de crucigramas nostálgicos

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El mecimiento de las olas. La arena entre mis manos. La ropa mecida ante la primera brisa de verano. Es como si esa sensación se destapase cada vez que abro la maleta antes de emprender un viaje nuevo y cálido. Mi piel se eriza. y siento como me invade un pequeño estremecimiento en el estómago. Algo así como un centenar de pájaros alzándose en un vuelo eterno y cándido. Pero hoy fue diferente. Hoy, Sigue leyendo

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de ratones y humanos

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Hace frío. Entran pequeñas ráfagas de viento enredadas en la nieve que todavía no se marcha. Y mi cuerpo tiembla. No importa cuánto tiempo me apoye sobre esas rendijas bañadas por ese sol suave y duradero. Aun no calienta nada. Aun falta mucho para que se vaya el invierno.

Esta casa es diferente a la anterior. El suelo está sucio y desgastado, aunque venga cada día alguien a limpiarlo. Hay pedazos de papel, migas de pan, y algo de arena también, que me divierte mordisquear de vez en cuando. Pero he de admitirlo. Este piso es un aburrimiento. No hay ningún niño o gato al que molestar; todo está en perfecto silencio. Sólo de vez en cuando el suelo cruje y baja por las escaleras una mujer ya anciana, acompañada de otra más joven. Ésta le agarra de la cintura, y muchas veces, la alza al vuelo con esos brazos fornidos y peludos, para que deje de bajar tan despacio.

La mujer joven ya me conoce. Y yo a ella. Se llama Carmela. Me ha perseguido un par de veces con la escoba en la mano mientras la anciana grita:

– ¡Mate a ese ratón, Carmela! ¡Mátelo!

Me molesta que me llamen ratón. ¡Soy un ratón de cola larga! No creo que a Carmela le gustase que la llamasen jovenzuela o muchacha. Sigue leyendo

para todas esas personas en las que nunca nos fijamos, y que un día, al de verdad encontrarnos, nos cambian la vida

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concibo que algunas noches sólo te puedo considerar sombra.

el punto final de mis frases,

el movimiento de las ramas de un árbol frente a la brisa veraniega.

pero aquí, rodeada de nada y de nadie

puedo entender que, aunque en planos de vida distintos,

algún día, nuestros ojos al mirarnos,

hablarán el mismo idioma.

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe

la niebla roja II

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(Si lees este microrrelato, asegúrate de leer la primera parte antes!: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/04/27/lanieblaroja)

Lucas parpadeó una, dos veces. La niebla roja se escurría entre sus dedos inquietos, como tratando de poseerlos. Era raro, pero, aquella nube teñida en pensamientos sangrientos, no le asustaba en absoluto, sino todo lo contrario. Lucas ya no escuchaba a su madre aporrear la puerta del baño, ni las voces de sus hermanos que una y otra vez le llamaban ahogadas. Sólo se dejaba llevar. Y de puntillas, alzaba cada vez más su cuerpo hasta ese horizonte encarnado que ya le conquistaba.

No entendía porqué el resto la tenía tanto miedo. Sólo era niebla. Aunque se hubiese teñido del color del miedo y la contingencia. ¿Y si no volvía a aparecer nunca? ¿Y si aquel día era el único en lo que viviría la Tierra en la que se diese ese extraño fenómeno? Él quería sentirlo sobre su piel de niño. Y ahora que lo estaba haciendo… Sabía que era la mejor sensación que viviría nunca.

Justo cuando su piel empezaba a habituarse a esa contrariada sensación de frialdad que la niebla traía con ella; justo en ese instante cuando su mirada empezaba a teñirse del color escarlata, Lucas fue arrancado de su belleza. Y chilló y pataleó con fuerza, pero ya nada iba a ayudarle a volver hasta ella. Su madre había logrado derribar la puerta, y ya inmovilizaba todos sus impulsos, fallidos, de admirar lo desconocido; eso que al ser humano le suele causar más recelo.

Los padres de Lucas le encerraron en el sótano. La única habitación sin ventanas ni sueños que atrapar en un horizonte mundano. Y mientras escuchaba cómo su madre hablaba alterada por teléfono, las lágrimas invadían sus mejillas todavía impregnadas al tacto de aquella niebla de ensueño. ¿Qué era lo que no entendían? No le había pasado nada… Pero sabía que dijera lo que dijera, la preocupación de sus padres lo mantendría encerrado entre aquellas cuatro paredes.

Pasaron dos horas. Y sus hermanos empezaron a rascar la puerta tras la que la oscuridad ya le adormecía. Su madre lloraba a escondidas en la habitación de arriba, mientras el padre susurraba frases de ánimo. Y entonces Lucas escuchó unas palabras que le aterrorizaron. Iban a llevárselo. El gobierno creía que podía ser demasiado peligroso tenerlo en la casa. Así que, junto a otros en la misma situación, sería arrestado hasta que fuese analizado si aquella niebla roja era tóxica o lo suficientemente dañina como para cambiar para siempre su vida. Todo lo que conocía.

Un hombre vestido con un traje áspero y negro, le dio su mano cubierta por un guante anaranjado minutos más tarde. Él miró a sus padres, que ya enmascarados, se abrazaban el uno a otro desesperados. No podía creerlo… ¿Sólo por haber tocado la niebla tenía que marcharse? Él no era ningún peligro para su familia, él estaba bien… Pero nadie parecía escucharle. Y sabía que oponer fuerza era algo impensable al lado de aquel gigante. Lucas caminó despacio, despidiéndose hasta no sabía cuándo de su casa, de sus más preciadas vivencias e ilusiones rotas. Y siguiendo aquellas botas de neopreno grisáceo, salió a la calle con una sonrisa en los labios. Volvía a abrazar a la niebla roja, aunque sólo fuese por un instante. Detuvo sus pies entumecidos, y con manos temblorosas, pudo volver a sentir la nube encarnada besando su rostro, igual que hacía su madre años atrás al meterlo cada noche en la cama. Sabía que había hecho bien, sabía que no se arrepentiría. Entonces, subió los peldaños que le adentraban en un autobús oscuro aunque teñido por sombras escarlatas, lleno de caras desconocidas que ya indignadas le miraban.