ayer.hoy.nunca más.

©Paula Méndez Orbe

                             ©Paula Méndez Orbe

Y otro día

que termina,

sin sentir

tu piel

contra

la mía.

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olvidar en invierno

460332

18h32.

Se escapa

un latido.

Tormenta

de alaridos.

Me

aprieto,

me

abrazo

el cuerpo.

El aire

duele.

El frío

araña

mis sentidos.


Ya no sé

hacia

dónde

orientar

mis pasos.

Siento que

me rindo.

Me caigo,  Sigue leyendo

aunque sea tarde

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A veces sólo me encuentro a mi misma con los ojos cerrados. La piel flotante, adormecida, los dedos entrelazados. Respiro despacio. Mi corazón se desacelera. Se enredan mis pensamientos a la nada y al desconcierto. Ahí está. Sonrío para mis adentros. Vuelvo a sentirlo. Vuelvo a ser como era. Es raro, ¿no? Despertar durante un tiempo y darte cuenta de que ya no eres el mismo. De que te dan igual ciertas cosas. De que ya no te ilusionas de la misma manera. Yo ya no miro si las nubes crean formas. Ni siento ese pequeño estremecimiento cuando el agua del mar roza mis dedos. Antes me gustaba contar las pecas de mi cuerpo. ¿Sabes por qué? Sigue leyendo

esa noche extraña en la que perdí el corazón y tirité de frío

23h47. La lluvia en mi frente. Mi pelo al viento. Y el invierno arañando mis pensamientos. Amenazando al tintineo de mi corazón inexperto. ¿Sabes qué? En realidad aquella sensación no era algo nuevo. No sé. Era como si ya hubiese sentido aquella grieta ahuecando mi pecho. Haciendo más visible la sangre, mi sangre, y el amor que ya no guardaba dentro. La huida de ese cosquilleo. De ese veneno que tanto me perdía y, a la vez, que tanto me encontraba al momento. Y tuve miedo. Miedo de perderlo. Y miedo de agarrarme tanto a ello, que el dolor me desgarrase por dentro. Sigue leyendo

el infinito no existe

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/18/el-tiovivo-que-no-queria-girar-mas/)

– ¿En qué piensas? – tu mano recorre lenta pero inquieta, la fragilidad de mis vértebras.

– En nada – me río. Te miro. Sabes que estoy mintiendo.

– Venga… – tus ojos almendrados me susurran palabras de aliento y frescura. Me encojo de hombros, y miro por la ventana. No sé si quiero contarte esto.

– No es nada… – susurro, todavía inmersa en el brillo de las hojas del almendro que se arquea intranquilo, ante la brisa demasiado intensa de esta mañana – sólo ha sido un sueño.

Escalo hasta tu hombro derecho. Inspiro. Tú abrazas la vulnerabilidad de mi cuerpo. Besas mis pestañas. Expiro. Me has devuelto las ganas.

– Es mentira – digo, Sigue leyendo

En el tren hacia tu corazón oscuro y obstinado.

113221

A veces, cuando cierro los ojos, vuelve a abrazarme esa sensación cálida. Efímera y distante. La brisa de un otoño tardío enredándose en mi pelo lacio. El frío bajo mi piel insensata y vacía, ya enterrado. Y sin embargo, completamente bloqueado por lo que estaba a punto de ocurrir a tu lado. Caminábamos despacio. Quizás demasiado. Era como si el cielo nos estuviese a los dos gritando que debíamos pararnos. Que debíamos mirarnos. Encontrarnos. Y todavía vuelve a mi, el aullido de mi corazón tímido. Desenfrenado. Apenas nos conocíamos. “¿Y qué?” – Me decía yo a mi misma – “Si lo estás deseando”. Pero el miedo sonaba todavía más alto en mis pensamientos fragmentados. Yo no quería dar el primer paso. Sigue leyendo

el valle de espinas y sueños imperfectos

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El brillo de una luna suave y nacarada. El roce sobre mi piel fría y solitaria de esas flores apagadas. Y ese canto adormecido de aquel río inquieto y fresco, que, sin quererlo, guiaba mis pasos hacia su encuentro. Cerré los ojos un momento. Estaba segura de que todo era un sueño; de que en realidad todo aquello no era más que una ilusión al desencuentro; la evasión de cada uno de mis pensamientos anclada a aquel paraíso desierto. Y todavía con los ojos cerrados, inspiré aquel aire dulce y sosegado. No me importaba. Sabía que, en aquel momento, la vida no era más que eso. Seguir caminando por ese sendero trazado y estrecho; volver a tener tiempo de mirar esas nubes grisáceas enredadas a aquel cielo negro; llegar a sentir bajo mis pies la tierra húmeda y abandonada. Aunque por poco tiempo. Pronto, el silencio se vio quebrado por un leve pero imponente estrépito. Abrí los ojos, y Sigue leyendo

la ciudad del cuento V

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(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/06/17/la-ciudad-del-cuento-iv/)

Sobresaltado, abrió los ojos, y se levantó de la cama. Casi sin quererlo miró la hora. Pensaba que la espera sería mucho más larga, pues sólo quedaban cuarenta minutos. Cuarenta minutos de trece días que llevaba esperando. “Ya no queda nada” se decía a sí mismo para tranquilizarse. Preparó las agujas y las pastillitas de colores, dejándolas en la mesilla de noche, apartando todas las botellas de cristal y los papeles arrugados que había encima y arrojándolos al suelo.

Treinta minutos. Se dio una ducha, se afeitó la barba, y se cambió de ropa. Trece minutos. Estaba demasiado nervioso. Intentó permanecer sentado en la cama durante esos trece minutos restantes. Notó como su respiración se aceleraba y como sus piernas comenzaban a temblar. Algo que siempre había odiado, pero nunca había podido evitar.

De pronto, llamaron a la puerta. El corazón le dio un vuelco. Sigue leyendo

la piel sin sentimiento

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10h21 am. La brisa sedosa y tibia meciendo las ramas del árbol, casi llamando a esa ventana marcada por las huellas de unas manos; el sol fornido y alto; y los bramidos lejanos de algunos niños en su camino hacia la piscina, celebrando, por fin, la llegada del verano. Laura abrió los ojos, todavía recordando algo que había soñado; una imagen, un recuerdo que todavía arañaba esos días su corazón frágil, quebrado. Sacudió la cabeza e inspiró fuerte; debía dejarlo atrás; debía olvidarlo.

Normalmente, cuando el dolor retornaba junto a sus sueños, Laura al despertar se abrazaba las rodillas durante algunos segundos largos. Sus dedos se aferraban con fuerza a sus brazos, como tratando de encontrar en ellos la calidez que se había perdido hace tanto tiempo. Y en aquel momento, se hacía visible a su mirada oscura y perdida, la herida. Ese surco de suturas frágiles y descosidas, que daba de nuevo la libertad a todos sus miedos, a todo su desconsuelo a aflorar libre y volver a hacer de un nuevo día, un camino trazado por un centenar de esperanzas y cristales rotos contra el suelo.

Y, sin embargo, Sigue leyendo