siempre.

Hay días en los que se permiten las lágrimas. Días en los que la piel se estremece, y se anuda en nuestros corazones ingenuos una sensación volátil, extraña. ¿Y sabes…? Llevo demasiado tiempo evitándola. Creo que intenté enterrar bajo mi cuerpo todo el miedo, toda la tristeza que me produce que te vayas. Y escondí mis heridas entre suturas inestables y el paso de los días. Y el dolor se abrazó al olvido, y a todas las cosas que hacían posibles seguir adelante. Todavía me siento incapaz de enfrentarme a esta página en blanco; de afrontar que esto te lo dedico esto a ti, Mandru, porque eres tú la que se marcha; de que se me van esos paseos tardíos de inviernos que no son inviernos y veranos que no parecen llegar nunca; y esa mirada tímida y castaña que sabe entenderme aunque no haya dicho nada. Cotilleos, tintes para el pelo y bufandas. Y todas esas fotos en el fotomatón completamente inesperadas. Voy a odiar no compartir odios contigo; que me llames ‘tronchón mío’, y que eso me recuerde a esas clases de francés en las que nos gustaba darle un significado nuevo a todas esas palabras tan raras. Acordarme del callejón diagon y de todas esas canciones del Nirvana. Y de como me apretaste la mano cuando me hice mi primer tatuaje. Sigue leyendo

mañana no existe mientras queramos.

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A veces

me siento

más viva

con el

corazón

desgarrado.

la mente desierta,

piel ajena

en

mis manos.

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feliz cumpleaños

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Hacía tiempo que no miraba tus pecas infinitas; que no contaba los segundos sin poder dejar de contemplar esos ojos castaños e intrépidos. Y por fin vuelvo a atisbar tu sonrisa;y todas esas ganas perdidas en un mundo diferente al resto. Asoma ya tu valentía escondida antes en esos pómulos marcados; y esas arrugas pequeñitas al endulzarse tu mirada sensata y realista. Regresa entonces, todo lo que le mantenía viva. Y quiero que no vuelvas a perderte entre el polvo y el sufrimiento que trae esa oficina; que los meses traigan consigo la liberación de todas esas cargas que aferras a tu espalda día a día. Aunque sé que te costará hacerlo. Así que ven. Ven y duerme un poco sobre mi hombro. Ven y olvídate de todo. Hagamos de este instante algo insólito. Para que no duela tanto seguir respirando; para que vuelvas a sentir como el mundo sigue girando; y aunque no dejen de pasar los años… Sabrás que nunca me marcharé de tu lado. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

de crucigramas nostálgicos

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El mecimiento de las olas. La arena entre mis manos. La ropa mecida ante la primera brisa de verano. Es como si esa sensación se destapase cada vez que abro la maleta antes de emprender un viaje nuevo y cálido. Mi piel se eriza. y siento como me invade un pequeño estremecimiento en el estómago. Algo así como un centenar de pájaros alzándose en un vuelo eterno y cándido. Pero hoy fue diferente. Hoy, Sigue leyendo

las palabras dictadoras

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Ayer soñé. Soñé con un viejo y solemne escritor de libros que, por alguna razón extraordinaria, había desarrollado un miedo irracional hacia su antigua mecanográfica. Decían que, después de años y años de novelas publicadas, de pronto, sus palabras se habían detenido sin lograr encontrar de nuevo las ganas. Alguna vez escuché en el metro que todos sus triunfos golpearon su mente hasta detenerla para siempre. Otras, que se había cansado de sus historias flacas e inertes.

Fuera como fuese, Sigue leyendo

la niebla roja II

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(Si lees este microrrelato, asegúrate de leer la primera parte antes!: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/04/27/lanieblaroja)

Lucas parpadeó una, dos veces. La niebla roja se escurría entre sus dedos inquietos, como tratando de poseerlos. Era raro, pero, aquella nube teñida en pensamientos sangrientos, no le asustaba en absoluto, sino todo lo contrario. Lucas ya no escuchaba a su madre aporrear la puerta del baño, ni las voces de sus hermanos que una y otra vez le llamaban ahogadas. Sólo se dejaba llevar. Y de puntillas, alzaba cada vez más su cuerpo hasta ese horizonte encarnado que ya le conquistaba.

No entendía porqué el resto la tenía tanto miedo. Sólo era niebla. Aunque se hubiese teñido del color del miedo y la contingencia. ¿Y si no volvía a aparecer nunca? ¿Y si aquel día era el único en lo que viviría la Tierra en la que se diese ese extraño fenómeno? Él quería sentirlo sobre su piel de niño. Y ahora que lo estaba haciendo… Sabía que era la mejor sensación que viviría nunca.

Justo cuando su piel empezaba a habituarse a esa contrariada sensación de frialdad que la niebla traía con ella; justo en ese instante cuando su mirada empezaba a teñirse del color escarlata, Lucas fue arrancado de su belleza. Y chilló y pataleó con fuerza, pero ya nada iba a ayudarle a volver hasta ella. Su madre había logrado derribar la puerta, y ya inmovilizaba todos sus impulsos, fallidos, de admirar lo desconocido; eso que al ser humano le suele causar más recelo.

Los padres de Lucas le encerraron en el sótano. La única habitación sin ventanas ni sueños que atrapar en un horizonte mundano. Y mientras escuchaba cómo su madre hablaba alterada por teléfono, las lágrimas invadían sus mejillas todavía impregnadas al tacto de aquella niebla de ensueño. ¿Qué era lo que no entendían? No le había pasado nada… Pero sabía que dijera lo que dijera, la preocupación de sus padres lo mantendría encerrado entre aquellas cuatro paredes.

Pasaron dos horas. Y sus hermanos empezaron a rascar la puerta tras la que la oscuridad ya le adormecía. Su madre lloraba a escondidas en la habitación de arriba, mientras el padre susurraba frases de ánimo. Y entonces Lucas escuchó unas palabras que le aterrorizaron. Iban a llevárselo. El gobierno creía que podía ser demasiado peligroso tenerlo en la casa. Así que, junto a otros en la misma situación, sería arrestado hasta que fuese analizado si aquella niebla roja era tóxica o lo suficientemente dañina como para cambiar para siempre su vida. Todo lo que conocía.

Un hombre vestido con un traje áspero y negro, le dio su mano cubierta por un guante anaranjado minutos más tarde. Él miró a sus padres, que ya enmascarados, se abrazaban el uno a otro desesperados. No podía creerlo… ¿Sólo por haber tocado la niebla tenía que marcharse? Él no era ningún peligro para su familia, él estaba bien… Pero nadie parecía escucharle. Y sabía que oponer fuerza era algo impensable al lado de aquel gigante. Lucas caminó despacio, despidiéndose hasta no sabía cuándo de su casa, de sus más preciadas vivencias e ilusiones rotas. Y siguiendo aquellas botas de neopreno grisáceo, salió a la calle con una sonrisa en los labios. Volvía a abrazar a la niebla roja, aunque sólo fuese por un instante. Detuvo sus pies entumecidos, y con manos temblorosas, pudo volver a sentir la nube encarnada besando su rostro, igual que hacía su madre años atrás al meterlo cada noche en la cama. Sabía que había hecho bien, sabía que no se arrepentiría. Entonces, subió los peldaños que le adentraban en un autobús oscuro aunque teñido por sombras escarlatas, lleno de caras desconocidas que ya indignadas le miraban.