Colaboración para el blog de la revista TENMAG

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¡Hola!

Os dejo aquí el enlace de mi cuarta colaboración para TENMAG. Muchas gracias por vuestro apoyo en el último que posteé por aquí, se agradece infinitamente. Al terminar el post podéis dejarme vuestros comentarios o regalarme un like desde Facebook.

Un abrazo para todos, no me olvido de vosotros.

http://www.tendenciasfashionmag.com/hoy-se-escapa/

Gracias,

Paula.

la lluvia y el resplandor de lo incierto

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Una vez alguien me dijo que la lluvia trae consigo el olvido. El vaivén de un viento que se lleva los pensamientos y el polvo que ya no queremos. El comienzo de algo nuevo. Para mi no. Para mi, escuchar la lluvia resbalar por el cristal de mi ventana, es también sentir el resquebrajar de una grieta en el interior de mi cuerpo. No sé como explicarlo. Ni siquiera yo lo entiendo. Pero cada vez que la humedad de las nubes logra adentrarse a través de mi jersey de lana negro siento algo. Es un murmullo suave. Un ligero e incluso agradable cosquilleo que resbala por mi piel, y se balancea entre los mechones rubios de mi pelo. El otoño conquistándome. O eso pienso al principio. Porque luego llega consigo el frío. Y yo estrecho con fuerza mi cuerpo. Y acelero mis pasos intentando huir de ese temblor, de esa lluvia que ya asedia cada uno de mis pensamientos. Y ahí lo intuyo, ¿sabes? Es justo en ese momento cuando entiendo lo que está ocurriendo. La lluvia no perdona. La piel tiene memoria. Y cada vez que una de esas gotas traspasa mi piel, limpia consigo todas mis dudas, todas mis esperanzas adormecidas en el tiempo. Estoy perdida. Estoy sola. Y yo sigo corriendo. Sigue leyendo

aunque sea tarde

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A veces sólo me encuentro a mi misma con los ojos cerrados. La piel flotante, adormecida, los dedos entrelazados. Respiro despacio. Mi corazón se desacelera. Se enredan mis pensamientos a la nada y al desconcierto. Ahí está. Sonrío para mis adentros. Vuelvo a sentirlo. Vuelvo a ser como era. Es raro, ¿no? Despertar durante un tiempo y darte cuenta de que ya no eres el mismo. De que te dan igual ciertas cosas. De que ya no te ilusionas de la misma manera. Yo ya no miro si las nubes crean formas. Ni siento ese pequeño estremecimiento cuando el agua del mar roza mis dedos. Antes me gustaba contar las pecas de mi cuerpo. ¿Sabes por qué? Sigue leyendo

el ayer no vuelve a mi baúl viejo

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Ayer soñé. Soñé que me compraba un baúl raído y polvoriento para guardar todos mis sueños dentro. Las cámaras analógicas, ese centenar de revistas de moda y algunos de mis cuadernos. Y cuando, con todas mis fuerzas, lo arrastraba por el suelo, me di cuenta de que, para que ese baúl encontrase un sitio en mi cuarto, tenía que tirar un montón de recuerdos. Dejé el baúl a un lado, y con pasos lentos, me dirigí hasta ese pequeño armario de madera cuarteada y segundos pasados, en los que de pequeña guardaba todas las cintas VHS de mis películas favoritas. ¿Hacía cuánto no las usaba, ocho, nueve años? Sabía que había llegado el momento de tirarlas, eran demasiadas. Sólo que en todas sus carcasas, se abrazaban todas esas horas que me abandonaron rápidas y silenciosas. Todos esos instantes en los que creía en el bien y en la magia; En que los deseos se cumplen si los pides con fuerza; En que el tiempo jamás nos abandona. Pero no es verdad. Nada de todo eso es verdad, y ahora me siento engañada y sola. ¿Por qué no puedo volver?¿Por qué la vida no me enseñó a valorar más cada uno de esos días, que se escurren rápido entre nuestras manos de niño, llenas de pintura y tierra? Ya se han ido. Sé que ya no volveré a ser pequeña. Y ahora sólo tengo un baúl lleno de un futuro incierto en esta habitación llena de polvo y esperanza. Porque es mentira, no lo he soñado. Ayer tiré mis películas, y hoy no puedo pensar más que en todo lo que se perdió en el tiempo y en esa herida que sigue profunda y abierta. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

el tiempo no espera

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Una noche de frío y niebla, Edimburgo me invitó a pasear. No sé por qué pero, cuando ya estaba bajo la suavidad de las sábanas, sentí la necesidad de escurrirme de puntillas por la habitación de aquel hotel barato, y abrazarme al frío sin pensarlo; De caminar sin dirigir mis pasos; De perderme entre los muros de aquella ciudad donde los años parecían nunca haber pasado. Tras horas sin descanso, sentí cómo mi cuerpo empezaba a estremecerse en un centenar de delirios que le causaba aquella ciudad de historias heladas y sentimientos enterrados. Era como si pudiese leer las verdades escritas en cada una de las paredes que cimentaban aquellas casas y que se habían perdido en el misterio, en el polvo, y todos esos segundos pasados. Sigue leyendo

la historia de la golondrina que llamó a la ventana

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5 de mayo de 2009

Ana repasaba punto por punto, el tema nuevo que acababa de aprenderse para el examen. Sus pies se movían de un lado a otro en aquella habitación destartalada y pequeña, en la que apilaba el resto de apuntes de clase que debía estudiarse. Su voz repetía sutil pero clara, cada palabra exacta que redactaría al día siguiente en aquel gran examen. Estaba nerviosa. No podía detenerse. Inspiró una vez, y volvieron a trazar sus pasos ese camino invisible en aquel cuarto cerrado. Fue entonces cuando una llamada a su ventana interrumpió sus pensamientos deshilachados. Se aceleró su corazón, se erizó su piel en el miedo, pero sólo durante un instante. Porque enseguida atisbaron sus ojos inquietos a una golondrina curiosa que aporreaba la ventana, y que alzaba de nuevo el vuelo rápida, al ver que Ana no la contestaba.

 

5 de mayo de 2010

Ana se sentó un momento sobre la mesa, mientras sus manos se agitaban alegres sosteniendo todavía el teléfono. Mientras seguía riéndose, sujetó el aparato con su hombro y escogió una de las limas verdosas que reposaban sobre su mesa demasiado ordenada. Volvió a reírse al encontrar a su lado, el pase de una fiesta privada a la que ella, igual que su amiga al otro lado del teléfono, asistieron juntas hacía apenas días, junto a una cajetilla de tabaco y algunos números de los chicos a los que allí había conocido. Se volvió asustada un instante, cuando, interrumpiendo sus palabras y recuerdos, apareció de nuevo aquella golondrina curiosa golpeando tras ella la ventana. Pero no la hizo caso, continuó hablando.

 

5 de mayo 2011

Ana enredaba su cuerpo al de un chico de ojos oscuros y barba rizada. Sus besos la embarcaban en un mundo de colores inexistentes, en una primavera eterna de la que jamás querría marcharse. Sonreía porque sabía que todos esos besos traían consigo promesas. Promesas, quien sabía si eternas, pero sí lo suficientemente valiosas como para cambiar su historia. Miró un instante desde la cama, a todas las entradas de cine gastadas, y todos los planes de viaje en carretera que ya le esperaban junto a aquella persona de la que que no querría volver a separarse. Fue en ese momento cuando volvió a reparar en aquella intrusa golondrina que ya volvía a vigilarla con ojos amenazantes desde la ventana. Pero sí, volvió a ignorarla.

 

5 de mayo de 2012

Ana perseguía sueños marchitos desde la cama. Palabras vacías, promesas que se llevó el tiempo, hasta volver a no significar nada. Tiró un cojín a la ventana, cuando reparó en aquella golondrina grisácea que ya volvía a acecharla. Y sólo en aquel instante, reparó cómo su vuelo hacia cualquier otra parte le partía todavía más, el corazón en dos mitades.

 

5 de mayo de 2013. 

Ana tecleaba con fuerza en el ordenador algunas cifras dos veces comprobadas. Tenía que terminar su informe semanal del trabajo, aunque aquel día, por suerte, desde casa. Caían de su frente, una a una, gotas de esfuerzo y desgana. Pero tenía que seguir. Sacó la calculadora, y volvió a revivir todos esos números adormecidos sobre el aparato. No le salían los cuentas. Golpeó sobre la mesa todas las hojas perfectamente alineadas. Bam. Y cada una de ellas acabó sobre el suelo. Cerró de golpe la persiana cuando, por el rabillo del ojo entrevió a aquella golondrina indiscreta que volvía, de nuevo, a admirarla desde la ventana.

 

5 de mayo de 2014

Ana se paró durante un instante. Eran las 21h56 de un 5 de Mayo, y aquella estúpida golondrina no había aparecido todavía. Era extraño. Miró alrededor de los árboles que ya se agitaban nerviosos frente a su casa, e, igualmente, intentó divisar el resto de ventanas del edificio, por si el animal había podido equivocarse. Nada. ¿Dónde estaba? Por alguna razón, su ausencia traía consigo esa noche, la aparición de un centenar de lágrimas anidadas en el polvo y el arrepentimiento que dormían en aquel cuarto. Jamás había dedicado un segundo a admirarla. La vida había pasado, y con ella, la golondrina había volado alto, lejos, para que Ana no volviese a encontrarla.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe