sólo quiero que me abraces

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ayer 

me desperté

con el corazón

envuelto en niebla.

 

todos mis

sueños, 

todas mis 

fuerzas, 

nubladas

en la 

tristeza. 

 

intenté

levantarme.

intenté 

desplegar

esas alas 

que me llevarían a 

encontrarte. 

 

y lloré, 

y lloré, 

al notar

cómo 

poco a poco, 

el tiempo

se enredaba

a mis extremidades.

 

Y lloré más,

al saber

que

mi cuerpo

se paralizaría

para siempre

en un 

centenar de

soledades. 

 

Y aun espero,

ingenua,

a que

vengas a

buscarme.

A que 

seas tú

quien

me salve.

 

Y aunque

que no vendrás,

sólo quiero

que me 

abraces.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

la niebla roja II

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(Si lees este microrrelato, asegúrate de leer la primera parte antes!: https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/04/27/lanieblaroja)

Lucas parpadeó una, dos veces. La niebla roja se escurría entre sus dedos inquietos, como tratando de poseerlos. Era raro, pero, aquella nube teñida en pensamientos sangrientos, no le asustaba en absoluto, sino todo lo contrario. Lucas ya no escuchaba a su madre aporrear la puerta del baño, ni las voces de sus hermanos que una y otra vez le llamaban ahogadas. Sólo se dejaba llevar. Y de puntillas, alzaba cada vez más su cuerpo hasta ese horizonte encarnado que ya le conquistaba.

No entendía porqué el resto la tenía tanto miedo. Sólo era niebla. Aunque se hubiese teñido del color del miedo y la contingencia. ¿Y si no volvía a aparecer nunca? ¿Y si aquel día era el único en lo que viviría la Tierra en la que se diese ese extraño fenómeno? Él quería sentirlo sobre su piel de niño. Y ahora que lo estaba haciendo… Sabía que era la mejor sensación que viviría nunca.

Justo cuando su piel empezaba a habituarse a esa contrariada sensación de frialdad que la niebla traía con ella; justo en ese instante cuando su mirada empezaba a teñirse del color escarlata, Lucas fue arrancado de su belleza. Y chilló y pataleó con fuerza, pero ya nada iba a ayudarle a volver hasta ella. Su madre había logrado derribar la puerta, y ya inmovilizaba todos sus impulsos, fallidos, de admirar lo desconocido; eso que al ser humano le suele causar más recelo.

Los padres de Lucas le encerraron en el sótano. La única habitación sin ventanas ni sueños que atrapar en un horizonte mundano. Y mientras escuchaba cómo su madre hablaba alterada por teléfono, las lágrimas invadían sus mejillas todavía impregnadas al tacto de aquella niebla de ensueño. ¿Qué era lo que no entendían? No le había pasado nada… Pero sabía que dijera lo que dijera, la preocupación de sus padres lo mantendría encerrado entre aquellas cuatro paredes.

Pasaron dos horas. Y sus hermanos empezaron a rascar la puerta tras la que la oscuridad ya le adormecía. Su madre lloraba a escondidas en la habitación de arriba, mientras el padre susurraba frases de ánimo. Y entonces Lucas escuchó unas palabras que le aterrorizaron. Iban a llevárselo. El gobierno creía que podía ser demasiado peligroso tenerlo en la casa. Así que, junto a otros en la misma situación, sería arrestado hasta que fuese analizado si aquella niebla roja era tóxica o lo suficientemente dañina como para cambiar para siempre su vida. Todo lo que conocía.

Un hombre vestido con un traje áspero y negro, le dio su mano cubierta por un guante anaranjado minutos más tarde. Él miró a sus padres, que ya enmascarados, se abrazaban el uno a otro desesperados. No podía creerlo… ¿Sólo por haber tocado la niebla tenía que marcharse? Él no era ningún peligro para su familia, él estaba bien… Pero nadie parecía escucharle. Y sabía que oponer fuerza era algo impensable al lado de aquel gigante. Lucas caminó despacio, despidiéndose hasta no sabía cuándo de su casa, de sus más preciadas vivencias e ilusiones rotas. Y siguiendo aquellas botas de neopreno grisáceo, salió a la calle con una sonrisa en los labios. Volvía a abrazar a la niebla roja, aunque sólo fuese por un instante. Detuvo sus pies entumecidos, y con manos temblorosas, pudo volver a sentir la nube encarnada besando su rostro, igual que hacía su madre años atrás al meterlo cada noche en la cama. Sabía que había hecho bien, sabía que no se arrepentiría. Entonces, subió los peldaños que le adentraban en un autobús oscuro aunque teñido por sombras escarlatas, lleno de caras desconocidas que ya indignadas le miraban.

La niebla roja

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4h52 am. Lucas se hizo un ovillo sobre la cama, y cubrió de nuevo su rostro con las sábanas azuladas. Aquel día entraba demasiada luz por la ventana, como si la nieve hubiese enredado la noche en una telaraña de cielos blancos y estrellas apresadas. Por un momento, se encendió en su interior una llamarada que le empujó a bajar de la cama y asomarse a la calle para sentir los copos besar su rostro todavía adormecido. Pero no, no… Él ya era demasiado mayor como para emocionarse por un día de nieve, pensó. Ya tenía once años… Y también demasiado sueño, tenía que seguir durmiendo… Lucas volvió a cerrar sus ojos pero, esta vez sintió cómo una mano invisible agarró con fuerza su hombro y lo zarandeó hasta hacerlo volver. ¿Se lo había imaginado? No lo sabía. Pero su piel seguía fría. Tan fría como si un centenar de estalagmitas lo hubiesen capturado en una tormenta de invierno eterno.

Con valentía, giró su cuerpo sobre si mismo hasta haber comprobado cada rincón de su pequeña y desordenada habitación. No había nadie… Pero sí hubo algo que llamó pronto su atención. La luz que lo había despertado no era blanca y centelleante como él había pensado. Era roja. Sigue leyendo