la porcelana se rompe

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Era un día de verano. un día de esos en los que el sol empieza a brillar tan alto que parece que prometiese cumplir cada uno de nuestros sueños nunca olvidados. La brisa mecía mi pelo, y también todas mis ideas. terminaba el curso y, por fin, se abría ante mi un camino incierto que yo debía trazar sola. Y a pesar de cómo se enredaban mis nervios a mi cuerpo inexperto; a pesar de sentir la emoción palpitando en mi pecho inquieto, mis ojos parecían haberse hecho presos de una visión extraña. A escasos pasos de mi figura detenida, se hallaba una chica de pelo dorado y perfecto. Sus mejillas pálidas brillaban ante la dureza de aquel sol de la mañana. Sus labios temblaban; su mirada fría y delicada ya hacía lo posible por evitar las lágrimas. La llamaban muñeca de porcelana. Y clamaban que una enfermedad devoraba sus finas vértebras hasta capturar el resto de su cuerpo pequeño y esbelto. Y ella me miró entonces. Sigue leyendo

como antes

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Hay días en los que, por un instante, vuelvo a escuchar el sonido de esa risa irónica y pegadiza en aquel tren a ninguna parte. Recuerdo como deslizabas tus dedos pequeños y pálidos por el asiento desgastado; y también el brillo de tus ojos claros, al pronunciar tus labios todas esas palabras alteradas que pronto, resbalaban raudas por mi cansancio. Había veces en las que el silencio nos envolvía, entonces. Y no era nada malo. Todo lo contrario. Me encantaba apoyarme sobre tu hombro y acariciar tu pelo dorado. Tu respiración entrecortada e inquieta, se aquietaba y enredaba en el movimiento apaciguado de ese vagón de sueños desgastados. Y ése era el momento que más me gustaba; ése en el que tu mirada descansaba de todos esos dilemas que día a día se encontraba. Ése en el que se golpeaban todas tus sílabas electrizadas contra un muro de calma. Ése en el que tu mano se entrelazaba alrededor de mi muñeca pequeña y paralizada. Y me mirabas. Y yo por fin te encontraba tu verdadera cara, alejada del mundo que ya te asfixiaba.

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe

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Uno, dos, tres suspiros y un arañazo en el hombro. Mi mano aferrada al pecho. Y ese latido constante avisándome de que había algo acechándome. Era de noche. Y a pesar de que todavía hacía algo de frío, mis amigos me habían forzado a dormir en el bosque. Todavía escuchaba en la lejanía aquella fiesta anclada en una adolescencia demasiado tardía. Demasiado vacía. Y aunque al principio me había divertido en el desenfreno del baile, hacía horas que ya me había invadido aquel trance. Había algo que no dejaba de llamarme. Era extraño pero, mi piel temblaba, y en mi mente no dejaban de dibujarse imágenes. Veía sangre. Una herida abierta de alguien que no dejaba de ocultarse. De alguien que no dejaba de retar a la muerte. Y cuando quise darme cuenta, ya me había adentrado entre la maleza que determinaría mi suerte. No sabía a quién buscaba. Sólo que mi cuerpo endeble se adentraba cada vez más, entre las sombras de los árboles. Escuché como mi corazón se agitaba. Cómo mis ojos se adentraban en esa oscuridad en la que ya no veía nada. ¿Qué estaba haciendo? Probablemente lo que había visto no era más que una consecuencia al alcohol y  todos sus males. ¿Pero y si no me equivocaba? ¿Y si en realidad si había alguien muriéndose? Frené mis pasos. Y fue justo cuando escuché el disparo. Sigue leyendo