el valle de espinas y sueños imperfectos

Imagen

El brillo de una luna suave y nacarada. El roce sobre mi piel fría y solitaria de esas flores apagadas. Y ese canto adormecido de aquel río inquieto y fresco, que, sin quererlo, guiaba mis pasos hacia su encuentro. Cerré los ojos un momento. Estaba segura de que todo era un sueño; de que en realidad todo aquello no era más que una ilusión al desencuentro; la evasión de cada uno de mis pensamientos anclada a aquel paraíso desierto. Y todavía con los ojos cerrados, inspiré aquel aire dulce y sosegado. No me importaba. Sabía que, en aquel momento, la vida no era más que eso. Seguir caminando por ese sendero trazado y estrecho; volver a tener tiempo de mirar esas nubes grisáceas enredadas a aquel cielo negro; llegar a sentir bajo mis pies la tierra húmeda y abandonada. Aunque por poco tiempo. Pronto, el silencio se vio quebrado por un leve pero imponente estrépito. Abrí los ojos, y Sigue leyendo

Anuncios

la ciudad del cuento II

Imagen

(https://paulamendezorbe.wordpress.com/2014/05/28/la-ciudad-del-cuento/)

Toco el timbre dos veces y espero como cada martes detrás de la puerta de roble, mientras la observo fijamente e imagino cómo en su interior, Él se dirige sin ganas hasta la entrada para recibirme. Siempre con la misma cara; siempre la misma ropa; siempre arrastrando de la misma forma los pies.

Veinte segundos, la puerta sigue cerrada. Cuarenta segundos. Suspiro. La puerta se abre lentamente. Su rostro sin afeitar me observa desde casi las tinieblas. No dice nada. No sonríe. No me muestra de ninguna manera que se alegra de verme.

En su casa todo está igual que siempre. La alfombra manchada de vino, la mesa todavía cubierta en las migas de ayer. Nos sentamos en el sofá todavía sin cruzar palabra. Me muerdo los labios. No quiero ser la primera en hablar, pero al final siempre soy yo la que cede. Le miro, buscando sus ojos, pero no se encuentran con los míos. Sé que ya no me quiere. Hace algo menos de diez años lo hizo. Me quiso de verdad. Juntos, encontramos la ciudad del cuento, y fue la misma quien hundió nuestra relación, la que hizo que me convirtiese en aquella mujer que le visitaba los martes, con quien tomarse un café y refugiarse a veces entre sus sábanas sucias.

Pero de pronto, en medio de nuestro silencio se oyó reír. Incrédula, le miro. Sigue leyendo

la ciudad del cuento

Imagen

Abrió la ventana. El cielo se había vestido de gris aquella mañana. Sentía sueño, a pesar de haber dormido más de diez horas. Aquello era lo especial de la ciudad del cuento. Sólo podía visitarse una vez cada trece días, y cuando al despertar, uno se encontraba en su propia cama, daba la impresión de no haber dormido ni un solo minuto. Para el que la visitaba regularmente, el abrir los ojos y volver al día a día frenético era un auténtico infierno. Pues, para cada persona, la ciudad del cuento era la felicidad absoluta.

Para alcanzarla, se necesitaba una sustancia externa, que una vez inyectada en el cuerpo, propiciaba a la persona la compañía de ciertos duendecillos. Unos trece minutos más tarde de aparecer, dichos duendecillos se transformaban en mujeres de piernas largas, con la melena suelta, y semidesnudas, que se acercaban al individuo y le seducían lentamente. Pasados algunos minutos de gloria, una de las mujeres besaba los labios del hombre, y al hacerlo, le envenenaba con su saliva, hecha de arsénico. Éste enloquecía, y antes de llegar al orgasmo, caía inconsciente. La duración del sueño dependía de la persona, pero no solía durar mucho. Era entonces cuando se llegaba a la ciudad del cuento. Una ciudad indescriptible. Para mí. Para Él, que cada día al volver, dejaba la vista fija en un semáforo que parpadeaba cada menos de siete segundos.

La ciudad del cuento envenenaba a aquel que la visitaba. Éste alcanzaba tales sueños, que una vez devuelto a la cama y con dolor de cabeza, lloraba y lloraba porque trece días serían demasiados. Demasiada espera.

Y te preguntarás, ¿y por qué trece días? Pregúntaselo a aquél que lo intentó antes que nadie. Aquel que probó más de dos veces los labios de la mujer antes de morir absorbido por el vacío cósmico. Él no lo conocía. Y yo tampoco, y por no tentar a la suerte, los trece días eran respetados. Digo eran, porque yo conseguí controlarme. Pero Él no. Él sigue envenenándose. Y cuenta las horas y los minutos cada mañana y cada noche, desgarrándose la piel en impaciencia y desilusiones.

Ya han pasado diez años y todavía no se ha curado. No entiende cómo evitar la ciudad del cuento, y sigue desgarrando su piel, pero ya no llora. Porque derramó tantas lágrimas en un pasado que ya no es capaz de recordar como volver a hacerlo ahora.

Foto y texto 2012 © Paula Méndez Orbe