la lluvia y el resplandor de lo incierto

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Una vez alguien me dijo que la lluvia trae consigo el olvido. El vaivén de un viento que se lleva los pensamientos y el polvo que ya no queremos. El comienzo de algo nuevo. Para mi no. Para mi, escuchar la lluvia resbalar por el cristal de mi ventana, es también sentir el resquebrajar de una grieta en el interior de mi cuerpo. No sé como explicarlo. Ni siquiera yo lo entiendo. Pero cada vez que la humedad de las nubes logra adentrarse a través de mi jersey de lana negro siento algo. Es un murmullo suave. Un ligero e incluso agradable cosquilleo que resbala por mi piel, y se balancea entre los mechones rubios de mi pelo. El otoño conquistándome. O eso pienso al principio. Porque luego llega consigo el frío. Y yo estrecho con fuerza mi cuerpo. Y acelero mis pasos intentando huir de ese temblor, de esa lluvia que ya asedia cada uno de mis pensamientos. Y ahí lo intuyo, ¿sabes? Es justo en ese momento cuando entiendo lo que está ocurriendo. La lluvia no perdona. La piel tiene memoria. Y cada vez que una de esas gotas traspasa mi piel, limpia consigo todas mis dudas, todas mis esperanzas adormecidas en el tiempo. Estoy perdida. Estoy sola. Y yo sigo corriendo. Sigue leyendo

aunque sea tarde

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A veces sólo me encuentro a mi misma con los ojos cerrados. La piel flotante, adormecida, los dedos entrelazados. Respiro despacio. Mi corazón se desacelera. Se enredan mis pensamientos a la nada y al desconcierto. Ahí está. Sonrío para mis adentros. Vuelvo a sentirlo. Vuelvo a ser como era. Es raro, ¿no? Despertar durante un tiempo y darte cuenta de que ya no eres el mismo. De que te dan igual ciertas cosas. De que ya no te ilusionas de la misma manera. Yo ya no miro si las nubes crean formas. Ni siento ese pequeño estremecimiento cuando el agua del mar roza mis dedos. Antes me gustaba contar las pecas de mi cuerpo. ¿Sabes por qué? Sigue leyendo

mañana no existe mientras queramos.

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A veces

me siento

más viva

con el

corazón

desgarrado.

la mente desierta,

piel ajena

en

mis manos.

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de ratones y humanos

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Hace frío. Entran pequeñas ráfagas de viento enredadas en la nieve que todavía no se marcha. Y mi cuerpo tiembla. No importa cuánto tiempo me apoye sobre esas rendijas bañadas por ese sol suave y duradero. Aun no calienta nada. Aun falta mucho para que se vaya el invierno.

Esta casa es diferente a la anterior. El suelo está sucio y desgastado, aunque venga cada día alguien a limpiarlo. Hay pedazos de papel, migas de pan, y algo de arena también, que me divierte mordisquear de vez en cuando. Pero he de admitirlo. Este piso es un aburrimiento. No hay ningún niño o gato al que molestar; todo está en perfecto silencio. Sólo de vez en cuando el suelo cruje y baja por las escaleras una mujer ya anciana, acompañada de otra más joven. Ésta le agarra de la cintura, y muchas veces, la alza al vuelo con esos brazos fornidos y peludos, para que deje de bajar tan despacio.

La mujer joven ya me conoce. Y yo a ella. Se llama Carmela. Me ha perseguido un par de veces con la escoba en la mano mientras la anciana grita:

– ¡Mate a ese ratón, Carmela! ¡Mátelo!

Me molesta que me llamen ratón. ¡Soy un ratón de cola larga! No creo que a Carmela le gustase que la llamasen jovenzuela o muchacha. Sigue leyendo

sólo quiero que me abraces

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ayer 

me desperté

con el corazón

envuelto en niebla.

 

todos mis

sueños, 

todas mis 

fuerzas, 

nubladas

en la 

tristeza. 

 

intenté

levantarme.

intenté 

desplegar

esas alas 

que me llevarían a 

encontrarte. 

 

y lloré, 

y lloré, 

al notar

cómo 

poco a poco, 

el tiempo

se enredaba

a mis extremidades.

 

Y lloré más,

al saber

que

mi cuerpo

se paralizaría

para siempre

en un 

centenar de

soledades. 

 

Y aun espero,

ingenua,

a que

vengas a

buscarme.

A que 

seas tú

quien

me salve.

 

Y aunque

que no vendrás,

sólo quiero

que me 

abraces.

Foto y texto 2014 © Paula Méndez Orbe