De direcciones cruzadas y heridas abiertas

cris5

19h37. Andén 11 y un centenar de cuerpos aglomerándose entorno al mío. Anochece. Y tiemblan todas mis ideas bajo estas nubes de lluvia y desaliento. Septiembre ha vuelto a abrazar nuestros cuerpos distantes. Extraños. Y a despertar en nuestras pieles el frío que me recuerda cada noche que ya no estamos juntos. Que nunca más volverán nuestras voces a encontrarse bajo las sábanas en el susurro. Que tú y yo no somos más que el ayer enterrado, dormido, bajo todas esas palabras que el viento poco a poco se lleva. ¿Pero sabes qué? Sigue leyendo

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esa noche extraña en la que perdí el corazón y tirité de frío

23h47. La lluvia en mi frente. Mi pelo al viento. Y el invierno arañando mis pensamientos. Amenazando al tintineo de mi corazón inexperto. ¿Sabes qué? En realidad aquella sensación no era algo nuevo. No sé. Era como si ya hubiese sentido aquella grieta ahuecando mi pecho. Haciendo más visible la sangre, mi sangre, y el amor que ya no guardaba dentro. La huida de ese cosquilleo. De ese veneno que tanto me perdía y, a la vez, que tanto me encontraba al momento. Y tuve miedo. Miedo de perderlo. Y miedo de agarrarme tanto a ello, que el dolor me desgarrase por dentro. Sigue leyendo

tus ojos absortos y mi mirada perdida en ellos.

 

olvidar

La oscuridad serena. el murmullo de todos esos cuerpos atados a sus respaldos. y mi piel erizada al sentir ese centímetro escaso para que mis dedos rozasen tu mano. No sé por qué, pero, después de tantos años, ayer mi mirada no lograba interesarse por las imágenes proyectadas en la pantalla. Ayer me perdí entre todas esas sombras que se enredaban a tus pestañas; entre la calidez que desprendía tu tez morena y rasurada. Y me enamoré más de tu mirada atenta y castaña, Sigue leyendo

la niebla roja III

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(Primera parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/04/27/lanieblaroja/

Segunda parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/11/la-niebla-roja-ii/)

Lucas se encogió asustado. Suspiró y se detuvo frente a todos esos ojos extraños. Tenía miedo. Miedo a que todas esos rostros turbados, de pronto, se acercasen a su cuerpo endeble y pequeño, y castigasen su espíritu aventurero. Temblaron sus manos. Y también su corazón inquieto. No podía dejar de mirar a un hombre de la primera fila, que ya le enseñaba sus dientes negros. Ni a esa mujer anciana con la mirada grisácea y la cara mordida en un centenar de arrugas decididas. ¿Qué estaban haciendo todos ellos allí? ¿Acaso habrían tocado la niebla roja igual que él había hecho? El autobús arrancó, y el mismo hombre que le había acompañado, le señaló, todavía inmerso en su traje negro y áspero, la parte trasera de aquel vehículo destartalado. Lucas suspiró un momento, y tras ello, caminó deprisa, descubriendo a otros niños con el mismo miedo atravesándoles, como a él, el cuerpo como flechas punzantes e improvistas.

Se sentó decidido al lado de un chico con la capucha puesta. No quiso mirarle. Sino todo lo contrario. Lucas escondió su rostro bajo sus manos de niño ya casi grande, y sintió el movimiento capturándole. ¿A dónde iban? Sigue leyendo

que nunca me quisieras

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Hoy abrí los ojos, 

y sentí algo. 

fue extraño, 

casi como 

si, de pronto, 

mi corazón helado

se deshiciera en pedazos. 

 

Pero no sentí nada, 

no más que

 la satisfacción

por dejar de ser humana.

Y pedí un cuerpo de hojalata;

y la sangre inmune, amarga;

Y una vida larga.

 

Y cuando sentí

el metal por mis venas;

supe que jamás

volvería

a romperme,

a deshacerme

al escuchar tu voz serena;

al rozarme tu piel

sedosa, perfecta.

 

Que mi corazón 

de hierro y estaño, 

no sintiera. 

Para así

ya no volver

a caerme, 

a dolerme, 

el que 

nunca 

me quisieras.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

 

mi historia. tu historia. nuestra historia.

triptico

La brisa meciendo mi pelo dorado. Los ojos cerrados. Y el beso de un sol apagándose al comienzo de una noche que prometía ser larga e intensa, igual que todas esas canciones de discoteca que ya resonaban a lo lejos, en la feria. Era verano. Y una tarde más, contemplaba aquel precioso atardecer sobre la noria de ese parque de atracciones casi abandonado. Me encantaba ir allí. Me encantaba alejarme del resto durante aquellos instantes. Dejar mis pensamientos fluir a su aire. Y sí el día lo pedía, imaginarme siendo coronada como la reina de todas esas nubes y cielos eternos. Y sin nadie que pudiese verlo.

Sólo que aquel día fue diferente. Aquel día, justo cuando aquel adolescente con hierros en sus dientes cerraba la puerta de madera verde antes de la puesta en marcha de la noria, un chico se subió conmigo. Al principio quise sugerirle que se fuese a otro vagón solitario. Pero entonces, cuando mis labios fueron a pronunciar todas esas palabras amargas, vi la cámara de fotos que sujetaban sus manos. Era analógica. Un modelo antiguo y bastante parecido al que yo solía traer a mi lado. Me dio rabia. Hubiese sido el encuentro perfecto. Él, yo, y nuestras cámaras. Amor para siempre. Amor asegurado. Pero la había dejado dentro de un armario… Conscientemente. Aquel día en su lugar, me había traído un cuaderno. Me había prometido escribir la primera historia con la que tropezase desde las alturas, admirando, ya como la reina de los cielos, a todos esos hombres que desde allí parecían iguales. Y queriendo provocar un encuentro… Sólo había estropeado el nuestro. Sigue leyendo

el reloj que no me deja olvidarte

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18h42. Y ese estúpido reloj vuelve a pararse. Siempre a la misma hora. Siempre paralizándome. Es extraño pero, es como si quisiese recordarme cómo, igual que él, las agujas de mi corazón endeble y conquistado, se detuvieron justo cuando tus ojos brillaron. Cuando en tu rostro asomó por primera vez, esa sonrisa tímida y de colmillos arqueados. Entonces yo me acerqué un poco, contagiándome de tu risa. Empapándome de esa sensación bañada en la frescura y la brisa que ya nos alcanzaba. Que ya nos abrazaba. Y justo agarraste mi mano. Y mis ojos se clavaron en esa mirada intrépida y castaña. Fue la única vez en la que pude ver de cerca esa hilera de pecas que recorría tu nariz ancha y perfecta. Y también la última en la que tu cuerpo estrechó al mío, contagiándome la calidez que hacía tiempo, pensé que había perdido. Pero ya te has ido. Y no entiendo por qué sigo teniendo el tiempo de recordarte. De intentar volver a encontrarte. Porque los muros de esta casa se quedaron huecos y tibios; porque se cayeron uno a uno los cuadros que hace años me regalaste. Porque mi piel sigue resquebrajándose, a cada segundo que pasa sin que tú me alcances. 

 

Foto y texto 2014 ©  Paula Méndez Orbe