mañana no existe mientras queramos.

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A veces

me siento

más viva

con el

corazón

desgarrado.

la mente desierta,

piel ajena

en

mis manos.

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De direcciones cruzadas y heridas abiertas

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19h37. Andén 11 y un centenar de cuerpos aglomerándose entorno al mío. Anochece. Y tiemblan todas mis ideas bajo estas nubes de lluvia y desaliento. Septiembre ha vuelto a abrazar nuestros cuerpos distantes. Extraños. Y a despertar en nuestras pieles el frío que me recuerda cada noche que ya no estamos juntos. Que nunca más volverán nuestras voces a encontrarse bajo las sábanas en el susurro. Que tú y yo no somos más que el ayer enterrado, dormido, bajo todas esas palabras que el viento poco a poco se lleva. ¿Pero sabes qué? Sigue leyendo

Despierta

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01h27. 19 de Mayo. Se cerraban mis ojos. Sigilosos, despacio. Había sido un día largo. Y no podía dejar de imaginar cómo se enredaban mis pestañas entre ellas, logrando así encontrarse con el sueño que todavía no quería llevarme. Iba en el último tren de la noche. El tren de las tinieblas, como me gustaba llamarle. Recuerdo cómo se anudaba mi dedo índice alrededor de mi rubia y acortada melena. Cómo dibujaban una y otra vez mis dedos, ese irreal tatuaje sobre mi muñeca derecha. Siempre había querido una palabra. Corta, desdibujada. Y dentro de un triángulo. Pero nunca había sido capaz de encontrarla. Fue en ese momento cuando, la suavidad de mis dedos volvió a contagiarme del sueño eterno. Y aunque todavía no había llegado, aunque todavía se mecían mis pies al ritmo de aquel vagón solitario, no pude evitarlo. Apoyé mi cabeza sobre mis manos. Suaves, discretas. Y tratando de perderme un segundo en esa oscuridad serena, se cerraron mis párpados. No sé cuánto tiempo pasó pero, lo siguiente que sentí fue el tacto de una mano aferrándose a mi sombra rendida en el arrastre. Mi cuerpo se contagió en el sobresalto. No, no no… No podía haber pasado… Abrí los ojos, pero vi que apenas nada había cambiado. Seguía sentada frente al mismo señor de corbata y sombrero demasiado anticuado. La misma pareja del fondo volvía a darse esos besos como si nunca antes los hubiesen probado. No había pasado nada. No me había saltado mi parada. Respiré tranquila, y admiré como llegábamos a la penúltima estación antes de mi bajada. Y entonces vi algo. Vi como una chica, de espaldas, trenzaba su pelo rubio, acortado, con un triángulo tatuado sobre su muñeca pequeña y delgada. Y se cerraron las puertas. Me levanté de un salto, y corrí hasta empujarlas con fuerza. Y dio resultado. Encontré la salida. Y me abracé a una carrera infinita. Subí unas escaleras. Recorrí lo que parecieron un centenar de pasillos en tinieblas. Pero no la encontré a ella. Volví cabizbaja al andén con dirección a ninguna parte. Esperando a que viniese cualquier guardia enseguida a echarme. Y esperé y esperé pero nunca vino nadie. Abracé mi cuerpo, intentando dejar atrás todo el frío que trae consigo el desengaño. La ilusión corrompida en un centenar de cristales sin vida, quebrados. ¿Por qué me había levantado? ¿Por qué había perseguido a una mujer sin un motivo justificado? Y cuando perdí la cuenta de todas las horas que habían pasado… Volví a verla. Volví a encontrármela otra vez de cerca. Otra vez de espaldas. Giré mi mano, intranquila, exaltada. E intenté rozar su piel, tan parecida a la mía. Y todas sus pecas. Mis pecas. Esa cintura demasiado estrecha. Esas manos finas y pequeñas. Leí en la curvatura de su espalda, el estremecimiento que también recorría la mía, sobresaltada. ¿Me estaba mirando a mi misma? No lo entendía. Pero a la vez algo me aseguraba que sí era lo que veía. Reuní el valor y… Lo hice. Giré tu cuerpo y busqué en tus ojos mi mirada perdida. Fugaz y efímera. Y cuando te diste la vuelta, cuando de verdad esperé encontrar mi reflejo en tu cara desierta… Agarré con fuerza tu muñeca. Y leí la palabra escrita con tinta negra. Despierta.

Abrí los ojos rápida, y me levanté de un salto. Me había dormido en aquel tren ruidoso y oxidado.

 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

encontrarte

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Uno, dos, tres suspiros y un arañazo en el hombro. Mi mano aferrada al pecho. Y ese latido constante avisándome de que había algo acechándome. Era de noche. Y a pesar de que todavía hacía algo de frío, mis amigos me habían forzado a dormir en el bosque. Todavía escuchaba en la lejanía aquella fiesta anclada en una adolescencia demasiado tardía. Demasiado vacía. Y aunque al principio me había divertido en el desenfreno del baile, hacía horas que ya me había invadido aquel trance. Había algo que no dejaba de llamarme. Era extraño pero, mi piel temblaba, y en mi mente no dejaban de dibujarse imágenes. Veía sangre. Una herida abierta de alguien que no dejaba de ocultarse. De alguien que no dejaba de retar a la muerte. Y cuando quise darme cuenta, ya me había adentrado entre la maleza que determinaría mi suerte. No sabía a quién buscaba. Sólo que mi cuerpo endeble se adentraba cada vez más, entre las sombras de los árboles. Escuché como mi corazón se agitaba. Cómo mis ojos se adentraban en esa oscuridad en la que ya no veía nada. ¿Qué estaba haciendo? Probablemente lo que había visto no era más que una consecuencia al alcohol y  todos sus males. ¿Pero y si no me equivocaba? ¿Y si en realidad si había alguien muriéndose? Frené mis pasos. Y fue justo cuando escuché el disparo. Sigue leyendo

el tiempo no espera

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Una noche de frío y niebla, Edimburgo me invitó a pasear. No sé por qué pero, cuando ya estaba bajo la suavidad de las sábanas, sentí la necesidad de escurrirme de puntillas por la habitación de aquel hotel barato, y abrazarme al frío sin pensarlo; De caminar sin dirigir mis pasos; De perderme entre los muros de aquella ciudad donde los años parecían nunca haber pasado. Tras horas sin descanso, sentí cómo mi cuerpo empezaba a estremecerse en un centenar de delirios que le causaba aquella ciudad de historias heladas y sentimientos enterrados. Era como si pudiese leer las verdades escritas en cada una de las paredes que cimentaban aquellas casas y que se habían perdido en el misterio, en el polvo, y todos esos segundos pasados. Sigue leyendo