aunque sea tarde

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A veces sólo me encuentro a mi misma con los ojos cerrados. La piel flotante, adormecida, los dedos entrelazados. Respiro despacio. Mi corazón se desacelera. Se enredan mis pensamientos a la nada y al desconcierto. Ahí está. Sonrío para mis adentros. Vuelvo a sentirlo. Vuelvo a ser como era. Es raro, ¿no? Despertar durante un tiempo y darte cuenta de que ya no eres el mismo. De que te dan igual ciertas cosas. De que ya no te ilusionas de la misma manera. Yo ya no miro si las nubes crean formas. Ni siento ese pequeño estremecimiento cuando el agua del mar roza mis dedos. Antes me gustaba contar las pecas de mi cuerpo. ¿Sabes por qué? Sigue leyendo

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En el tren hacia tu corazón oscuro y obstinado.

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A veces, cuando cierro los ojos, vuelve a abrazarme esa sensación cálida. Efímera y distante. La brisa de un otoño tardío enredándose en mi pelo lacio. El frío bajo mi piel insensata y vacía, ya enterrado. Y sin embargo, completamente bloqueado por lo que estaba a punto de ocurrir a tu lado. Caminábamos despacio. Quizás demasiado. Era como si el cielo nos estuviese a los dos gritando que debíamos pararnos. Que debíamos mirarnos. Encontrarnos. Y todavía vuelve a mi, el aullido de mi corazón tímido. Desenfrenado. Apenas nos conocíamos. “¿Y qué?” – Me decía yo a mi misma – “Si lo estás deseando”. Pero el miedo sonaba todavía más alto en mis pensamientos fragmentados. Yo no quería dar el primer paso. Sigue leyendo

como antes

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Hay días en los que, por un instante, vuelvo a escuchar el sonido de esa risa irónica y pegadiza en aquel tren a ninguna parte. Recuerdo como deslizabas tus dedos pequeños y pálidos por el asiento desgastado; y también el brillo de tus ojos claros, al pronunciar tus labios todas esas palabras alteradas que pronto, resbalaban raudas por mi cansancio. Había veces en las que el silencio nos envolvía, entonces. Y no era nada malo. Todo lo contrario. Me encantaba apoyarme sobre tu hombro y acariciar tu pelo dorado. Tu respiración entrecortada e inquieta, se aquietaba y enredaba en el movimiento apaciguado de ese vagón de sueños desgastados. Y ése era el momento que más me gustaba; ése en el que tu mirada descansaba de todos esos dilemas que día a día se encontraba. Ése en el que se golpeaban todas tus sílabas electrizadas contra un muro de calma. Ése en el que tu mano se entrelazaba alrededor de mi muñeca pequeña y paralizada. Y me mirabas. Y yo por fin te encontraba tu verdadera cara, alejada del mundo que ya te asfixiaba.

Foto y texto 2013 © Paula Méndez Orbe

las mañanas rotas

 

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se adormecen todos los tejidos
que envolvían sus sueños
al recordar,
cómo quedan atrás
los momentos divinos
en los que dos bajo las sábanas
se despertaban entre risas nerviosas,
y miradas entrelazadas.

Foto y texto 2011 © Paula Méndez Orbe