08 de Octubre de 2014. No puedo decirte adiós.

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Septiembre enterrado, Octubre se desvela. Los ojos cerrados. Y el viento enredado en esta ciudad de incertidumbres y grietas. El frío ha escalado a mis vértebras. Y aunque abrazo mi cuerpo, siento que cada centímetro de mi piel nunca volverá a estar despierta. Es difícil explicarlo. Es difícil entender por qué cada vez que las paredes tiemblan, mi corazón se encoge un poco más entre sus tinieblas. Ni por qué duelen tanto las horas. Ni en qué momento mis huesos perdieron todas sus fuerzas. No sé. Sólo escucho el murmullo de un ayer haciéndose eco en las soledades que trae esta casa tan desierta. No han vuelto. Ya no están aquí sus palabras de ánimo. Sus caricias de seda. Ni ninguna de esas siestas eternas sobre este sofá amarillento y cuarteado. Abandonado. Echo de menos esos paseos en los que soñábamos que volvía a ser verano. Y enterrar mis pensamientos inquietos bajo esos brazos con olor a jabón y a entereza. Y es que, ¿sabes? Ya no entiendo los días sino traen consigo vuestra presencia. Así que cierro de nuevo los ojos. Fuerte. Muy fuerte. Y espero a que ese estremecimiento llegue, cuando por fin… Vuelva a abrirse esta puerta.

Y de pronto lo hace… Sigue leyendo

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el infinito no existe

analogicabw

(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/18/el-tiovivo-que-no-queria-girar-mas/)

– ¿En qué piensas? – tu mano recorre lenta pero inquieta, la fragilidad de mis vértebras.

– En nada – me río. Te miro. Sabes que estoy mintiendo.

– Venga… – tus ojos almendrados me susurran palabras de aliento y frescura. Me encojo de hombros, y miro por la ventana. No sé si quiero contarte esto.

– No es nada… – susurro, todavía inmersa en el brillo de las hojas del almendro que se arquea intranquilo, ante la brisa demasiado intensa de esta mañana – sólo ha sido un sueño.

Escalo hasta tu hombro derecho. Inspiro. Tú abrazas la vulnerabilidad de mi cuerpo. Besas mis pestañas. Expiro. Me has devuelto las ganas.

– Es mentira – digo, Sigue leyendo

el dolor enterrado

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Caminaba decidida entre senderos cruzados. Era como si toda esa maleza hubiese sido incapaz de borrar el rastro; como si hubiese elegido no adentrarse entre todo ese dolor todavía impregnado en aquel valle desolado. Seguí caminando. Y sin poder evitarlo, dirigí mi mirada hacia esa silenciosa montaña enredada en las nubes más algodonadas, y de apariencia noble y sosegada. Y noté el temblor en mis manos; la respiración entrecortada, y el deseo ferviente de detener mis pasos. Si seguía caminando me adentraría de lleno en aquella herida abierta; en todos esos corazones sin latido inertes bajo la tierra. Respiré hondo y cerré los ojos. Y un murmullo solitario capturó mi mente indecisa, inexperta. La voz grave y acartonada de una mujer conquistó mi mente y la hizo presa de su grito de auxilio eterno, de toda su pena. Y entre sus lágrimas enterradas entre la niebla espesa que ya me rodeaba, me paralizó el tacto de un cuerpo extraño agitando mi hombro con firmeza. Abrí los ojos, acobardada. Y sin apenas buscarlo, Sigue leyendo

de crucigramas nostálgicos

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El mecimiento de las olas. La arena entre mis manos. La ropa mecida ante la primera brisa de verano. Es como si esa sensación se destapase cada vez que abro la maleta antes de emprender un viaje nuevo y cálido. Mi piel se eriza. y siento como me invade un pequeño estremecimiento en el estómago. Algo así como un centenar de pájaros alzándose en un vuelo eterno y cándido. Pero hoy fue diferente. Hoy, Sigue leyendo

la vida que perdiste

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Ayer caminé entre tus sombras. Ayer recorrieron mis pies descalzos todas esas baldosas… Ésas en las que se cerraron tus puertas. Ésas que anunciaron que tu tiempo parecía acabarse. Fue sólo durante un instante, pero, en mi piel se enredó el miedo que no sentiste; el dolor al que no te dio tiempo a aferrarte. Y mis pies se detuvieron. Rozaron mis manos ese muro de ladrillo anaranjado que están construyendo sobre el viejo. Sobre el que tu coche chocó, aquella noche de estrellas e desasosiego. Y sentí rabia. Sentí todas esas lágrimas, derramándose por mis mejillas sonrosadas. Y resbalé mis dedos entre todas esas flores secas y acartonadas, en las que pude leer tu nombre. E imaginé poder verte; tener la posibilidad de conocerte. Sigue leyendo

la sombra que no me abandona

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Hace ya tiempo, hace ya quién sabe cuánto tiempo, sentí que me perseguía una sombra. Fue una sensación momentánea, algo tan imperceptible y efímero como una voz repitiéndose en el eco, como el olor a primavera al final del invierno. Pero aun así, sentí cómo mi piel se erizaba, cómo mis dedos temblaban. Y sé que en realidad no era miedo la emoción que se enredaba en mi cuerpo. Sino desconfianza. Desconfianza en la que solemos escudar todos esos sentimientos que no entendemos. Y justo en ese instante, cuando decidí girarme para descubrir quién había detrás de tanto misterio, la sombra desapareció en el tiempo. No volví a verla. No volví a sentir aquello. Pasaron días, meses, y una vida entera llena de sueños. Una vida que hoy, sí, hoy sé que se acaba. No puedo dejar de mirar las arrugas que recorren mis manos. Es como si quisiesen dibujar el mapa de todas esas vivencias, de todos esos recuerdos que hoy me sustentan. Vuelvo a ver mi sonrisa agazapada en tus ojos despiertos, y el viento meciendo mi pelo desde la ventanilla del coche. Mis pies bajo la arena de esa playa desierta, esos rostros de niños inocentes dormidos en la caída de la noche. Ya ha pasado. Ya desaparezco. Y no puedo más que abrazar a la vida por darme todos esos instantes. Cierro los ojos un momento, pero… De pronto lo veo. Es esa sombra otra vez, acariciando mi mejilla despacio. No me deja dormirme, se aferra con fuerza a mi brazo, pidiéndome que resista un instante más, que no me vaya sin ella. Pero no sé acariciarla, no puedo tocarla. Y ella se enfurece, se revuelve cada vez más sobre la oscuridad que la envuelve. Veo que intenta rozar mi cuerpo inerte, y devolverme a mi corazón el latido que no vuelve. Creo que quiere salvarme, arrancarme de las manos de la muerte. Pero no puede. No puede. Y llora. Porque sabe que no va a acompañarme. Porque no va a volver a salvarme del resto de sombras que, a diferencia de ella, sí quieren matarme.

 

Foto y texto © 2014 Paula Méndez Orbe

el tiempo no espera

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Una noche de frío y niebla, Edimburgo me invitó a pasear. No sé por qué pero, cuando ya estaba bajo la suavidad de las sábanas, sentí la necesidad de escurrirme de puntillas por la habitación de aquel hotel barato, y abrazarme al frío sin pensarlo; De caminar sin dirigir mis pasos; De perderme entre los muros de aquella ciudad donde los años parecían nunca haber pasado. Tras horas sin descanso, sentí cómo mi cuerpo empezaba a estremecerse en un centenar de delirios que le causaba aquella ciudad de historias heladas y sentimientos enterrados. Era como si pudiese leer las verdades escritas en cada una de las paredes que cimentaban aquellas casas y que se habían perdido en el misterio, en el polvo, y todos esos segundos pasados. Sigue leyendo

tu ausencia

ImagenA veces imagino cómo nuestras manos vuelven a entrelazarse. Cómo tus ojos vuelven a encontrarse con los míos en este parque, susurrándome palabras inaudibles, pero lo suficientemente certeras como para acariciar mi corazón inocente. Extasiado. Sí, tampoco eso ha cambiado. En realidad nada lo ha hecho. Siguen enredándose de la misma manera esas nubes en lo alto de los edificios oscuros y contaminados. Vuelven a mecerse las hojas de los árboles al viento, a perseguirse todos esos pájaros en su vuelo eterno. Y yo sigo echándote de menos. Sigo pidiéndole al cielo que me quite esta tristeza, que me devuelva el aire que ya no me llena. Pero no lo hace. Y pasan los días, y el único pensamiento que abraza mi cuerpo es el que más me envenena. Tu ausencia.

Sé que esto cruzó tu mente durante más de diez años. Y aunque ahora tú también te has marchado, sólo espero una cosa. Bueno, en realidad dos. Que estés con él y que, por fin, hayas encontrado la paz que la vida no te daba. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe