olvidar en invierno

460332

18h32.

Se escapa

un latido.

Tormenta

de alaridos.

Me

aprieto,

me

abrazo

el cuerpo.

El aire

duele.

El frío

araña

mis sentidos.


Ya no sé

hacia

dónde

orientar

mis pasos.

Siento que

me rindo.

Me caigo,  Sigue leyendo

aunque sea tarde

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A veces sólo me encuentro a mi misma con los ojos cerrados. La piel flotante, adormecida, los dedos entrelazados. Respiro despacio. Mi corazón se desacelera. Se enredan mis pensamientos a la nada y al desconcierto. Ahí está. Sonrío para mis adentros. Vuelvo a sentirlo. Vuelvo a ser como era. Es raro, ¿no? Despertar durante un tiempo y darte cuenta de que ya no eres el mismo. De que te dan igual ciertas cosas. De que ya no te ilusionas de la misma manera. Yo ya no miro si las nubes crean formas. Ni siento ese pequeño estremecimiento cuando el agua del mar roza mis dedos. Antes me gustaba contar las pecas de mi cuerpo. ¿Sabes por qué? Sigue leyendo

De direcciones cruzadas y heridas abiertas

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19h37. Andén 11 y un centenar de cuerpos aglomerándose entorno al mío. Anochece. Y tiemblan todas mis ideas bajo estas nubes de lluvia y desaliento. Septiembre ha vuelto a abrazar nuestros cuerpos distantes. Extraños. Y a despertar en nuestras pieles el frío que me recuerda cada noche que ya no estamos juntos. Que nunca más volverán nuestras voces a encontrarse bajo las sábanas en el susurro. Que tú y yo no somos más que el ayer enterrado, dormido, bajo todas esas palabras que el viento poco a poco se lleva. ¿Pero sabes qué? Sigue leyendo

de crucigramas nostálgicos

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El mecimiento de las olas. La arena entre mis manos. La ropa mecida ante la primera brisa de verano. Es como si esa sensación se destapase cada vez que abro la maleta antes de emprender un viaje nuevo y cálido. Mi piel se eriza. y siento como me invade un pequeño estremecimiento en el estómago. Algo así como un centenar de pájaros alzándose en un vuelo eterno y cándido. Pero hoy fue diferente. Hoy, Sigue leyendo

la porcelana se rompe

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Era un día de verano. un día de esos en los que el sol empieza a brillar tan alto que parece que prometiese cumplir cada uno de nuestros sueños nunca olvidados. La brisa mecía mi pelo, y también todas mis ideas. terminaba el curso y, por fin, se abría ante mi un camino incierto que yo debía trazar sola. Y a pesar de cómo se enredaban mis nervios a mi cuerpo inexperto; a pesar de sentir la emoción palpitando en mi pecho inquieto, mis ojos parecían haberse hecho presos de una visión extraña. A escasos pasos de mi figura detenida, se hallaba una chica de pelo dorado y perfecto. Sus mejillas pálidas brillaban ante la dureza de aquel sol de la mañana. Sus labios temblaban; su mirada fría y delicada ya hacía lo posible por evitar las lágrimas. La llamaban muñeca de porcelana. Y clamaban que una enfermedad devoraba sus finas vértebras hasta capturar el resto de su cuerpo pequeño y esbelto. Y ella me miró entonces. Sigue leyendo

el ayer no vuelve a mi baúl viejo

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Ayer soñé. Soñé que me compraba un baúl raído y polvoriento para guardar todos mis sueños dentro. Las cámaras analógicas, ese centenar de revistas de moda y algunos de mis cuadernos. Y cuando, con todas mis fuerzas, lo arrastraba por el suelo, me di cuenta de que, para que ese baúl encontrase un sitio en mi cuarto, tenía que tirar un montón de recuerdos. Dejé el baúl a un lado, y con pasos lentos, me dirigí hasta ese pequeño armario de madera cuarteada y segundos pasados, en los que de pequeña guardaba todas las cintas VHS de mis películas favoritas. ¿Hacía cuánto no las usaba, ocho, nueve años? Sabía que había llegado el momento de tirarlas, eran demasiadas. Sólo que en todas sus carcasas, se abrazaban todas esas horas que me abandonaron rápidas y silenciosas. Todos esos instantes en los que creía en el bien y en la magia; En que los deseos se cumplen si los pides con fuerza; En que el tiempo jamás nos abandona. Pero no es verdad. Nada de todo eso es verdad, y ahora me siento engañada y sola. ¿Por qué no puedo volver?¿Por qué la vida no me enseñó a valorar más cada uno de esos días, que se escurren rápido entre nuestras manos de niño, llenas de pintura y tierra? Ya se han ido. Sé que ya no volveré a ser pequeña. Y ahora sólo tengo un baúl lleno de un futuro incierto en esta habitación llena de polvo y esperanza. Porque es mentira, no lo he soñado. Ayer tiré mis películas, y hoy no puedo pensar más que en todo lo que se perdió en el tiempo y en esa herida que sigue profunda y abierta. 

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe

la sombra que no me abandona

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Hace ya tiempo, hace ya quién sabe cuánto tiempo, sentí que me perseguía una sombra. Fue una sensación momentánea, algo tan imperceptible y efímero como una voz repitiéndose en el eco, como el olor a primavera al final del invierno. Pero aun así, sentí cómo mi piel se erizaba, cómo mis dedos temblaban. Y sé que en realidad no era miedo la emoción que se enredaba en mi cuerpo. Sino desconfianza. Desconfianza en la que solemos escudar todos esos sentimientos que no entendemos. Y justo en ese instante, cuando decidí girarme para descubrir quién había detrás de tanto misterio, la sombra desapareció en el tiempo. No volví a verla. No volví a sentir aquello. Pasaron días, meses, y una vida entera llena de sueños. Una vida que hoy, sí, hoy sé que se acaba. No puedo dejar de mirar las arrugas que recorren mis manos. Es como si quisiesen dibujar el mapa de todas esas vivencias, de todos esos recuerdos que hoy me sustentan. Vuelvo a ver mi sonrisa agazapada en tus ojos despiertos, y el viento meciendo mi pelo desde la ventanilla del coche. Mis pies bajo la arena de esa playa desierta, esos rostros de niños inocentes dormidos en la caída de la noche. Ya ha pasado. Ya desaparezco. Y no puedo más que abrazar a la vida por darme todos esos instantes. Cierro los ojos un momento, pero… De pronto lo veo. Es esa sombra otra vez, acariciando mi mejilla despacio. No me deja dormirme, se aferra con fuerza a mi brazo, pidiéndome que resista un instante más, que no me vaya sin ella. Pero no sé acariciarla, no puedo tocarla. Y ella se enfurece, se revuelve cada vez más sobre la oscuridad que la envuelve. Veo que intenta rozar mi cuerpo inerte, y devolverme a mi corazón el latido que no vuelve. Creo que quiere salvarme, arrancarme de las manos de la muerte. Pero no puede. No puede. Y llora. Porque sabe que no va a acompañarme. Porque no va a volver a salvarme del resto de sombras que, a diferencia de ella, sí quieren matarme.

 

Foto y texto © 2014 Paula Méndez Orbe

el tiempo no espera

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Una noche de frío y niebla, Edimburgo me invitó a pasear. No sé por qué pero, cuando ya estaba bajo la suavidad de las sábanas, sentí la necesidad de escurrirme de puntillas por la habitación de aquel hotel barato, y abrazarme al frío sin pensarlo; De caminar sin dirigir mis pasos; De perderme entre los muros de aquella ciudad donde los años parecían nunca haber pasado. Tras horas sin descanso, sentí cómo mi cuerpo empezaba a estremecerse en un centenar de delirios que le causaba aquella ciudad de historias heladas y sentimientos enterrados. Era como si pudiese leer las verdades escritas en cada una de las paredes que cimentaban aquellas casas y que se habían perdido en el misterio, en el polvo, y todos esos segundos pasados. Sigue leyendo