Martes, 18 de Noviembre

©Paula Méndez Orbe

©Paula Méndez Orbe

Una brisa sutil, cercana, acariciando las ventanas. El revoloteo de los pájaros y sus alas adormecidas en el rocío de una noche olvidada. Uno, dos parpadeos. El llanto de un niño abrazándose al sueño eterno. Persianas y más persianas. Un motor poniéndose en marcha. El tacto suave de las sábanas. Respiraciones templadas. Abro los ojos. Sigue leyendo

el valle de espinas y sueños imperfectos

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El brillo de una luna suave y nacarada. El roce sobre mi piel fría y solitaria de esas flores apagadas. Y ese canto adormecido de aquel río inquieto y fresco, que, sin quererlo, guiaba mis pasos hacia su encuentro. Cerré los ojos un momento. Estaba segura de que todo era un sueño; de que en realidad todo aquello no era más que una ilusión al desencuentro; la evasión de cada uno de mis pensamientos anclada a aquel paraíso desierto. Y todavía con los ojos cerrados, inspiré aquel aire dulce y sosegado. No me importaba. Sabía que, en aquel momento, la vida no era más que eso. Seguir caminando por ese sendero trazado y estrecho; volver a tener tiempo de mirar esas nubes grisáceas enredadas a aquel cielo negro; llegar a sentir bajo mis pies la tierra húmeda y abandonada. Aunque por poco tiempo. Pronto, el silencio se vio quebrado por un leve pero imponente estrépito. Abrí los ojos, y Sigue leyendo

la piel sin sentimiento

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10h21 am. La brisa sedosa y tibia meciendo las ramas del árbol, casi llamando a esa ventana marcada por las huellas de unas manos; el sol fornido y alto; y los bramidos lejanos de algunos niños en su camino hacia la piscina, celebrando, por fin, la llegada del verano. Laura abrió los ojos, todavía recordando algo que había soñado; una imagen, un recuerdo que todavía arañaba esos días su corazón frágil, quebrado. Sacudió la cabeza e inspiró fuerte; debía dejarlo atrás; debía olvidarlo.

Normalmente, cuando el dolor retornaba junto a sus sueños, Laura al despertar se abrazaba las rodillas durante algunos segundos largos. Sus dedos se aferraban con fuerza a sus brazos, como tratando de encontrar en ellos la calidez que se había perdido hace tanto tiempo. Y en aquel momento, se hacía visible a su mirada oscura y perdida, la herida. Ese surco de suturas frágiles y descosidas, que daba de nuevo la libertad a todos sus miedos, a todo su desconsuelo a aflorar libre y volver a hacer de un nuevo día, un camino trazado por un centenar de esperanzas y cristales rotos contra el suelo.

Y, sin embargo, Sigue leyendo