espaldas, trenzaba su pelo rubio, acortado, con un triángulo tatuado sobre su muñeca pequeña y delgada. Y se cerraron las puertas. Me levanté de un salto, y corrí hasta empujarlas con fuerza. Y dio resultado. Encontré la salida. Y me abracé a una carrera infinita. Subí unas escaleras. Recorrí lo que parecieron un centenar de pasillos en tinieblas. Pero no la encontré a ella. Volví cabizbaja al andén con dirección a ninguna parte. Esperando a que viniese cualquier guardia enseguida a echarme. Y esperé y esperé pero nunca vino nadie. Abracé mi cuerpo, intentando dejar atrás todo el frío que trae consigo el desengaño. La ilusión corrompida en un centenar de cristales sin vida, quebrados. ¿Por qué me había levantado? ¿Por qué había perseguido a una mujer sin un motivo justificado? Y cuando perdí la cuenta de todas las horas que habían pasado… Volví a verla. Volví a encontrármela otra vez de cerca. Otra vez de espaldas. Giré mi mano, intranquila, exaltada. E intenté rozar su piel, tan parecida a la mía. Y todas sus pecas. Mis pecas. Esa cintura demasiado estrecha. Esas manos finas y pequeñas. Leí en la curvatura de su espalda, el estremecimiento que también recorría la mía, sobresaltada. ¿Me estaba mirando a mi misma? No lo entendía. Pero a la vez algo me aseguraba que sí era lo que veía. Reuní el valor y… Lo hice. Giré tu cuerpo y busqué en tus ojos mi mirada perdida. Fugaz y efímera. Y cuando te diste la vuelta, cuando de verdad esperé encontrar mi reflejo en tu cara desierta… Agarré con fuerza tu muñeca. Y leí la palabra escrita con tinta negra. Despierta.

Abrí los ojos rápida, y me levanté de un salto. Me había dormido en aquel tren ruidoso y oxidado.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

encontrarte

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Uno, dos, tres suspiros y un arañazo en el hombro. Mi mano aferrada al pecho. Y ese latido constante avisándome de que había algo acechándome. Era de noche. Y a pesar de que todavía hacía algo de frío, mis amigos me habían forzado a dormir en el bosque. Todavía escuchaba en la lejanía aquella fiesta anclada en una adolescencia demasiado tardía. Demasiado vacía. Y aunque al principio me había divertido en el desenfreno del baile, hacía horas que ya me había invadido aquel trance. Había algo que no dejaba de llamarme. Era extraño pero, mi piel temblaba, y en mi mente no dejaban de dibujarse imágenes. Veía sangre. Una herida abierta de alguien que no dejaba de ocultarse. De alguien que no dejaba de retar a la muerte. Y cuando quise darme cuenta, ya me había adentrado entre la maleza que determinaría mi suerte. No sabía a quién buscaba. Sólo que mi cuerpo endeble se adentraba cada vez más, entre las sombras de los árboles. Escuché como mi corazón se agitaba. Cómo mis ojos se adentraban en esa oscuridad en la que ya no veía nada. ¿Qué estaba haciendo? Probablemente lo que había visto no era más que una consecuencia al alcohol y  todos sus males. ¿Pero y si no me equivocaba? ¿Y si en realidad si había alguien muriéndose? Frené mis pasos. Y fue justo cuando escuché el disparo. Sigue leyendo

Mirarte de cerca

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Todavía no entiendo por qué, pero, me encantaba admirar desde lo lejos cómo tu mirada concentrada repasaba una a una, aquellas tazas de porcelana resquebrajada. Tus manos atentas, acariciaban sedosas cada grieta, cada noche, creo que esperando devolverles la entereza perdida en todos esos instantes mejores. Y yo sin poder evitarlo, me escondía tras aquella robusta y polvorienta cafetera, mientras fingía doblar servilletas. Pero en realidad no hacía más que mirarte, y desear detener el tiempo para siempre. Tú y tu rostro de ojos claros ensimismados en todas las historias que narraban aquellas tazas de café rotas. Tú y aquella mueca deshecha en los labios… Y fue entonces cuando, de forma inesperada, rozaron mis dedos torpes un azucarero hasta empujarlo a la dureza de aquellas baldosas destartaladas. Bam. El suelo tembló y con él, cientos de cristales estallaron como fuegos artificiales anunciando el final del verano. No podía ser, no podía ser… Lo había roto en mi segunda semana de trabajo… Mis nervios trajeron consigo el deseo de que no te hubieses enterado, de que tu ensimismamiento hubiese hecho invisible este último momento pero… Al levantar mis mejillas sonrosadas, me encontré enseguida con tu mirada descarada. Tembló mi corazón inexperto, al encontrarse por primera vez mis ojos nerviosos, con los tuyos del color del cielo. Y tembló más todavía cuando, desde la lejanía, tu sonrisa de colmillos torcidos me susurró palabras enredadas en la amabilidad y el sosiego. Palabras que, sin duda, abrían la puerta a un mundo nuevo. Un mundo en el que podía mirarte de cerca.

 

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe

el chico del piano invisible

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11h36 de la mañana. Martes, 24 de Abril. El movimiento circunstancial del tren. La brisa que mecía mi pelo ondeante. Y todas esas líneas del libro que recorrían mis ojos, sin un punto de atención constante. Había algo que me inquietaba aquel día. No podía evitar levantar la vista de mi lectura y fijarla en el chico que se sentó enfrente de mi asiento hacía exactamente cinco minutos. Tenía una mirada profunda, sincera. Y a pesar de encontrarnos el uno frente al otro, sus ojos aun no se habían cruzado con los míos.

Mi curiosidad recorrió su rostro, y poco a poco, de forma disimulada, se clavó en sus manos. Sus dedos largos se movían acompasadamente como si entre ellos se encontrasen las teclas de un piano. Intenté buscar una melodía que encajase al movimiento. Me adentré profundamente en un lenguaje de signos musicales, entre acordes y armonías inexistentes, abandonando el mundo silencioso en el que coexistían el resto de pasajeros del tren junto a nosotros. Me sonaba… Había escuchado esa canción en alguna parte. Mi pie marcaba el ritmo, mis labios balbuceaban todas esas posibles letras. Pero… Nada. Sigue leyendo