feliz cumpleaños

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Hacía tiempo que no miraba tus pecas infinitas; que no contaba los segundos sin poder dejar de contemplar esos ojos castaños e intrépidos. Y por fin vuelvo a atisbar tu sonrisa;y todas esas ganas perdidas en un mundo diferente al resto. Asoma ya tu valentía escondida antes en esos pómulos marcados; y esas arrugas pequeñitas al endulzarse tu mirada sensata y realista. Regresa entonces, todo lo que le mantenía viva. Y quiero que no vuelvas a perderte entre el polvo y el sufrimiento que trae esa oficina; que los meses traigan consigo la liberación de todas esas cargas que aferras a tu espalda día a día. Aunque sé que te costará hacerlo. Así que ven. Ven y duerme un poco sobre mi hombro. Ven y olvídate de todo. Hagamos de este instante algo insólito. Para que no duela tanto seguir respirando; para que vuelvas a sentir como el mundo sigue girando; y aunque no dejen de pasar los años… Sabrás que nunca me marcharé de tu lado. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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la ciudad del cuento II

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/28/la-ciudad-del-cuento/)

Toco el timbre dos veces y espero como cada martes detrás de la puerta de roble, mientras la observo fijamente e imagino cómo en su interior, Él se dirige sin ganas hasta la entrada para recibirme. Siempre con la misma cara; siempre la misma ropa; siempre arrastrando de la misma forma los pies.

Veinte segundos, la puerta sigue cerrada. Cuarenta segundos. Suspiro. La puerta se abre lentamente. Su rostro sin afeitar me observa desde casi las tinieblas. No dice nada. No sonríe. No me muestra de ninguna manera que se alegra de verme.

En su casa todo está igual que siempre. La alfombra manchada de vino, la mesa todavía cubierta en las migas de ayer. Nos sentamos en el sofá todavía sin cruzar palabra. Me muerdo los labios. No quiero ser la primera en hablar, pero al final siempre soy yo la que cede. Le miro, buscando sus ojos, pero no se encuentran con los míos. Sé que ya no me quiere. Hace algo menos de diez años lo hizo. Me quiso de verdad. Juntos, encontramos la ciudad del cuento, y fue la misma quien hundió nuestra relación, la que hizo que me convirtiese en aquella mujer que le visitaba los martes, con quien tomarse un café y refugiarse a veces entre sus sábanas sucias.

Pero de pronto, en medio de nuestro silencio se oyó reír. Incrédula, le miro. Sigue leyendo

La niebla roja

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4h52 am. Lucas se hizo un ovillo sobre la cama, y cubrió de nuevo su rostro con las sábanas azuladas. Aquel día entraba demasiada luz por la ventana, como si la nieve hubiese enredado la noche en una telaraña de cielos blancos y estrellas apresadas. Por un momento, se encendió en su interior una llamarada que le empujó a bajar de la cama y asomarse a la calle para sentir los copos besar su rostro todavía adormecido. Pero no, no… Él ya era demasiado mayor como para emocionarse por un día de nieve, pensó. Ya tenía once años… Y también demasiado sueño, tenía que seguir durmiendo… Lucas volvió a cerrar sus ojos pero, esta vez sintió cómo una mano invisible agarró con fuerza su hombro y lo zarandeó hasta hacerlo volver. ¿Se lo había imaginado? No lo sabía. Pero su piel seguía fría. Tan fría como si un centenar de estalagmitas lo hubiesen capturado en una tormenta de invierno eterno.

Con valentía, giró su cuerpo sobre si mismo hasta haber comprobado cada rincón de su pequeña y desordenada habitación. No había nadie… Pero sí hubo algo que llamó pronto su atención. La luz que lo había despertado no era blanca y centelleante como él había pensado. Era roja. Sigue leyendo