olvidar en invierno

460332

18h32.

Se escapa

un latido.

Tormenta

de alaridos.

Me

aprieto,

me

abrazo

el cuerpo.

El aire

duele.

El frío

araña

mis sentidos.


Ya no sé

hacia

dónde

orientar

mis pasos.

Siento que

me rindo.

Me caigo,  Sigue leyendo

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esa noche extraña en la que perdí el corazón y tirité de frío

23h47. La lluvia en mi frente. Mi pelo al viento. Y el invierno arañando mis pensamientos. Amenazando al tintineo de mi corazón inexperto. ¿Sabes qué? En realidad aquella sensación no era algo nuevo. No sé. Era como si ya hubiese sentido aquella grieta ahuecando mi pecho. Haciendo más visible la sangre, mi sangre, y el amor que ya no guardaba dentro. La huida de ese cosquilleo. De ese veneno que tanto me perdía y, a la vez, que tanto me encontraba al momento. Y tuve miedo. Miedo de perderlo. Y miedo de agarrarme tanto a ello, que el dolor me desgarrase por dentro. Sigue leyendo

el infinito no existe

analogicabw

(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/18/el-tiovivo-que-no-queria-girar-mas/)

– ¿En qué piensas? – tu mano recorre lenta pero inquieta, la fragilidad de mis vértebras.

– En nada – me río. Te miro. Sabes que estoy mintiendo.

– Venga… – tus ojos almendrados me susurran palabras de aliento y frescura. Me encojo de hombros, y miro por la ventana. No sé si quiero contarte esto.

– No es nada… – susurro, todavía inmersa en el brillo de las hojas del almendro que se arquea intranquilo, ante la brisa demasiado intensa de esta mañana – sólo ha sido un sueño.

Escalo hasta tu hombro derecho. Inspiro. Tú abrazas la vulnerabilidad de mi cuerpo. Besas mis pestañas. Expiro. Me has devuelto las ganas.

– Es mentira – digo, Sigue leyendo

el reloj que no me deja olvidarte

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18h42. Y ese estúpido reloj vuelve a pararse. Siempre a la misma hora. Siempre paralizándome. Es extraño pero, es como si quisiese recordarme cómo, igual que él, las agujas de mi corazón endeble y conquistado, se detuvieron justo cuando tus ojos brillaron. Cuando en tu rostro asomó por primera vez, esa sonrisa tímida y de colmillos arqueados. Entonces yo me acerqué un poco, contagiándome de tu risa. Empapándome de esa sensación bañada en la frescura y la brisa que ya nos alcanzaba. Que ya nos abrazaba. Y justo agarraste mi mano. Y mis ojos se clavaron en esa mirada intrépida y castaña. Fue la única vez en la que pude ver de cerca esa hilera de pecas que recorría tu nariz ancha y perfecta. Y también la última en la que tu cuerpo estrechó al mío, contagiándome la calidez que hacía tiempo, pensé que había perdido. Pero ya te has ido. Y no entiendo por qué sigo teniendo el tiempo de recordarte. De intentar volver a encontrarte. Porque los muros de esta casa se quedaron huecos y tibios; porque se cayeron uno a uno los cuadros que hace años me regalaste. Porque mi piel sigue resquebrajándose, a cada segundo que pasa sin que tú me alcances. 

 

Foto y texto 2014 ©  Paula Méndez Orbe

el color perdido

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Esta mañana se abrió una diminuta grieta en mi corazón inocente y solitario. Ocurrió de pronto. Cuando yo aun dormía bajo esas sábanas de algodón con olor a nostalgia y a verano. Todavía no sé cómo explicarlo. Sólo sé que soñaba contigo. Con ese rostro cenizo que nunca volvió a buscarme. Con esa mirada perdida en todos los años que vivimos mejores a ese preciso instante. Creo que mis recuerdos me devolvieron a aquel segundo en el que nuestros cuerpos se perdieron en el desencuentro. En el que nuestras manos dejaron de buscarse, hallando entre ellas un muro cimentado sobre todas esas promesas que jamás cumplimos, sobre todas esas palabras de amor que ya dejamos de decirnos. Y justo tú me miraste. Sigue leyendo

las mañanas rotas

 

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se adormecen todos los tejidos
que envolvían sus sueños
al recordar,
cómo quedan atrás
los momentos divinos
en los que dos bajo las sábanas
se despertaban entre risas nerviosas,
y miradas entrelazadas.

Foto y texto 2011 © Paula Méndez Orbe