la historia de la golondrina que llamó a la ventana

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5 de mayo de 2009

Ana repasaba punto por punto, el tema nuevo que acababa de aprenderse para el examen. Sus pies se movían de un lado a otro en aquella habitación destartalada y pequeña, en la que apilaba el resto de apuntes de clase que debía estudiarse. Su voz repetía sutil pero clara, cada palabra exacta que redactaría al día siguiente en aquel gran examen. Estaba nerviosa. No podía detenerse. Inspiró una vez, y volvieron a trazar sus pasos ese camino invisible en aquel cuarto cerrado. Fue entonces cuando una llamada a su ventana interrumpió sus pensamientos deshilachados. Se aceleró su corazón, se erizó su piel en el miedo, pero sólo durante un instante. Porque enseguida atisbaron sus ojos inquietos a una golondrina curiosa que aporreaba la ventana, y que alzaba de nuevo el vuelo rápida, al ver que Ana no la contestaba.

 

5 de mayo de 2010

Ana se sentó un momento sobre la mesa, mientras sus manos se agitaban alegres sosteniendo todavía el teléfono. Mientras seguía riéndose, sujetó el aparato con su hombro y escogió una de las limas verdosas que reposaban sobre su mesa demasiado ordenada. Volvió a reírse al encontrar a su lado, el pase de una fiesta privada a la que ella, igual que su amiga al otro lado del teléfono, asistieron juntas hacía apenas días, junto a una cajetilla de tabaco y algunos números de los chicos a los que allí había conocido. Se volvió asustada un instante, cuando, interrumpiendo sus palabras y recuerdos, apareció de nuevo aquella golondrina curiosa golpeando tras ella la ventana. Pero no la hizo caso, continuó hablando.

 

5 de mayo 2011

Ana enredaba su cuerpo al de un chico de ojos oscuros y barba rizada. Sus besos la embarcaban en un mundo de colores inexistentes, en una primavera eterna de la que jamás querría marcharse. Sonreía porque sabía que todos esos besos traían consigo promesas. Promesas, quien sabía si eternas, pero sí lo suficientemente valiosas como para cambiar su historia. Miró un instante desde la cama, a todas las entradas de cine gastadas, y todos los planes de viaje en carretera que ya le esperaban junto a aquella persona de la que que no querría volver a separarse. Fue en ese momento cuando volvió a reparar en aquella intrusa golondrina que ya volvía a vigilarla con ojos amenazantes desde la ventana. Pero sí, volvió a ignorarla.

 

5 de mayo de 2012

Ana perseguía sueños marchitos desde la cama. Palabras vacías, promesas que se llevó el tiempo, hasta volver a no significar nada. Tiró un cojín a la ventana, cuando reparó en aquella golondrina grisácea que ya volvía a acecharla. Y sólo en aquel instante, reparó cómo su vuelo hacia cualquier otra parte le partía todavía más, el corazón en dos mitades.

 

5 de mayo de 2013. 

Ana tecleaba con fuerza en el ordenador algunas cifras dos veces comprobadas. Tenía que terminar su informe semanal del trabajo, aunque aquel día, por suerte, desde casa. Caían de su frente, una a una, gotas de esfuerzo y desgana. Pero tenía que seguir. Sacó la calculadora, y volvió a revivir todos esos números adormecidos sobre el aparato. No le salían los cuentas. Golpeó sobre la mesa todas las hojas perfectamente alineadas. Bam. Y cada una de ellas acabó sobre el suelo. Cerró de golpe la persiana cuando, por el rabillo del ojo entrevió a aquella golondrina indiscreta que volvía, de nuevo, a admirarla desde la ventana.

 

5 de mayo de 2014

Ana se paró durante un instante. Eran las 21h56 de un 5 de Mayo, y aquella estúpida golondrina no había aparecido todavía. Era extraño. Miró alrededor de los árboles que ya se agitaban nerviosos frente a su casa, e, igualmente, intentó divisar el resto de ventanas del edificio, por si el animal había podido equivocarse. Nada. ¿Dónde estaba? Por alguna razón, su ausencia traía consigo esa noche, la aparición de un centenar de lágrimas anidadas en el polvo y el arrepentimiento que dormían en aquel cuarto. Jamás había dedicado un segundo a admirarla. La vida había pasado, y con ella, la golondrina había volado alto, lejos, para que Ana no volviese a encontrarla.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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