la lluvia y el resplandor de lo incierto

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Una vez alguien me dijo que la lluvia trae consigo el olvido. El vaivén de un viento que se lleva los pensamientos y el polvo que ya no queremos. El comienzo de algo nuevo. Para mi no. Para mi, escuchar la lluvia resbalar por el cristal de mi ventana, es también sentir el resquebrajar de una grieta en el interior de mi cuerpo. No sé como explicarlo. Ni siquiera yo lo entiendo. Pero cada vez que la humedad de las nubes logra adentrarse a través de mi jersey de lana negro siento algo. Es un murmullo suave. Un ligero e incluso agradable cosquilleo que resbala por mi piel, y se balancea entre los mechones rubios de mi pelo. El otoño conquistándome. O eso pienso al principio. Porque luego llega consigo el frío. Y yo estrecho con fuerza mi cuerpo. Y acelero mis pasos intentando huir de ese temblor, de esa lluvia que ya asedia cada uno de mis pensamientos. Y ahí lo intuyo, ¿sabes? Es justo en ese momento cuando entiendo lo que está ocurriendo. La lluvia no perdona. La piel tiene memoria. Y cada vez que una de esas gotas traspasa mi piel, limpia consigo todas mis dudas, todas mis esperanzas adormecidas en el tiempo. Estoy perdida. Estoy sola. Y yo sigo corriendo. Sigue leyendo

de ratones y humanos

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Hace frío. Entran pequeñas ráfagas de viento enredadas en la nieve que todavía no se marcha. Y mi cuerpo tiembla. No importa cuánto tiempo me apoye sobre esas rendijas bañadas por ese sol suave y duradero. Aun no calienta nada. Aun falta mucho para que se vaya el invierno.

Esta casa es diferente a la anterior. El suelo está sucio y desgastado, aunque venga cada día alguien a limpiarlo. Hay pedazos de papel, migas de pan, y algo de arena también, que me divierte mordisquear de vez en cuando. Pero he de admitirlo. Este piso es un aburrimiento. No hay ningún niño o gato al que molestar; todo está en perfecto silencio. Sólo de vez en cuando el suelo cruje y baja por las escaleras una mujer ya anciana, acompañada de otra más joven. Ésta le agarra de la cintura, y muchas veces, la alza al vuelo con esos brazos fornidos y peludos, para que deje de bajar tan despacio.

La mujer joven ya me conoce. Y yo a ella. Se llama Carmela. Me ha perseguido un par de veces con la escoba en la mano mientras la anciana grita:

– ¡Mate a ese ratón, Carmela! ¡Mátelo!

Me molesta que me llamen ratón. ¡Soy un ratón de cola larga! No creo que a Carmela le gustase que la llamasen jovenzuela o muchacha. Sigue leyendo