la lluvia y el resplandor de lo incierto

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Una vez alguien me dijo que la lluvia trae consigo el olvido. El vaivén de un viento que se lleva los pensamientos y el polvo que ya no queremos. El comienzo de algo nuevo. Para mi no. Para mi, escuchar la lluvia resbalar por el cristal de mi ventana, es también sentir el resquebrajar de una grieta en el interior de mi cuerpo. No sé como explicarlo. Ni siquiera yo lo entiendo. Pero cada vez que la humedad de las nubes logra adentrarse a través de mi jersey de lana negro siento algo. Es un murmullo suave. Un ligero e incluso agradable cosquilleo que resbala por mi piel, y se balancea entre los mechones rubios de mi pelo. El otoño conquistándome. O eso pienso al principio. Porque luego llega consigo el frío. Y yo estrecho con fuerza mi cuerpo. Y acelero mis pasos intentando huir de ese temblor, de esa lluvia que ya asedia cada uno de mis pensamientos. Y ahí lo intuyo, ¿sabes? Es justo en ese momento cuando entiendo lo que está ocurriendo. La lluvia no perdona. La piel tiene memoria. Y cada vez que una de esas gotas traspasa mi piel, limpia consigo todas mis dudas, todas mis esperanzas adormecidas en el tiempo. Estoy perdida. Estoy sola. Y yo sigo corriendo. Sigue leyendo

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De direcciones cruzadas y heridas abiertas

cris5

19h37. Andén 11 y un centenar de cuerpos aglomerándose entorno al mío. Anochece. Y tiemblan todas mis ideas bajo estas nubes de lluvia y desaliento. Septiembre ha vuelto a abrazar nuestros cuerpos distantes. Extraños. Y a despertar en nuestras pieles el frío que me recuerda cada noche que ya no estamos juntos. Que nunca más volverán nuestras voces a encontrarse bajo las sábanas en el susurro. Que tú y yo no somos más que el ayer enterrado, dormido, bajo todas esas palabras que el viento poco a poco se lleva. ¿Pero sabes qué? Sigue leyendo

mi historia. tu historia. nuestra historia.

triptico

La brisa meciendo mi pelo dorado. Los ojos cerrados. Y el beso de un sol apagándose al comienzo de una noche que prometía ser larga e intensa, igual que todas esas canciones de discoteca que ya resonaban a lo lejos, en la feria. Era verano. Y una tarde más, contemplaba aquel precioso atardecer sobre la noria de ese parque de atracciones casi abandonado. Me encantaba ir allí. Me encantaba alejarme del resto durante aquellos instantes. Dejar mis pensamientos fluir a su aire. Y sí el día lo pedía, imaginarme siendo coronada como la reina de todas esas nubes y cielos eternos. Y sin nadie que pudiese verlo.

Sólo que aquel día fue diferente. Aquel día, justo cuando aquel adolescente con hierros en sus dientes cerraba la puerta de madera verde antes de la puesta en marcha de la noria, un chico se subió conmigo. Al principio quise sugerirle que se fuese a otro vagón solitario. Pero entonces, cuando mis labios fueron a pronunciar todas esas palabras amargas, vi la cámara de fotos que sujetaban sus manos. Era analógica. Un modelo antiguo y bastante parecido al que yo solía traer a mi lado. Me dio rabia. Hubiese sido el encuentro perfecto. Él, yo, y nuestras cámaras. Amor para siempre. Amor asegurado. Pero la había dejado dentro de un armario… Conscientemente. Aquel día en su lugar, me había traído un cuaderno. Me había prometido escribir la primera historia con la que tropezase desde las alturas, admirando, ya como la reina de los cielos, a todos esos hombres que desde allí parecían iguales. Y queriendo provocar un encuentro… Sólo había estropeado el nuestro. Sigue leyendo