feliz cumpleaños

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Hacía tiempo que no miraba tus pecas infinitas; que no contaba los segundos sin poder dejar de contemplar esos ojos castaños e intrépidos. Y por fin vuelvo a atisbar tu sonrisa;y todas esas ganas perdidas en un mundo diferente al resto. Asoma ya tu valentía escondida antes en esos pómulos marcados; y esas arrugas pequeñitas al endulzarse tu mirada sensata y realista. Regresa entonces, todo lo que le mantenía viva. Y quiero que no vuelvas a perderte entre el polvo y el sufrimiento que trae esa oficina; que los meses traigan consigo la liberación de todas esas cargas que aferras a tu espalda día a día. Aunque sé que te costará hacerlo. Así que ven. Ven y duerme un poco sobre mi hombro. Ven y olvídate de todo. Hagamos de este instante algo insólito. Para que no duela tanto seguir respirando; para que vuelvas a sentir como el mundo sigue girando; y aunque no dejen de pasar los años… Sabrás que nunca me marcharé de tu lado. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

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mi historia. tu historia. nuestra historia.

triptico

La brisa meciendo mi pelo dorado. Los ojos cerrados. Y el beso de un sol apagándose al comienzo de una noche que prometía ser larga e intensa, igual que todas esas canciones de discoteca que ya resonaban a lo lejos, en la feria. Era verano. Y una tarde más, contemplaba aquel precioso atardecer sobre la noria de ese parque de atracciones casi abandonado. Me encantaba ir allí. Me encantaba alejarme del resto durante aquellos instantes. Dejar mis pensamientos fluir a su aire. Y sí el día lo pedía, imaginarme siendo coronada como la reina de todas esas nubes y cielos eternos. Y sin nadie que pudiese verlo.

Sólo que aquel día fue diferente. Aquel día, justo cuando aquel adolescente con hierros en sus dientes cerraba la puerta de madera verde antes de la puesta en marcha de la noria, un chico se subió conmigo. Al principio quise sugerirle que se fuese a otro vagón solitario. Pero entonces, cuando mis labios fueron a pronunciar todas esas palabras amargas, vi la cámara de fotos que sujetaban sus manos. Era analógica. Un modelo antiguo y bastante parecido al que yo solía traer a mi lado. Me dio rabia. Hubiese sido el encuentro perfecto. Él, yo, y nuestras cámaras. Amor para siempre. Amor asegurado. Pero la había dejado dentro de un armario… Conscientemente. Aquel día en su lugar, me había traído un cuaderno. Me había prometido escribir la primera historia con la que tropezase desde las alturas, admirando, ya como la reina de los cielos, a todos esos hombres que desde allí parecían iguales. Y queriendo provocar un encuentro… Sólo había estropeado el nuestro. Sigue leyendo