La ciudad del cuento IV

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/11/la-ciudad-del-cuento-iii/)

Y aunque ya no esté a mi lado, sigo escuchando su voz. Mis labios siguen sintiendo los suyos a pesar de que los apartase hace horas. Mi cuerpo siente todavía el calor del suyo. Su presencia. Esa chispa que me mata a la vez que me revive semana tras semana. Martes tras martes. Y no consigo dormir. En realidad no quiero dormir. Temo que al dormir todos mis recuerdos se rasguen, y me queden solamente fragmentos de estos. Y sé que dolería más de lo que ya duele. Sigue leyendo

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la niebla roja III

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(Primera parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/04/27/lanieblaroja/

Segunda parte: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/11/la-niebla-roja-ii/)

Lucas se encogió asustado. Suspiró y se detuvo frente a todos esos ojos extraños. Tenía miedo. Miedo a que todas esos rostros turbados, de pronto, se acercasen a su cuerpo endeble y pequeño, y castigasen su espíritu aventurero. Temblaron sus manos. Y también su corazón inquieto. No podía dejar de mirar a un hombre de la primera fila, que ya le enseñaba sus dientes negros. Ni a esa mujer anciana con la mirada grisácea y la cara mordida en un centenar de arrugas decididas. ¿Qué estaban haciendo todos ellos allí? ¿Acaso habrían tocado la niebla roja igual que él había hecho? El autobús arrancó, y el mismo hombre que le había acompañado, le señaló, todavía inmerso en su traje negro y áspero, la parte trasera de aquel vehículo destartalado. Lucas suspiró un momento, y tras ello, caminó deprisa, descubriendo a otros niños con el mismo miedo atravesándoles, como a él, el cuerpo como flechas punzantes e improvistas.

Se sentó decidido al lado de un chico con la capucha puesta. No quiso mirarle. Sino todo lo contrario. Lucas escondió su rostro bajo sus manos de niño ya casi grande, y sintió el movimiento capturándole. ¿A dónde iban? Sigue leyendo

la ciudad del cuento

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Abrió la ventana. El cielo se había vestido de gris aquella mañana. Sentía sueño, a pesar de haber dormido más de diez horas. Aquello era lo especial de la ciudad del cuento. Sólo podía visitarse una vez cada trece días, y cuando al despertar, uno se encontraba en su propia cama, daba la impresión de no haber dormido ni un solo minuto. Para el que la visitaba regularmente, el abrir los ojos y volver al día a día frenético era un auténtico infierno. Pues, para cada persona, la ciudad del cuento era la felicidad absoluta.

Para alcanzarla, se necesitaba una sustancia externa, que una vez inyectada en el cuerpo, propiciaba a la persona la compañía de ciertos duendecillos. Unos trece minutos más tarde de aparecer, dichos duendecillos se transformaban en mujeres de piernas largas, con la melena suelta, y semidesnudas, que se acercaban al individuo y le seducían lentamente. Pasados algunos minutos de gloria, una de las mujeres besaba los labios del hombre, y al hacerlo, le envenenaba con su saliva, hecha de arsénico. Éste enloquecía, y antes de llegar al orgasmo, caía inconsciente. La duración del sueño dependía de la persona, pero no solía durar mucho. Era entonces cuando se llegaba a la ciudad del cuento. Una ciudad indescriptible. Para mí. Para Él, que cada día al volver, dejaba la vista fija en un semáforo que parpadeaba cada menos de siete segundos.

La ciudad del cuento envenenaba a aquel que la visitaba. Éste alcanzaba tales sueños, que una vez devuelto a la cama y con dolor de cabeza, lloraba y lloraba porque trece días serían demasiados. Demasiada espera.

Y te preguntarás, ¿y por qué trece días? Pregúntaselo a aquél que lo intentó antes que nadie. Aquel que probó más de dos veces los labios de la mujer antes de morir absorbido por el vacío cósmico. Él no lo conocía. Y yo tampoco, y por no tentar a la suerte, los trece días eran respetados. Digo eran, porque yo conseguí controlarme. Pero Él no. Él sigue envenenándose. Y cuenta las horas y los minutos cada mañana y cada noche, desgarrándose la piel en impaciencia y desilusiones.

Ya han pasado diez años y todavía no se ha curado. No entiende cómo evitar la ciudad del cuento, y sigue desgarrando su piel, pero ya no llora. Porque derramó tantas lágrimas en un pasado que ya no es capaz de recordar como volver a hacerlo ahora.

Foto y texto 2012 © Paula Méndez Orbe

encontrarte

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Uno, dos, tres suspiros y un arañazo en el hombro. Mi mano aferrada al pecho. Y ese latido constante avisándome de que había algo acechándome. Era de noche. Y a pesar de que todavía hacía algo de frío, mis amigos me habían forzado a dormir en el bosque. Todavía escuchaba en la lejanía aquella fiesta anclada en una adolescencia demasiado tardía. Demasiado vacía. Y aunque al principio me había divertido en el desenfreno del baile, hacía horas que ya me había invadido aquel trance. Había algo que no dejaba de llamarme. Era extraño pero, mi piel temblaba, y en mi mente no dejaban de dibujarse imágenes. Veía sangre. Una herida abierta de alguien que no dejaba de ocultarse. De alguien que no dejaba de retar a la muerte. Y cuando quise darme cuenta, ya me había adentrado entre la maleza que determinaría mi suerte. No sabía a quién buscaba. Sólo que mi cuerpo endeble se adentraba cada vez más, entre las sombras de los árboles. Escuché como mi corazón se agitaba. Cómo mis ojos se adentraban en esa oscuridad en la que ya no veía nada. ¿Qué estaba haciendo? Probablemente lo que había visto no era más que una consecuencia al alcohol y  todos sus males. ¿Pero y si no me equivocaba? ¿Y si en realidad si había alguien muriéndose? Frené mis pasos. Y fue justo cuando escuché el disparo. Sigue leyendo

la niebla roja II

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(Si lees este microrrelato, asegúrate de leer la primera parte antes!: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/04/27/lanieblaroja)

Lucas parpadeó una, dos veces. La niebla roja se escurría entre sus dedos inquietos, como tratando de poseerlos. Era raro, pero, aquella nube teñida en pensamientos sangrientos, no le asustaba en absoluto, sino todo lo contrario. Lucas ya no escuchaba a su madre aporrear la puerta del baño, ni las voces de sus hermanos que una y otra vez le llamaban ahogadas. Sólo se dejaba llevar. Y de puntillas, alzaba cada vez más su cuerpo hasta ese horizonte encarnado que ya le conquistaba.

No entendía porqué el resto la tenía tanto miedo. Sólo era niebla. Aunque se hubiese teñido del color del miedo y la contingencia. ¿Y si no volvía a aparecer nunca? ¿Y si aquel día era el único en lo que viviría la Tierra en la que se diese ese extraño fenómeno? Él quería sentirlo sobre su piel de niño. Y ahora que lo estaba haciendo… Sabía que era la mejor sensación que viviría nunca.

Justo cuando su piel empezaba a habituarse a esa contrariada sensación de frialdad que la niebla traía con ella; justo en ese instante cuando su mirada empezaba a teñirse del color escarlata, Lucas fue arrancado de su belleza. Y chilló y pataleó con fuerza, pero ya nada iba a ayudarle a volver hasta ella. Su madre había logrado derribar la puerta, y ya inmovilizaba todos sus impulsos, fallidos, de admirar lo desconocido; eso que al ser humano le suele causar más recelo.

Los padres de Lucas le encerraron en el sótano. La única habitación sin ventanas ni sueños que atrapar en un horizonte mundano. Y mientras escuchaba cómo su madre hablaba alterada por teléfono, las lágrimas invadían sus mejillas todavía impregnadas al tacto de aquella niebla de ensueño. ¿Qué era lo que no entendían? No le había pasado nada… Pero sabía que dijera lo que dijera, la preocupación de sus padres lo mantendría encerrado entre aquellas cuatro paredes.

Pasaron dos horas. Y sus hermanos empezaron a rascar la puerta tras la que la oscuridad ya le adormecía. Su madre lloraba a escondidas en la habitación de arriba, mientras el padre susurraba frases de ánimo. Y entonces Lucas escuchó unas palabras que le aterrorizaron. Iban a llevárselo. El gobierno creía que podía ser demasiado peligroso tenerlo en la casa. Así que, junto a otros en la misma situación, sería arrestado hasta que fuese analizado si aquella niebla roja era tóxica o lo suficientemente dañina como para cambiar para siempre su vida. Todo lo que conocía.

Un hombre vestido con un traje áspero y negro, le dio su mano cubierta por un guante anaranjado minutos más tarde. Él miró a sus padres, que ya enmascarados, se abrazaban el uno a otro desesperados. No podía creerlo… ¿Sólo por haber tocado la niebla tenía que marcharse? Él no era ningún peligro para su familia, él estaba bien… Pero nadie parecía escucharle. Y sabía que oponer fuerza era algo impensable al lado de aquel gigante. Lucas caminó despacio, despidiéndose hasta no sabía cuándo de su casa, de sus más preciadas vivencias e ilusiones rotas. Y siguiendo aquellas botas de neopreno grisáceo, salió a la calle con una sonrisa en los labios. Volvía a abrazar a la niebla roja, aunque sólo fuese por un instante. Detuvo sus pies entumecidos, y con manos temblorosas, pudo volver a sentir la nube encarnada besando su rostro, igual que hacía su madre años atrás al meterlo cada noche en la cama. Sabía que había hecho bien, sabía que no se arrepentiría. Entonces, subió los peldaños que le adentraban en un autobús oscuro aunque teñido por sombras escarlatas, lleno de caras desconocidas que ya indignadas le miraban.

la sombra que no me abandona

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Hace ya tiempo, hace ya quién sabe cuánto tiempo, sentí que me perseguía una sombra. Fue una sensación momentánea, algo tan imperceptible y efímero como una voz repitiéndose en el eco, como el olor a primavera al final del invierno. Pero aun así, sentí cómo mi piel se erizaba, cómo mis dedos temblaban. Y sé que en realidad no era miedo la emoción que se enredaba en mi cuerpo. Sino desconfianza. Desconfianza en la que solemos escudar todos esos sentimientos que no entendemos. Y justo en ese instante, cuando decidí girarme para descubrir quién había detrás de tanto misterio, la sombra desapareció en el tiempo. No volví a verla. No volví a sentir aquello. Pasaron días, meses, y una vida entera llena de sueños. Una vida que hoy, sí, hoy sé que se acaba. No puedo dejar de mirar las arrugas que recorren mis manos. Es como si quisiesen dibujar el mapa de todas esas vivencias, de todos esos recuerdos que hoy me sustentan. Vuelvo a ver mi sonrisa agazapada en tus ojos despiertos, y el viento meciendo mi pelo desde la ventanilla del coche. Mis pies bajo la arena de esa playa desierta, esos rostros de niños inocentes dormidos en la caída de la noche. Ya ha pasado. Ya desaparezco. Y no puedo más que abrazar a la vida por darme todos esos instantes. Cierro los ojos un momento, pero… De pronto lo veo. Es esa sombra otra vez, acariciando mi mejilla despacio. No me deja dormirme, se aferra con fuerza a mi brazo, pidiéndome que resista un instante más, que no me vaya sin ella. Pero no sé acariciarla, no puedo tocarla. Y ella se enfurece, se revuelve cada vez más sobre la oscuridad que la envuelve. Veo que intenta rozar mi cuerpo inerte, y devolverme a mi corazón el latido que no vuelve. Creo que quiere salvarme, arrancarme de las manos de la muerte. Pero no puede. No puede. Y llora. Porque sabe que no va a acompañarme. Porque no va a volver a salvarme del resto de sombras que, a diferencia de ella, sí quieren matarme.

 

Foto y texto © 2014 Paula Méndez Orbe

La niebla roja

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4h52 am. Lucas se hizo un ovillo sobre la cama, y cubrió de nuevo su rostro con las sábanas azuladas. Aquel día entraba demasiada luz por la ventana, como si la nieve hubiese enredado la noche en una telaraña de cielos blancos y estrellas apresadas. Por un momento, se encendió en su interior una llamarada que le empujó a bajar de la cama y asomarse a la calle para sentir los copos besar su rostro todavía adormecido. Pero no, no… Él ya era demasiado mayor como para emocionarse por un día de nieve, pensó. Ya tenía once años… Y también demasiado sueño, tenía que seguir durmiendo… Lucas volvió a cerrar sus ojos pero, esta vez sintió cómo una mano invisible agarró con fuerza su hombro y lo zarandeó hasta hacerlo volver. ¿Se lo había imaginado? No lo sabía. Pero su piel seguía fría. Tan fría como si un centenar de estalagmitas lo hubiesen capturado en una tormenta de invierno eterno.

Con valentía, giró su cuerpo sobre si mismo hasta haber comprobado cada rincón de su pequeña y desordenada habitación. No había nadie… Pero sí hubo algo que llamó pronto su atención. La luz que lo había despertado no era blanca y centelleante como él había pensado. Era roja. Sigue leyendo