el dolor enterrado

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Caminaba decidida entre senderos cruzados. Era como si toda esa maleza hubiese sido incapaz de borrar el rastro; como si hubiese elegido no adentrarse entre todo ese dolor todavía impregnado en aquel valle desolado. Seguí caminando. Y sin poder evitarlo, dirigí mi mirada hacia esa silenciosa montaña enredada en las nubes más algodonadas, y de apariencia noble y sosegada. Y noté el temblor en mis manos; la respiración entrecortada, y el deseo ferviente de detener mis pasos. Si seguía caminando me adentraría de lleno en aquella herida abierta; en todos esos corazones sin latido inertes bajo la tierra. Respiré hondo y cerré los ojos. Y un murmullo solitario capturó mi mente indecisa, inexperta. La voz grave y acartonada de una mujer conquistó mi mente y la hizo presa de su grito de auxilio eterno, de toda su pena. Y entre sus lágrimas enterradas entre la niebla espesa que ya me rodeaba, me paralizó el tacto de un cuerpo extraño agitando mi hombro con firmeza. Abrí los ojos, acobardada. Y sin apenas buscarlo, Sigue leyendo

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la porcelana se rompe

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Era un día de verano. un día de esos en los que el sol empieza a brillar tan alto que parece que prometiese cumplir cada uno de nuestros sueños nunca olvidados. La brisa mecía mi pelo, y también todas mis ideas. terminaba el curso y, por fin, se abría ante mi un camino incierto que yo debía trazar sola. Y a pesar de cómo se enredaban mis nervios a mi cuerpo inexperto; a pesar de sentir la emoción palpitando en mi pecho inquieto, mis ojos parecían haberse hecho presos de una visión extraña. A escasos pasos de mi figura detenida, se hallaba una chica de pelo dorado y perfecto. Sus mejillas pálidas brillaban ante la dureza de aquel sol de la mañana. Sus labios temblaban; su mirada fría y delicada ya hacía lo posible por evitar las lágrimas. La llamaban muñeca de porcelana. Y clamaban que una enfermedad devoraba sus finas vértebras hasta capturar el resto de su cuerpo pequeño y esbelto. Y ella me miró entonces. Sigue leyendo

la vida que perdiste

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Ayer caminé entre tus sombras. Ayer recorrieron mis pies descalzos todas esas baldosas… Ésas en las que se cerraron tus puertas. Ésas que anunciaron que tu tiempo parecía acabarse. Fue sólo durante un instante, pero, en mi piel se enredó el miedo que no sentiste; el dolor al que no te dio tiempo a aferrarte. Y mis pies se detuvieron. Rozaron mis manos ese muro de ladrillo anaranjado que están construyendo sobre el viejo. Sobre el que tu coche chocó, aquella noche de estrellas e desasosiego. Y sentí rabia. Sentí todas esas lágrimas, derramándose por mis mejillas sonrosadas. Y resbalé mis dedos entre todas esas flores secas y acartonadas, en las que pude leer tu nombre. E imaginé poder verte; tener la posibilidad de conocerte. Sigue leyendo