siempre.

Hay días en los que se permiten las lágrimas. Días en los que la piel se estremece, y se anuda en nuestros corazones ingenuos una sensación volátil, extraña. ¿Y sabes…? Llevo demasiado tiempo evitándola. Creo que intenté enterrar bajo mi cuerpo todo el miedo, toda la tristeza que me produce que te vayas. Y escondí mis heridas entre suturas inestables y el paso de los días. Y el dolor se abrazó al olvido, y a todas las cosas que hacían posibles seguir adelante. Todavía me siento incapaz de enfrentarme a esta página en blanco; de afrontar que esto te lo dedico esto a ti, Mandru, porque eres tú la que se marcha; de que se me van esos paseos tardíos de inviernos que no son inviernos y veranos que no parecen llegar nunca; y esa mirada tímida y castaña que sabe entenderme aunque no haya dicho nada. Cotilleos, tintes para el pelo y bufandas. Y todas esas fotos en el fotomatón completamente inesperadas. Voy a odiar no compartir odios contigo; que me llames ‘tronchón mío’, y que eso me recuerde a esas clases de francés en las que nos gustaba darle un significado nuevo a todas esas palabras tan raras. Acordarme del callejón diagon y de todas esas canciones del Nirvana. Y de como me apretaste la mano cuando me hice mi primer tatuaje. Sigue leyendo

de la golondrina solitaria

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A veces sueño que soy pájaro; pero no por lo obvio, ¿sabes? Volar está sobrevalorado. Aunque en cierta manera, pagaría por poder tocar el cielo con las manos… Pero… No sé. Siempre que me imagino siendo pájaro es porque van acompañados. De alguna forma o de otra, la bandada nunca se abandona. Siempre aparece ese gorrioncito solitario atrapado entre la codicia y las migas del parque; jamás dejarán de pelearse unas con otras todas esas urracas quejicosas. ¿Y qué? Te preguntarás. Sigue leyendo

como antes

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Hay días en los que, por un instante, vuelvo a escuchar el sonido de esa risa irónica y pegadiza en aquel tren a ninguna parte. Recuerdo como deslizabas tus dedos pequeños y pálidos por el asiento desgastado; y también el brillo de tus ojos claros, al pronunciar tus labios todas esas palabras alteradas que pronto, resbalaban raudas por mi cansancio. Había veces en las que el silencio nos envolvía, entonces. Y no era nada malo. Todo lo contrario. Me encantaba apoyarme sobre tu hombro y acariciar tu pelo dorado. Tu respiración entrecortada e inquieta, se aquietaba y enredaba en el movimiento apaciguado de ese vagón de sueños desgastados. Y ése era el momento que más me gustaba; ése en el que tu mirada descansaba de todos esos dilemas que día a día se encontraba. Ése en el que se golpeaban todas tus sílabas electrizadas contra un muro de calma. Ése en el que tu mano se entrelazaba alrededor de mi muñeca pequeña y paralizada. Y me mirabas. Y yo por fin te encontraba tu verdadera cara, alejada del mundo que ya te asfixiaba.

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe