la ciudad del cuento V

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/17/la-ciudad-del-cuento-iv/)

Sobresaltado, abrió los ojos, y se levantó de la cama. Casi sin quererlo miró la hora. Pensaba que la espera sería mucho más larga, pues sólo quedaban cuarenta minutos. Cuarenta minutos de trece días que llevaba esperando. “Ya no queda nada” se decía a sí mismo para tranquilizarse. Preparó las agujas y las pastillitas de colores, dejándolas en la mesilla de noche, apartando todas las botellas de cristal y los papeles arrugados que había encima y arrojándolos al suelo.

Treinta minutos. Se dio una ducha, se afeitó la barba, y se cambió de ropa. Trece minutos. Estaba demasiado nervioso. Intentó permanecer sentado en la cama durante esos trece minutos restantes. Notó como su respiración se aceleraba y como sus piernas comenzaban a temblar. Algo que siempre había odiado, pero nunca había podido evitar.

De pronto, llamaron a la puerta. El corazón le dio un vuelco. Sigue leyendo

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La ciudad del cuento IV

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/11/la-ciudad-del-cuento-iii/)

Y aunque ya no esté a mi lado, sigo escuchando su voz. Mis labios siguen sintiendo los suyos a pesar de que los apartase hace horas. Mi cuerpo siente todavía el calor del suyo. Su presencia. Esa chispa que me mata a la vez que me revive semana tras semana. Martes tras martes. Y no consigo dormir. En realidad no quiero dormir. Temo que al dormir todos mis recuerdos se rasguen, y me queden solamente fragmentos de estos. Y sé que dolería más de lo que ya duele. Sigue leyendo

la ciudad del cuento II

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/28/la-ciudad-del-cuento/)

Toco el timbre dos veces y espero como cada martes detrás de la puerta de roble, mientras la observo fijamente e imagino cómo en su interior, Él se dirige sin ganas hasta la entrada para recibirme. Siempre con la misma cara; siempre la misma ropa; siempre arrastrando de la misma forma los pies.

Veinte segundos, la puerta sigue cerrada. Cuarenta segundos. Suspiro. La puerta se abre lentamente. Su rostro sin afeitar me observa desde casi las tinieblas. No dice nada. No sonríe. No me muestra de ninguna manera que se alegra de verme.

En su casa todo está igual que siempre. La alfombra manchada de vino, la mesa todavía cubierta en las migas de ayer. Nos sentamos en el sofá todavía sin cruzar palabra. Me muerdo los labios. No quiero ser la primera en hablar, pero al final siempre soy yo la que cede. Le miro, buscando sus ojos, pero no se encuentran con los míos. Sé que ya no me quiere. Hace algo menos de diez años lo hizo. Me quiso de verdad. Juntos, encontramos la ciudad del cuento, y fue la misma quien hundió nuestra relación, la que hizo que me convirtiese en aquella mujer que le visitaba los martes, con quien tomarse un café y refugiarse a veces entre sus sábanas sucias.

Pero de pronto, en medio de nuestro silencio se oyó reír. Incrédula, le miro. Sigue leyendo

la ciudad del cuento

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Abrió la ventana. El cielo se había vestido de gris aquella mañana. Sentía sueño, a pesar de haber dormido más de diez horas. Aquello era lo especial de la ciudad del cuento. Sólo podía visitarse una vez cada trece días, y cuando al despertar, uno se encontraba en su propia cama, daba la impresión de no haber dormido ni un solo minuto. Para el que la visitaba regularmente, el abrir los ojos y volver al día a día frenético era un auténtico infierno. Pues, para cada persona, la ciudad del cuento era la felicidad absoluta.

Para alcanzarla, se necesitaba una sustancia externa, que una vez inyectada en el cuerpo, propiciaba a la persona la compañía de ciertos duendecillos. Unos trece minutos más tarde de aparecer, dichos duendecillos se transformaban en mujeres de piernas largas, con la melena suelta, y semidesnudas, que se acercaban al individuo y le seducían lentamente. Pasados algunos minutos de gloria, una de las mujeres besaba los labios del hombre, y al hacerlo, le envenenaba con su saliva, hecha de arsénico. Éste enloquecía, y antes de llegar al orgasmo, caía inconsciente. La duración del sueño dependía de la persona, pero no solía durar mucho. Era entonces cuando se llegaba a la ciudad del cuento. Una ciudad indescriptible. Para mí. Para Él, que cada día al volver, dejaba la vista fija en un semáforo que parpadeaba cada menos de siete segundos.

La ciudad del cuento envenenaba a aquel que la visitaba. Éste alcanzaba tales sueños, que una vez devuelto a la cama y con dolor de cabeza, lloraba y lloraba porque trece días serían demasiados. Demasiada espera.

Y te preguntarás, ¿y por qué trece días? Pregúntaselo a aquél que lo intentó antes que nadie. Aquel que probó más de dos veces los labios de la mujer antes de morir absorbido por el vacío cósmico. Él no lo conocía. Y yo tampoco, y por no tentar a la suerte, los trece días eran respetados. Digo eran, porque yo conseguí controlarme. Pero Él no. Él sigue envenenándose. Y cuenta las horas y los minutos cada mañana y cada noche, desgarrándose la piel en impaciencia y desilusiones.

Ya han pasado diez años y todavía no se ha curado. No entiende cómo evitar la ciudad del cuento, y sigue desgarrando su piel, pero ya no llora. Porque derramó tantas lágrimas en un pasado que ya no es capaz de recordar como volver a hacerlo ahora.

Foto y texto 2012 © Paula Méndez Orbe