las palabras dictadoras

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Ayer soñé. Soñé con un viejo y solemne escritor de libros que, por alguna razón extraordinaria, había desarrollado un miedo irracional hacia su antigua mecanográfica. Decían que, después de años y años de novelas publicadas, de pronto, sus palabras se habían detenido sin lograr encontrar de nuevo las ganas. Alguna vez escuché en el metro que todos sus triunfos golpearon su mente hasta detenerla para siempre. Otras, que se había cansado de sus historias flacas e inertes.

Fuera como fuese, Sigue leyendo

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quiero dejar de ser una sombra

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Me estoy perdiendo. Me estoy sumiendo en el pasar de todas esas horas que no me pertenecen, que no me dejan verte. Ya no tengo tiempo de mirarme al espejo; de pensar de dónde salen todas esas historias que día a día, publico en estas hojas. Abro los ojos y hago un click en mi cámara. O cientos. Los cierro, y dejo el coche en el aparcamiento, después de perseguir a todos esos famosos ansiosos por no responder a las preguntas de mi campaña publicitaria. Suena el despertador cuando aun no me he acostado, y entonces sueño despierta con las manecillas del reloj que giran y giran sin parar, mientras yo no puedo moverme. Y entonces vuelvo a ser asistente. Y pongo el flash, y descargo una tarjeta y miro y aprendo, y no me centro. No me encuentro. No sé si puedo ser todo esto.

Quiero volver a mirar cómo el viento mece las ramas de los árboles; quiero volver a escuchar la lluvia caer antes de cerrar los ojos y sumirme en un sueño profundo; quiero volver a recorrer las páginas de un libro palabra por palabra, sílaba por sílaba, adentrándome en el verdadero significado de las cosas; quiero dejar de echar de menos a la gente que día a día me rodea y sentir que soy, que estoy; que dejo de ser una sombra.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

Britt y todas sus caras

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El fotógrafo decía: “Barbilla arriba”, y Britt subía la barbilla. El fotógrafo marcaba: “Más intención en la mirada”, y Britt apretaba los ojos, y ocultaba su desgana. En aquellas horas largas sobre zapatos brillantes y dolorosos; en todos esos instantes de más enredada en la estrechez de vestidos incómodos, Britt se convertía en muñeca de trapo. Le gustaba pensarlo. Fuese a donde fuese, cada día su apariencia no cambiaba. Pero sí quién estaba dentro de ella. Mientras la peinaban, mientras arreglaban su cara de cerámica inquieta, Britt se imaginaba qué papel interpretaba. Aquel día, aquella hora en que la retrataban para una revista de moda barata, Britt era Isabella. Una niña demasiado bonita, demasiado perdida, Sigue leyendo

el reloj que no me deja olvidarte

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18h42. Y ese estúpido reloj vuelve a pararse. Siempre a la misma hora. Siempre paralizándome. Es extraño pero, es como si quisiese recordarme cómo, igual que él, las agujas de mi corazón endeble y conquistado, se detuvieron justo cuando tus ojos brillaron. Cuando en tu rostro asomó por primera vez, esa sonrisa tímida y de colmillos arqueados. Entonces yo me acerqué un poco, contagiándome de tu risa. Empapándome de esa sensación bañada en la frescura y la brisa que ya nos alcanzaba. Que ya nos abrazaba. Y justo agarraste mi mano. Y mis ojos se clavaron en esa mirada intrépida y castaña. Fue la única vez en la que pude ver de cerca esa hilera de pecas que recorría tu nariz ancha y perfecta. Y también la última en la que tu cuerpo estrechó al mío, contagiándome la calidez que hacía tiempo, pensé que había perdido. Pero ya te has ido. Y no entiendo por qué sigo teniendo el tiempo de recordarte. De intentar volver a encontrarte. Porque los muros de esta casa se quedaron huecos y tibios; porque se cayeron uno a uno los cuadros que hace años me regalaste. Porque mi piel sigue resquebrajándose, a cada segundo que pasa sin que tú me alcances. 

 

Foto y texto 2014 ©  Paula Méndez Orbe

la historia de la golondrina que llamó a la ventana

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5 de mayo de 2009

Ana repasaba punto por punto, el tema nuevo que acababa de aprenderse para el examen. Sus pies se movían de un lado a otro en aquella habitación destartalada y pequeña, en la que apilaba el resto de apuntes de clase que debía estudiarse. Su voz repetía sutil pero clara, cada palabra exacta que redactaría al día siguiente en aquel gran examen. Estaba nerviosa. No podía detenerse. Inspiró una vez, y volvieron a trazar sus pasos ese camino invisible en aquel cuarto cerrado. Fue entonces cuando una llamada a su ventana interrumpió sus pensamientos deshilachados. Se aceleró su corazón, se erizó su piel en el miedo, pero sólo durante un instante. Porque enseguida atisbaron sus ojos inquietos a una golondrina curiosa que aporreaba la ventana, y que alzaba de nuevo el vuelo rápida, al ver que Ana no la contestaba.

 

5 de mayo de 2010

Ana se sentó un momento sobre la mesa, mientras sus manos se agitaban alegres sosteniendo todavía el teléfono. Mientras seguía riéndose, sujetó el aparato con su hombro y escogió una de las limas verdosas que reposaban sobre su mesa demasiado ordenada. Volvió a reírse al encontrar a su lado, el pase de una fiesta privada a la que ella, igual que su amiga al otro lado del teléfono, asistieron juntas hacía apenas días, junto a una cajetilla de tabaco y algunos números de los chicos a los que allí había conocido. Se volvió asustada un instante, cuando, interrumpiendo sus palabras y recuerdos, apareció de nuevo aquella golondrina curiosa golpeando tras ella la ventana. Pero no la hizo caso, continuó hablando.

 

5 de mayo 2011

Ana enredaba su cuerpo al de un chico de ojos oscuros y barba rizada. Sus besos la embarcaban en un mundo de colores inexistentes, en una primavera eterna de la que jamás querría marcharse. Sonreía porque sabía que todos esos besos traían consigo promesas. Promesas, quien sabía si eternas, pero sí lo suficientemente valiosas como para cambiar su historia. Miró un instante desde la cama, a todas las entradas de cine gastadas, y todos los planes de viaje en carretera que ya le esperaban junto a aquella persona de la que que no querría volver a separarse. Fue en ese momento cuando volvió a reparar en aquella intrusa golondrina que ya volvía a vigilarla con ojos amenazantes desde la ventana. Pero sí, volvió a ignorarla.

 

5 de mayo de 2012

Ana perseguía sueños marchitos desde la cama. Palabras vacías, promesas que se llevó el tiempo, hasta volver a no significar nada. Tiró un cojín a la ventana, cuando reparó en aquella golondrina grisácea que ya volvía a acecharla. Y sólo en aquel instante, reparó cómo su vuelo hacia cualquier otra parte le partía todavía más, el corazón en dos mitades.

 

5 de mayo de 2013. 

Ana tecleaba con fuerza en el ordenador algunas cifras dos veces comprobadas. Tenía que terminar su informe semanal del trabajo, aunque aquel día, por suerte, desde casa. Caían de su frente, una a una, gotas de esfuerzo y desgana. Pero tenía que seguir. Sacó la calculadora, y volvió a revivir todos esos números adormecidos sobre el aparato. No le salían los cuentas. Golpeó sobre la mesa todas las hojas perfectamente alineadas. Bam. Y cada una de ellas acabó sobre el suelo. Cerró de golpe la persiana cuando, por el rabillo del ojo entrevió a aquella golondrina indiscreta que volvía, de nuevo, a admirarla desde la ventana.

 

5 de mayo de 2014

Ana se paró durante un instante. Eran las 21h56 de un 5 de Mayo, y aquella estúpida golondrina no había aparecido todavía. Era extraño. Miró alrededor de los árboles que ya se agitaban nerviosos frente a su casa, e, igualmente, intentó divisar el resto de ventanas del edificio, por si el animal había podido equivocarse. Nada. ¿Dónde estaba? Por alguna razón, su ausencia traía consigo esa noche, la aparición de un centenar de lágrimas anidadas en el polvo y el arrepentimiento que dormían en aquel cuarto. Jamás había dedicado un segundo a admirarla. La vida había pasado, y con ella, la golondrina había volado alto, lejos, para que Ana no volviese a encontrarla.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

carretera infinita

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El sol de mediodía, y tú y yo en esta carretera todavía empapada de esas historias del pasado. Conduzco deprisa, sin poder dejar de mirar cómo tu pelo se mece en la brisa veraniega que ya abraza tus pestañas de ensueño. Tienes los ojos cerrados, y tus pensamientos enredados en todas esas nubes que aun entristecen tu rostro. Y aunque no quieres enseñármelas, no puedo reparar en todas las lágrimas que descienden ya por tus mejillas, ocultando entre esas diminutas pequitas, el dolor que ya te desgarra por dentro. Tus manos se aferran con fuerza a tu cuerpo, como queriendo reforzar la calidez que parece perderse en todos los recuerdos. En todo lo que te da miedo. Y quiero abrazarte. Quiero decirte que todo irá bien, que la vida sigue y todo lo que necesites llegará pronto. Que eres grande aunque te sientas pequeña, y que jamás debes abandonarte así al sufrimiento. Y que te quiero. Que te quiero y vendería el mundo entero, con tal de que tú encontrases la paz que perdiste hace tiempo. Pero todavía no lo hago. Ahora agarro con fuerza tu mano, buscando esa mirada de ojos castaños, para asegurarte con los míos que siempre estaré contigo. Pase lo que pase, tú y yo siempre nos encontraremos en esta carretera infinita, juntas, en busca de todos nuestros sueños.

 

Foto y texto 2014 @ Paula Méndez Orbe

el color perdido

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Esta mañana se abrió una diminuta grieta en mi corazón inocente y solitario. Ocurrió de pronto. Cuando yo aun dormía bajo esas sábanas de algodón con olor a nostalgia y a verano. Todavía no sé cómo explicarlo. Sólo sé que soñaba contigo. Con ese rostro cenizo que nunca volvió a buscarme. Con esa mirada perdida en todos los años que vivimos mejores a ese preciso instante. Creo que mis recuerdos me devolvieron a aquel segundo en el que nuestros cuerpos se perdieron en el desencuentro. En el que nuestras manos dejaron de buscarse, hallando entre ellas un muro cimentado sobre todas esas promesas que jamás cumplimos, sobre todas esas palabras de amor que ya dejamos de decirnos. Y justo tú me miraste. Sigue leyendo

las mañanas rotas

 

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se adormecen todos los tejidos
que envolvían sus sueños
al recordar,
cómo quedan atrás
los momentos divinos
en los que dos bajo las sábanas
se despertaban entre risas nerviosas,
y miradas entrelazadas.

Foto y texto 2011 © Paula Méndez Orbe