tu ausencia

ImagenA veces imagino cómo nuestras manos vuelven a entrelazarse. Cómo tus ojos vuelven a encontrarse con los míos en este parque, susurrándome palabras inaudibles, pero lo suficientemente certeras como para acariciar mi corazón inocente. Extasiado. Sí, tampoco eso ha cambiado. En realidad nada lo ha hecho. Siguen enredándose de la misma manera esas nubes en lo alto de los edificios oscuros y contaminados. Vuelven a mecerse las hojas de los árboles al viento, a perseguirse todos esos pájaros en su vuelo eterno. Y yo sigo echándote de menos. Sigo pidiéndole al cielo que me quite esta tristeza, que me devuelva el aire que ya no me llena. Pero no lo hace. Y pasan los días, y el único pensamiento que abraza mi cuerpo es el que más me envenena. Tu ausencia.

Sé que esto cruzó tu mente durante más de diez años. Y aunque ahora tú también te has marchado, sólo espero una cosa. Bueno, en realidad dos. Que estés con él y que, por fin, hayas encontrado la paz que la vida no te daba. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

carretera infinita

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El sol de mediodía, y tú y yo en esta carretera todavía empapada de esas historias del pasado. Conduzco deprisa, sin poder dejar de mirar cómo tu pelo se mece en la brisa veraniega que ya abraza tus pestañas de ensueño. Tienes los ojos cerrados, y tus pensamientos enredados en todas esas nubes que aun entristecen tu rostro. Y aunque no quieres enseñármelas, no puedo reparar en todas las lágrimas que descienden ya por tus mejillas, ocultando entre esas diminutas pequitas, el dolor que ya te desgarra por dentro. Tus manos se aferran con fuerza a tu cuerpo, como queriendo reforzar la calidez que parece perderse en todos los recuerdos. En todo lo que te da miedo. Y quiero abrazarte. Quiero decirte que todo irá bien, que la vida sigue y todo lo que necesites llegará pronto. Que eres grande aunque te sientas pequeña, y que jamás debes abandonarte así al sufrimiento. Y que te quiero. Que te quiero y vendería el mundo entero, con tal de que tú encontrases la paz que perdiste hace tiempo. Pero todavía no lo hago. Ahora agarro con fuerza tu mano, buscando esa mirada de ojos castaños, para asegurarte con los míos que siempre estaré contigo. Pase lo que pase, tú y yo siempre nos encontraremos en esta carretera infinita, juntas, en busca de todos nuestros sueños.

 

Foto y texto 2014 @ Paula Méndez Orbe

el color perdido

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Esta mañana se abrió una diminuta grieta en mi corazón inocente y solitario. Ocurrió de pronto. Cuando yo aun dormía bajo esas sábanas de algodón con olor a nostalgia y a verano. Todavía no sé cómo explicarlo. Sólo sé que soñaba contigo. Con ese rostro cenizo que nunca volvió a buscarme. Con esa mirada perdida en todos los años que vivimos mejores a ese preciso instante. Creo que mis recuerdos me devolvieron a aquel segundo en el que nuestros cuerpos se perdieron en el desencuentro. En el que nuestras manos dejaron de buscarse, hallando entre ellas un muro cimentado sobre todas esas promesas que jamás cumplimos, sobre todas esas palabras de amor que ya dejamos de decirnos. Y justo tú me miraste. Sigue leyendo

autorretrato

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El otro día, me subí al tren con ganas de hacer un pequeño experimento. Me propuse que una vez acomodada en mi asiento, sacaría mi cuaderno de ideas, y escribiría en ella la primera historia que cruzase mi mente de ahí a que finalizase mi viaje. 16 minutos y 37 segundos, según calculaba metro en su página web. Sólo yo y mis ideas encadenadas al resto de viajeros de aquel tren madrileño, que ya suspiraban rezagados en su camino al trabajo, al gimnasio, o quién sabe, como en mi caso, a ninguna parte.

Cuando arrancamos, suspiré y llevé a cabo ese inevitable y curioso acto que todos practicamos en los vagones del tren alguna vez, cuando nuestras miradas esclavizadas descansan de las pantallas de las tablets y móviles, o nuestros pensamientos nos piden un descanso de toda esa información de más publicada día a día en todos esos tristes periódicos; Mirarnos como extraños. Encontrar en la mirada ajena algo diferente al hacerla chocar con la nuestra. Y sin embargo, aquel día no vi a nadie. No capturé ninguna historia enredada en las pestañas de aquella chica de la carpeta naranja, ni en todas esos años arrugados en el rostro de esa mujer de ojos claros. Llegamos a la primera parada. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué estaba fallando?

Al abrirse de nuevo las puertas, capté enseguida la entrada de una pareja joven agarrada de la mano. Iban a ser ellos. Tenían que ser ellos…Ella era rubia albina, con las cejas teñidas de negro, casi ocultas bajo un sombrero de paja, quizás demasiado veraniego. Él llevaba una barba larga y despeinada, un pendiente sobre el labio, y los pantalones con el bajo deshecho. Eran británicos, casi seguro. Al sentarse deshicieron el nudo que unía sus cuerpos y, por un instante, compartieron el silencio, que yo intuí como el protagonista de mi nueva historia. Agarré con fuerza el bolígrafo y me ensimismé por un momento en aquella página tan vacía y tan blanca, justo en el momento perfecto, cuando sus palabras interrumpieron mis pensamientos.

– ¿Qué hace esa chica? – preguntó Ella, señalándome con la barbilla y con acento inglés. Había acertado.

– Estará estudiando para algún examen… – dijo Él, sosteniendo su cabeza sobre sus manos.

– ¿Tú crees?

– Hablas de esa chica de pelo rubio y largo, ¿no? Sí, yo creo que sí… – dice, ahora más interesado.

– Oye, acaba de mirarme… No nos estará entendiendo, ¿no? A lo mejor no es española.

– Tiene los ojos verdes, sí, y muchas pecas… No es lo común aquí, pero no sé… Seguro que sólo le ha llamado la atención tu acento. ¡O que la estés cotilleando tanto!

– Ya es que… ¿Te imaginas que esté escribiendo un diario? – puso una voz dramática – “Querido diario… Hoy hace un día precioso…”

– ¡Qué dices! No tiene pinta de ser nada cursi. Más bien de… “Querido diario… Anoche la lié de fiesta, y hoy…”

– ¿Enserio? No sé, ésta de fiesta poco yo creo, tiene aun el pelo un poco mojado de la ducha… Fijo que se va a trabajar.

Sentí la mirada de Ella clavada sobre mis ojos, todavía anclados a aquella página en blanco… Ya no tan vacía como antes.

– ¿Y de qué crees que trabaja? Tampoco va muy formal.

– ¿Te imaginas que fuese enterradora de un cementerio? – dijo él emocionado.

– Tú estás fatal.. Igual que si me dices que se va ahora de misión al espacio estelar… Venga ya, Máx.

– Joe, ya que nos imaginamos historias, lo hacemos bien, ¿no?

– Lo que quieras…

– Venga. Si tuvieses que apostar a qué se dedica… ¿Qué dirías? – preguntó Él enfrascado ya en la apuesta.

– Que a lo mejor es dibujante, y está haciendo un boceto. ¿Y tú?

– Que es escritora. Aunque sigue teniendo la página casi entera en blanco…

– ¿Vas a preguntárselo?

– ¿El qué?

– Si es escritora.

– No.

– ¿Por qué?

– Porque ya nos bajamos. ¡Hemos llegado! Venga, tira…

A pesar de la resistencia de ella, ambos se levantaron rápido hacia la puerta y justo antes de salir del vagón los dos volvieron a mirarme. Sentí entonces esa línea que nos unía, esa historia que había nacido de lo desconocido, de esa curiosidad que cada día, sentimos al mirar a un extraño.

Y fue así como tejieron mi primer autorretrato literario.

 

Foto y texto: 2014 ©  Paula Méndez Orbe

Mirarte de cerca

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Todavía no entiendo por qué, pero, me encantaba admirar desde lo lejos cómo tu mirada concentrada repasaba una a una, aquellas tazas de porcelana resquebrajada. Tus manos atentas, acariciaban sedosas cada grieta, cada noche, creo que esperando devolverles la entereza perdida en todos esos instantes mejores. Y yo sin poder evitarlo, me escondía tras aquella robusta y polvorienta cafetera, mientras fingía doblar servilletas. Pero en realidad no hacía más que mirarte, y desear detener el tiempo para siempre. Tú y tu rostro de ojos claros ensimismados en todas las historias que narraban aquellas tazas de café rotas. Tú y aquella mueca deshecha en los labios… Y fue entonces cuando, de forma inesperada, rozaron mis dedos torpes un azucarero hasta empujarlo a la dureza de aquellas baldosas destartaladas. Bam. El suelo tembló y con él, cientos de cristales estallaron como fuegos artificiales anunciando el final del verano. No podía ser, no podía ser… Lo había roto en mi segunda semana de trabajo… Mis nervios trajeron consigo el deseo de que no te hubieses enterado, de que tu ensimismamiento hubiese hecho invisible este último momento pero… Al levantar mis mejillas sonrosadas, me encontré enseguida con tu mirada descarada. Tembló mi corazón inexperto, al encontrarse por primera vez mis ojos nerviosos, con los tuyos del color del cielo. Y tembló más todavía cuando, desde la lejanía, tu sonrisa de colmillos torcidos me susurró palabras enredadas en la amabilidad y el sosiego. Palabras que, sin duda, abrían la puerta a un mundo nuevo. Un mundo en el que podía mirarte de cerca.

 

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe