mañana no existe mientras queramos.

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A veces

me siento

más viva

con el

corazón

desgarrado.

la mente desierta,

piel ajena

en

mis manos.

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De direcciones cruzadas y heridas abiertas

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19h37. Andén 11 y un centenar de cuerpos aglomerándose entorno al mío. Anochece. Y tiemblan todas mis ideas bajo estas nubes de lluvia y desaliento. Septiembre ha vuelto a abrazar nuestros cuerpos distantes. Extraños. Y a despertar en nuestras pieles el frío que me recuerda cada noche que ya no estamos juntos. Que nunca más volverán nuestras voces a encontrarse bajo las sábanas en el susurro. Que tú y yo no somos más que el ayer enterrado, dormido, bajo todas esas palabras que el viento poco a poco se lleva. ¿Pero sabes qué? Sigue leyendo

esa noche extraña en la que perdí el corazón y tirité de frío

23h47. La lluvia en mi frente. Mi pelo al viento. Y el invierno arañando mis pensamientos. Amenazando al tintineo de mi corazón inexperto. ¿Sabes qué? En realidad aquella sensación no era algo nuevo. No sé. Era como si ya hubiese sentido aquella grieta ahuecando mi pecho. Haciendo más visible la sangre, mi sangre, y el amor que ya no guardaba dentro. La huida de ese cosquilleo. De ese veneno que tanto me perdía y, a la vez, que tanto me encontraba al momento. Y tuve miedo. Miedo de perderlo. Y miedo de agarrarme tanto a ello, que el dolor me desgarrase por dentro. Sigue leyendo

En el tren hacia tu corazón oscuro y obstinado.

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A veces, cuando cierro los ojos, vuelve a abrazarme esa sensación cálida. Efímera y distante. La brisa de un otoño tardío enredándose en mi pelo lacio. El frío bajo mi piel insensata y vacía, ya enterrado. Y sin embargo, completamente bloqueado por lo que estaba a punto de ocurrir a tu lado. Caminábamos despacio. Quizás demasiado. Era como si el cielo nos estuviese a los dos gritando que debíamos pararnos. Que debíamos mirarnos. Encontrarnos. Y todavía vuelve a mi, el aullido de mi corazón tímido. Desenfrenado. Apenas nos conocíamos. “¿Y qué?” – Me decía yo a mi misma – “Si lo estás deseando”. Pero el miedo sonaba todavía más alto en mis pensamientos fragmentados. Yo no quería dar el primer paso. Sigue leyendo

la ciudad del cuento V

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/17/la-ciudad-del-cuento-iv/)

Sobresaltado, abrió los ojos, y se levantó de la cama. Casi sin quererlo miró la hora. Pensaba que la espera sería mucho más larga, pues sólo quedaban cuarenta minutos. Cuarenta minutos de trece días que llevaba esperando. “Ya no queda nada” se decía a sí mismo para tranquilizarse. Preparó las agujas y las pastillitas de colores, dejándolas en la mesilla de noche, apartando todas las botellas de cristal y los papeles arrugados que había encima y arrojándolos al suelo.

Treinta minutos. Se dio una ducha, se afeitó la barba, y se cambió de ropa. Trece minutos. Estaba demasiado nervioso. Intentó permanecer sentado en la cama durante esos trece minutos restantes. Notó como su respiración se aceleraba y como sus piernas comenzaban a temblar. Algo que siempre había odiado, pero nunca había podido evitar.

De pronto, llamaron a la puerta. El corazón le dio un vuelco. Sigue leyendo

La ciudad del cuento IV

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/11/la-ciudad-del-cuento-iii/)

Y aunque ya no esté a mi lado, sigo escuchando su voz. Mis labios siguen sintiendo los suyos a pesar de que los apartase hace horas. Mi cuerpo siente todavía el calor del suyo. Su presencia. Esa chispa que me mata a la vez que me revive semana tras semana. Martes tras martes. Y no consigo dormir. En realidad no quiero dormir. Temo que al dormir todos mis recuerdos se rasguen, y me queden solamente fragmentos de estos. Y sé que dolería más de lo que ya duele. Sigue leyendo

la porcelana se rompe

 

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A veces me pregunto dónde van los corazones rotos cuando pierden su camino. No sé. Es fácil imaginárselos siendo consumidos por una enredadera de eternas soledades, que oscurece poco a poco todas sus ilusiones restantes hasta hacerlas quebrar para siempre. Como la porcelana al romperse contra el suelo, su tristeza sería igual de bella. Pero se ahogaría en un horizonte sin fin que le haría replantearse su existencia. Y me imagino ese latido. Efímero. Inquietante. No importa cuánto dolor oprima el pecho. Ni cuánto más se aferre a él esa enredadera aplastante. Los corazones siguen latiendo. ¿No? ¿Aunque por cuánto tiempo? No lo sé. Sigue leyendo

la ciudad del cuento II

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/28/la-ciudad-del-cuento/)

Toco el timbre dos veces y espero como cada martes detrás de la puerta de roble, mientras la observo fijamente e imagino cómo en su interior, Él se dirige sin ganas hasta la entrada para recibirme. Siempre con la misma cara; siempre la misma ropa; siempre arrastrando de la misma forma los pies.

Veinte segundos, la puerta sigue cerrada. Cuarenta segundos. Suspiro. La puerta se abre lentamente. Su rostro sin afeitar me observa desde casi las tinieblas. No dice nada. No sonríe. No me muestra de ninguna manera que se alegra de verme.

En su casa todo está igual que siempre. La alfombra manchada de vino, la mesa todavía cubierta en las migas de ayer. Nos sentamos en el sofá todavía sin cruzar palabra. Me muerdo los labios. No quiero ser la primera en hablar, pero al final siempre soy yo la que cede. Le miro, buscando sus ojos, pero no se encuentran con los míos. Sé que ya no me quiere. Hace algo menos de diez años lo hizo. Me quiso de verdad. Juntos, encontramos la ciudad del cuento, y fue la misma quien hundió nuestra relación, la que hizo que me convirtiese en aquella mujer que le visitaba los martes, con quien tomarse un café y refugiarse a veces entre sus sábanas sucias.

Pero de pronto, en medio de nuestro silencio se oyó reír. Incrédula, le miro. Sigue leyendo